Tardé unos largos minutos en darme cuenta qué era lo que me molestaba de Custodia compartida. Podía percibir que era algo que estaba como en un segundo plano, por debajo del entramado, pero quizás el dejarse llevar por la historia, o esa primera secuencia, no me permitían precisarlo. Esa secuencia inicial en el juzgado es ciertamente prometedora. El foco de toda la secuencia está puesto en la mirada de la jueza (Saadia Bentaieb) que atiende en la audiencia entre Antoine (Denis Menochet) y Miriam (Lea Drucker), por la custodia del hijo de ambos tras la separación. Sin subjetivas, ni primeros planos, la expresividad de la mirada de la jueza se contrapone con la forma en que la pareja se esquiva y con las formalidades –también distanciadas- de las dos abogadas y construye una tensión resuelta entre el mecanismo burocrático y el distanciamiento físico.

No está allí el problema, claramente. En todo caso viene después y se tarda un buen rato en determinar el origen de la molestia que subyace al funcionamiento de la historia. Lo que no hay en Custodia compartida es una topografía delineada. Hay casas en las afueras, edificios en monoblocks, un juzgado, un salón de fiestas. Pero no hay casi ningún dato –y el único que hay es el de una calle llamada Winston Churchill- que revele un espacio de pertenencia. ¿En qué ciudad se desarrolla la historia? ¿En qué país? ¿En qué pueblo viven los abuelos de niño Julien (Thomas Gioria)? ¿A 100 kilómetros de distancia de dónde debe viajar Antoine?

Aunque parezca, no se tratan de datos anecdóticos. Estamos ante una película europea, sus personajes hablan en francés, pero la ausencia de referencias al lugar, implica la decisión de eliminar los rasgos locales, los detalles. No se trata de pintoresquismo, sino de establecer ciertas particularidades que diferencian a una historia si transcurre en un lugar o en otro. Puesto en otras palabras: la misma historia de una pareja que se separa y disputa la tenencia de un hijo, no es la misma historia si se desarrolla en París, en Buenos Aires, en Teherán o en Nueva York.

Eliminar el detalle local es un gesto político. Es un gesto hacia el consumo globalizado. Una apuesta –bastante evidente y poco decorosa- por la venta del producto en cualquier mercado, donde va a ser irremediablemente comprendida su historia, porque lo que queda en la pantalla es un esqueleto, la esquemática reiteración de situaciones que pueden reconocerse en cualquier lugar del mundo occidental. En ese punto, podría señalarse que la película de Xavier Legrand es tan cobarde –en su asumida imposibilidad de constituirse como una película con rasgos personales-, como sumisa a los intereses y necesidades de un mercado que necesita productos despersonalizados y carentes de relieves.

La prueba es sencilla: no es difícil imaginar la misma exacta película, filmada en los mismos lugares, reemplazando a estos actores, por otros estadounidenses y que nos fuera vendida como una película norteamericana –tampoco parece casual que en la fiesta de cumpleaños de Josephine (Mathilde Auneveux) ella cante una canción de Creedence Clearwater Revival. Ese es el modelo que se sigue después de aquella primera escena: un relato que se construye sobre las premisas básicas de un cine ajeno. Personajes esquemáticos, reacciones previsibles, encadenamiento de situaciones que desembocan en un final violento como se suele ver en la mayor parte del cine norteamericano facturado en serie. Previsibilidad que ya está determinada en la elección de los actores principales, en el contraste físico entre ambos, que no solamente reproduce el estereotipo, sino que preanuncia lo que se verá en pantalla de la interacción entre ambos.

Sin embargo, donde la película muestra su peor cara es en la forma en que elige contar la historia, que sufre al menos tres cambios de eje. Si al comienzo se centra en la disputa legal de la pareja, luego se transfiere a la relación entre padre e hijo, para finalmente desembocar en la irrupción de la violencia en la relación de pareja. Es el tramo intermedio, el que pone en el centro a Julien, el hijo de la pareja, el más cuestionable. Legrand elige mostrar la forma en que Antoine presiona a su hijo para obtener información de su ex, a través de situaciones en donde impera la violencia verbal y la tortura psicológica. En algún momento, el propio Antoine le dice a su hijo que es Miriam quien lo usa para decirle cosas que ella no se atreve a pedirle o preguntarle. De la misma manera, el director usa al personaje de Julien como una salida sencilla del conflicto: es el director quien elige no contar la disputa de la pareja sino a través del evidente sufrimiento del niño. Y de esa manera, no solamente evade toda complejidad, sino que manipula al espectador, centrando su mirada en el sufrimiento de quien no tiene forma de defenderse. Lo que demuestra que se trata de una jugada perversa es que, en el tramo final, ese mecanismo utilizado por Antoine es abandonado, dejando a Julien en un segundo plano. Lo descarta luego de haberlo utilizado para sus intenciones de manipular los sentimientos del espectador.

Custodia compartida se reviste de cierta mirada progresista merced a su tema. Pero tanto la indefensión de la mujer y los niños, como el funcionamiento del sistema judicial y hasta la respuesta de las fuerzas policiales en el final, son solo elementos superficiales que no se profundizan en su significación social. Al contrario, en su construcción se revela su conservadurismo: hecha a imagen y semejanza de un modelo ajeno, sostenida en la previsibilidad y lo estereotipado, parece sacar provecho de la actualidad del tema. Pero por sobre todo, de un gusto aplanado y globalizado y de una multitud de espectadores incautos.

Acá pueden leer la opinión de Soledad Bianchi sobre esta misma película

Custodia compartida (Jusqu’à la garde, Francia, 2018). Dirección: Xavier Legrand. Guion: Xavier Legrand. Fotografía: Nathalie Durand. Edición: Yorgos Lamprinos. Elenco: Léa Ducker, Denis Ménochet, Thomas Gioria, Saadia Bentaïeb, Mathilde Auneveux. Duración: 93 minutos.