silo_afichePuede ser que alguna vez hayas leído “Habla Silo” en alguna pared, pintado a brochazos como los nombres de los políticos en campaña. O en algún otro lado, o que simplemente lo hayas sentido nombrar. Y puede que así, medio en pelotas pero con el mínimo conocimiento de que existe algo o alguien llamado así, llegues a este documental que, como tal, suponemos, debería esclarecer un poco qué o quién carajo es Silo.

Un domingo de resaca te tocaron el timbre de tu casa y, no sabés cómo, pero te levantaste y abriste la puerta. Parados en pose calma, vestidos como para una fiesta de quince berreta y con un librito en mano, ahí estaban esos tipos que, después de darle vueltas al speech (si es que no los mandaste a cagar antes y diste un portazo), te explican que el pedo que llevas encima es obra del demonio y justamente traen la receta de mil hojas para exorcizártelo. Podés ser el agnóstico más grande del mundo, pero entendés a primera vista que esos tipos vienen a predicar y te van a romper los huevos. ¿Qué tiene que ver esto con el Silo? Tranquilos, este texto no va a durar más que la hora y media del documental.

Leandro Bartoletti es el director. Se propone descubrir a Mario Rodríguez Cobos, alias Silo. A él y a su mensaje, a su obra. Si bien es cierto que, si no le damos un portazo a la tele antes de que finalice terminamos conociendo un poco sobre este extraño personaje, de qué habla concretamente sigue siendo un misterio. Podemos investigar en internet y enterarnos que, aunque oriundos de la misma provincia y poseedores del mismo apellido, Silo y Julio Cobos no son parientes. Pero ahora atentos, leemos la pintada en el paredón y, aunque ya vimos el documental, nos seguimos preguntando “de qué carajo habla”.

La primera película de Bartoletti arranca con datos biográficos del personaje en cuestión. Recoge un gran trabajo testimonial, archivo fotográfico y recortes de diario. Incluso imágenes televisivas de Canal 13 en los años sesenta, allá cuando Silo empezaba a asomar. El espectador rápidamente se pone en clima, pero muy rápido también se empieza a impacientar. Conocemos que este tipo era muy querido entre los suyos, que se alejó a la montaña para comunicar su mensaje, pero nos hace falta saber concretamente cuál era. No es precisamente suspenso lo que genera: son ganas de tirarle a esos predicadores todo el aliento a bosta en la cara y mandarlos a cagar. Que dejen de darle vueltas al asunto y sean concretos: “Queremos captarte”.

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El documental también nos cuenta que en vida Silo escribió muchos libros. Si esa es la respuesta a la incógnita «¿De qué carajo habla Silo?», esta película estaría de más. Entonces… ¿Por qué Silo no habla? ¿Por qué nadie explica concretamente de qué va su obra revolucionaria?

Con el documental ya bastante avanzado no lo podemos creer, pero vemos al mendocino dando vueltas por el mundo. Imágenes de él en Rusia, India y España nos confirman que no solo en Argentina el tipo tenía adeptos. ¡Tiene! Y, contra toda acusación de los sectores de poder que normalmente pierden tiempo en personajes como este, se expande como una secta al tiempo que niega ser una. ¿Un Ravi Shankar de pelo corto? ¿Un político bueno? El tipo sonríe, lleva su aire a Rogelio Funes Mori, y va construyendo unos parquecitos por todo el globo, que no se pueden llamar iglesias porque sus seguidores se enojarían.

Gastón Pauls hace la locución. El discurso abstracto y perdido de Silo, puesto en su voz, hace inevitable recordar a Juan Perugia de Todos contra Juan. Quienes brindan testimonio durante la hora y media, recién al final y leyendo los títulos, sabemos quiénes son. Y finalmente habrá que buscar en los libros que escribió, para saber de qué carajo es que hablaba Silo.

Silo (Argentina, 2015), de Leandro Bartoletti, c/Gastón Pauls, Osmar Nuñez, 98′. Documental.