De El ejército de las sombras y el derecho a la resistencia, por Juan Pablo Susel

Hace poco vi en el cine El ejército de las sombras de Jean Pierre Melville en el marco de una retrospectiva que se proyectó en el Bama entre finales de febrero y comienzos de marzo. Había visto la película en mi adolescencia cuando consumía todo el cine clásico que podía y donde no comprendía demasiado acerca de la importancia especifica de los directores en la historia del cine. Esas cuestiones eran demasiada sofisticadas para un chico que solo quería evadirse de cuestiones mundanas y que elegía el cine como mero escape proveedor de placer. Ahora a mis casi 40 años, se supone que los impactos siempre son menos shokeantes porque de algún modo ya uno no se sorprende por casi nada (y no hablo solo de cine).

Así que ahí fui con mi vieja después de dejar a mi hijo con su madre un miércoles a las ocho de la noche a ver una película que narra las peripecias de un grupo de la resistencia francesa en la Francia ocupada del general Vichy. El trauma que generó la ocupación en la población francesa y lo que representó el nazismo en el orden de la política mundial también fue narrado por Melville en El silencio del mar y en León Morín, padre; sin embargo, esta vez el foco está puesto  en el comportamiento político de un grupo de héroes anónimos que se enfrentan al poder imperante y que deciden tomar decisiones morales y políticas que podrían estar a tono con los debates que allá por la mitad del siglo XX surgían en Francia al calor de las discusiones que se sucedían entre Camus y Sartre en torno al estalinismo, la revolución rusa y los modos de utilizar la violencia en un sistema como el capitalista que la produce constantemente

Basada en la novela homónima de Joseph Kessel, publicada originariamente en 1943, El ejército de las sombras, filmada 25 años después de la publicación de la novela, se apropia de la trama y lleva el cine bélico y de suspenso a cumbres difíciles de alcanzar. Después de ver la película de Melville uno tiene la sensación  que Bastardos sin gloria es una comedia. Hay algo en la puesta en escena de Melville y en cada una de sus decisiones estéticas que hacen que sea el film francés definitivo  sobre la ocupación. En la novela de Kessel, escrita en un tono realista (y concluida el dos de septiembre de 1943 antes de que termine la guerra) que corta el aliento, hay una descripción de ese comportamiento heroico dividiendo claramente las aguas entre un “ellos” y un“nosotros” bien delineado. El nosotros es enarbolado por la resistencia que se opone a ese orden opresor, en tanto el ellos es atribuido a los colaboracionistas, que son tan responsables moralmente de la tragedia que vive la Francia ocupada como lo son los propios invasores. En el film de Melville, todo es más ambiguo que en un texto en el que el exceso de retórica infantiliza a algunos personajes. Lacónica y con una economía de lenguaje extrema -como todas las películas de Melville-, los héroes  hablan solo por sus actos y uno no necesita de palabras para acompañar a estos personajes espectrales que tienen algo de muertos vivos como tienen siempre los perseguidos.

A su vez, El ejército de las sombras no es condescendiente ni muestra una imagen infantil o idealizada de la propia resistencia. A diferencia del libro y quizás por el tiempo que la separa del final de la guerra, no hay retórica que traduzca o explique los hechos. Vale un ejemplo. El grupo de rebeldes que integra la Resistencia decide cometer un asesinato para silenciar a un delator. Ese episodio -que podría hacernos pensar en el asesinato de Aramburu en la Argentina de la década del 70- es narrado por Melville con la pericia de un artista del horror. Allí no hay palabras que valgan para aliviarnos de la tragedia que no es otra cosa que  el asesinato de un ser humano. El tono justificatorio del accionar de este grupo, que sí se encuentra en el libro, es envuelto en las brumas de la puesta en escena lacónica de Melville y en la extraordinaria dirección de actores. El fabuloso (y quizás más fabuloso que nunca) Lino Ventura es el líder de este grupo y es el que decide llevar a cabo las dos acciones más violentas del film. Por un lado, el asesinato de este delator al inicio y luego, hacia el final de la película, el asesinato de Mathilde (el personaje inolvidable que interpreta con maestría Simone Signoret) debido al mismo temor de delación. Lo trágico respecto al asesinato de Mathilde es que ella es una heroína de la Resistencia y le salvó la vida al propio Gerbier (Ventura) en una secuencia que resulta una de las más impactante fugas filmadas en un lugar de encierro.

