Es frecuente que los regresos nos hagan preguntar por qué nos fuimos. ¿No fuimos porque nos separamos y emprendimos un camino más propio?  ¿O nos fuimos porque no podemos separarnos y entonces el viaje funciona como una suerte de escape, como una manera de instalar la distancia física como sustituto de la separación no efectuada? Porque una separación, más allá del distanciamiento que involucre, consiste esencialmente en una operación simbólica que inscribe una pérdida. Estas son algunas de las preguntas que en principio abre Paraíso (2020), opera prima de corte independiente del realizador argentino, oriundo de Córdoba, Pablo Falá.

Se trata de una ficción dramática que transcurre durante un día y que se narra principalmente desde lo visual y la composición actoral de su protagonista. Cuenta con algunos diálogos bastante cotidianos y muy poca información acerca del pasado o las vivencias interiores de la protagonista, que se presenta con cierta opacidad. Este enfoque es uno de los aciertos de la película, ya que al no afirmar la narración mediante diálogos explícitos y optar por un estilo más bien alusivo, permite que el espectador pueda participar en la construcción del sentido del film. 

Sofía (Marina Arnaudo) es una joven que ha regresado a su Córdoba natal, luego de haber pasado un tiempo en el exterior, más precisamente en Europa, a donde viajó en principio con ciertos fines académicos. Se instala en una casa de campo en la zona de Traslasierras.

La película arranca con imágenes de una noche de fiesta en un boliche y los restos que han quedado de su continuación en la casa, a la mañana siguiente. La danza frenética, la ingesta de alguna droga recreativa y el juego de luces dan paso a las botellas de bebidas alcohólicas varias, colillas de cigarrillos, vasos diseminados sobre la mesa de la cocina en la mañana.

A Sofía le cuesta despertar y levantarse cuando suena reiteradamente el celular, pero con esfuerzo, luego de asearse, se calza sus anteojos negros y sube al auto para ir a buscar a Lautaro (Fabio Camino), un viejo conocido. La ternura maternal con que ella se dirige a él al comienzo y la tensión sexual que se va incrementando entre ellos a lo largo de la jornada, va dando cuenta de un vínculo amoroso, no sabemos qué tan profundo, que alguna vez los unió.

A estos dos personajes se une Clara (Sofía Lanaro), una amiga de Sofía que se quedó en la casa a pasar la noche y Franco (Ernesto D’Agostino), un amigo de Clara, que se une al asado y la fiesta que realizan por la noche en la casa.

Un primer dato de atención es que a Sofía se la nota extraviada, confunde vodka con agua mineral y  cada vez que se le pregunta si volvería a irse, contesta vacilante, confundida y dubitativa. Coquetea y se sustrae de Lautaro, pero también hay tensión sexual sugerente y un beso que se da con Clara. Al mismo tiempo, este estado de indefinición también lo trabaja el director cuando aprovecha la profundidad de campo en la que Sofía se pierde en la lejanía y se funde con el entorno. Este contexto sume a la protagonista en una crisis existencial: se encuentra sola y no sabe qué bien hacer con su vida.

Tratándose, en este punto, de una experiencia de falta y de indeterminación, es interesante el uso que realiza el director del espejo del baño, en el cual varias veces Sofía se mira intentando localizarse y afirmarse. Y también de la cámara de fotos, elemento que circula entre Lautaro y Clara, y que apuntan a retratarla, a fijarla (no sin cierto grado de intimidación de parte de Sofía ante su mirada) y de la alusión a la perspectiva atmosférica, que van en esta misma línea de sentido.

El director traduce muy bien mediante este estado de ilocalización, indefinición y opacidad, cierta esencia que es propia de lo femenino por estructura, en tanto imposible de ser representado, atrapado y por ende siempre en errática fuga.

Por otra parte, se observa en Sofía un estado de insatisfacción, de angustiosa infelicidad que va in crescendo a lo largo de la película y que se palpa principalmente en sus expresiones, luego de la escena de sexo con Lautaro y en las conversaciones con él que la llevan a retirarse alterada de la escena, y que marcan claramente el desencuentro entre los sexos.

Las fiestas, las borracheras, las drogas, el sexo ocasional, el amor romántico, ¿no pueden ser acaso modos de escapar, de tapar la soledad estructural que nos habita en tanto seres hablantes, la impar singularidad que nos constituye?

En este punto, resulta interesante hacer mención al título de la película. Paraíso remite a un estado de ideal completud gozante, del que carecemos irremediablemente en tanto seres humanos. Suponer que alguna vez tuvimos la felicidad plena y que se perdió; lleva al intento de reencontrarla. Es harto frecuente que se permanezca durante años en relaciones amorosas, o que se regrese a relaciones del pasado, cuando no se efectúo la separación, con el afán de esperar que se produzca la felicidad de la completud de las medias naranjas, que nunca fue ni será. 

En la repetición se repite el encuentro fallido, la disparidad de los sexos. Lautaro puede estar bien sin hablar y gozando del sexo con ella. Sofía, en cambio, por la particularidad del goce femenino, requiere palabras de amor. La demanda de palabras de amor de una mujer se funda en que localiza y acota algo de la indeterminación de lo femenino. No se trata de capricho, sino que obedece a razones de estructura. Lautaro retacea las palabras amorosas, le dice que es una histérica. Sofía tiene sus razones en avanzar con cautela y desconfianza ante los avances sexuales de Lautaro y cuando discuten le dice que es un cagón de mierda, que la dejó sola y no la retuvo. He ahí claramente planteado el desencuentro entre los sexos, la no complementariedad de dos goces impares, a los que solo el amor puede enlazar como artificio.

Pero no se trata de pedir peras al olmo. El amor no es algo que se pide, es algo que está o no está. Esta segunda vuelta en torno a Lautaro acaso permita a Sofía comenzar el duelo por lo que no fue. Y en adelante internarse en el bosque, permitirse un momento de contemplación para encontrarse a sí misma en su impar singularidad. Y quizá en algún momento, sin buscarlo, pueda enlazarse a un amor, pero con otra perspectiva, una que asuma lo imposible de la completud y acaso encuentre el paraíso en el instante efímero en que resuena la palabra de amor.

Con sentido poético y una apuesta minimalista, Pablo Falá construye en Paraíso una pequeña pero acertada ficción sobre la soledad femenina, el desencuentro amoroso y el trabajo de construcción subjetivo del propio y evanescente paraíso terrenal.  

Calificación: 7.5/10

Paraíso (Argentina, 2018). Guion y dirección: Pablo Falá. Fotografía: Ulises Rodríguez Pomba, Rodrigo Zaya. Cámara: Elías Gismondi. Música: Federico Lattanzi. Elenco: Marina Arnaudo, Fabio Camino, Sofía Lanaro, Ernesto D’Agostino. Duración: 64 minutos. Disponible en Cine Ar Play y en la plataforma Teilú (ww.teilu.com.ar).