El tema de la violencia política, y cómo Melville la filma, posiciona al espectador por fuera de una zona de confort sin posibilidades de coartadas ideológicas. Quiero decir que estando a favor o en contra de las decisiones que toma Gerbier (a la cabeza de su grupo), la violencia que atraviesa a los sujetos que pasan por estas situaciones jamás es gratuita. A fines de la década del 60 del siglo XX, cuando se filmó la película, se discutía entre los círculos intelectuales y políticos sobre estas cuestiones. La idea de condenar a muerte a un delator que pusiera en peligro la causa revolucionaria era moneda corriente en un momento en donde desde el sentido común la posibilidad de realizar una revolución (a la cubana) era mucho más que una quimera trasnochada. En ese contexto es que debemos pensar la importancia extra cinematográfica de la obra de Melville, ya que trabaja sobre cuestiones de filosofía política al calor de los hechos y esa falta de toma de posiciones explícitas en relación a las acciones de sus personajes solo potencia el aire dramático de todo el film.

No obstante todas las virtudes estéticas e ideológicas del film y de la novela de Kessel que nos sitúan en un mundo que no es en el que vivimos hoy en día (el del nazismo y la Segunda Guerra), sí lo es el de los dilemas morales que atraviesan estos héroes envueltos en esas sombras. Ambos relatos sitúan el tema de la heroicidad grupal. Un poco como en El eternauta no existe ni para Kessel ni para Melville la posibilidad de un héroe individual. Es necesario una red que permita conectar las partes que se encuentren dispersas para poder hacer frente a un enemigo poderoso que tiene todas las de ganar. Hay así tanto en el fim de Melville como en la novela una escena fundamental: cuando los héroes huyen en un submarino de Francia y van a Inglaterra. Una vez que llegan allí deciden volver a Francia para seguir participando de la resistencia de modo activo. Finalmente esa decisión política de poner en riesgo su propia vida es la que debe hacernos pensar en retrospectiva en aquellas otras decisiones también políticas y morales que se ponen en juego: en un sentido, El ejército de las sombras reflexiona sobre la imposibilidad de la piedad en un mundo en el que la acumulación de riqueza es inhumana. Y esa inhumanidad, esa frialdad y esa lógica instrumental ( la misma lógica que describe con precisión puntillosa Hannah Arendt en La banalidad del mal al referirse a los campos de concentración) es la que debe llevar a los héroes de Melville a actuar con rigurosidad ante las delaciones pero es la que también explica la rigurosidad de estos héroes que deciden volver sobre sus pasos condenándose a muertes a ellos mismos.

Unos días después de ver El ejército de las sombras vi Sinfonía para Ana, una película argentina que con pericia de melodrama y  gran pulso para el cine de suspenso vuelve sobre la tragedia política argentina que tiene su punto culmine con el golpe del 24 de marzo de 1976 (pero que también puede rastrearse en el golpe de 1955 como punto de origen). Allí también está el modo sacrificial de entender la vida de esos hombres y mujeres que deciden pelear cuando lo más sencillo seria la evasión o el desinterés. Y pensando en esas dos películas pensé en la posibilidad ética de pelear o de resistir en contextos diferentes a los que muestran estos films. Los discursos hegemónicos también muestran la dificultad de penetrar en ellos ya que construyen un sentido común feroz y totalizante, y ante ese orden dado y momificado en el que el pensamiento es formateado por una ingeniería que conlleva un poder avasallante también es necesario y heroico resistir. Y esa resistencia no tiene que ver con grandilocuencias, sino que debe nutrirse de los pequeños actos anónimos que ni siquiera nos acercan la previsibilidad de una tranquila victoria, pero que generan sí una ruptura momentánea de los sentidos comunes imperantes.

En estos tiempos de insensibilidad social es más importante que nunca volver al legado de películas como El ejército de las sombras en donde sujetos atravesados por ese mundo trágico deciden jugarse la vida por un otro cuando bien podrían elegir la paz de los cementerios. Los héroes de Melville  eligen el riesgo y asumen el costo de sus decisiones, son sujetos políticos y morales los que nos interpelan a nosotros en la sala de cine y  también desde el presente, trasmitiéndonos sus urgencias que en un sentido son las nuestras.Son películas que nos ayudan a entender que por fuera de la política y de la vida con y para los otros no existe absolutamente nada, y lo maravilloso es que todo lo que dice el cine de Melville lo dice casi sin palabras que justifiquen o excusen. Lo dice solo filmando a esos seres humanos que no quieren reconocimiento ni perdón, solo quieren sobrevivir en un mundo mejor.

El ejército de las sombras (L’armé des ombres, Francia, 1969). Dirección: Jean Pierre Melville. Guion: Jean Pierre Melville sobre la novela de Joseph Kessel. Fotografía: Pierre Lhomme, Walter Wottiz. Edición: Françoise Bonnot. Elenco: Lino Ventura, Paul Meurisse, Claude Mann, Paul Crauchet, Serge Reggiani, Simone Signoret, Andre Dewarin, Jean Pierre Cassel., 140 minutos.

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