Por Marcos Vieytes.
Recomiendo leer esta crítica escuchando la música que está al final.

¿Por dónde agarrar a esta película? ¿Por Radioscopie, que Georges Delerue compuso para un programa de televisión de los 70 conducido por un tal Jacques Chancel, corresponsal de guerra en Indochina y Vietnam, periodista, conductor y ejecutivo de Canal+, a quien el usuario de YouTube que subió el video de la cortina musical trata con cariño porque le recuerda la merienda a la vuelta del colegio? ¿O por La cosa buffa, que Morricone compuso para una película italiana de los 70 con Gianni Morandi, un cantor popular de la época? Y si dejamos la música de lado ¿agarro a esta película por el lado de la realidad? Pero ¿cuál es el lado de la realidad? ¿El de la sombra? ¿Ese que dice que la directora, Valérie Donzelli, vivió junto a su ex pareja, Jérémie Elkaïm (de Polisse), la circunstancia dramática que ambos cuentan con invencible frescura en esta película que escribieron y protagonizan? ¿O por la necesidad de deformar ligeramente esa realidad con dos personajes que se llaman Romeo y Julieta, y cuyos cuerpos no toca la tragedia, sino al de alguien muy cercano a ellos? ¿O más vale agarrarla por esa dedicatoria del final en la que agradecen a los doctores y enfermeras de los hospitales públicos? No es un gesto inocente, tratándose de una película que usa como título el anuncio radial del comienzo de la invasión a Irak, coincidente con la llegada del hijo a esta pareja.


Una cosa es segura: Francia (con la mencionada Polisse, de Manweiin, y con La fin du silence, entre otras) y algunos países francófonos (Canadá con Monsieur Lazhar, Suiza con L’enfant d’en haut y Bélgica con À perdre la raison) están haciendo un muy estimulante cine progresista -en el que están comprendidas muchas de las ambigüedades que el término conlleva, desde la ampliación de derechos a la hipocresía de la corrección política, pasando por la crisis del capitalismo actual y la incógnita acerca de su posible cambio de cara, que las más de las veces es apenas un mal disimulado lavado- en el que lo político atraviesa el quehacer cotidiano, en el que se nota un saber de los vínculos, las relaciones sociales y los mecanismos psicológicos, que no deja de ser un saber de lo efímero o de lo mutable, de lo que, aunque se conozca que no ha de durar, vale la pena vivir y conviene conocer para facilitar un funcionamiento intrapsquíco y social lo más saludable posible. Ese cine, por añadidura, es un cine que le haría bien a la cartelera de estreno, con posibilidades de éxito modestas pero concretas, sólido y entretenido, cuyas ficciones permiten la identificación del público con los conflictos de los personajes, enseñados a escala humana, aún permitiéndose el desvío de lo imaginario, la comedia romántica, o la fábula musical, elementos que rondan a esta película y le permiten contar la historia de un enamoramiento en una secuencia de montaje de cinco minutos, y la de la pareja enfrentándose a un hecho capital de su vida en común durante la hora y media restante, sin transformarlo jamás en algo que no es, vale decir sin mitificarlo ni usufructuar el recurso más conservador de la exacerbación melodramática, ese que goza poniéndonos en el lugar de la víctima.


Otra cosa es segura: La guerra ha sido declarada no es una tragedia, en tanto y en cuanto ya no hay un sentido trascendente de unificación. Eso hace que las cosas sucedan porque sí, no porque se acarreen culpas o haya un destino superior al que deba reverenciarse, razón por la cual toda la belleza de la puesta en escena es un artilugio consciente de compensación frente al lado oscuro del azar. La idea de destino, en todo caso, es la de una responsabilidad que puede o no puede ser asumida, pero nunca como celebración del dolor. La noción de sacrificio no está ausente de la historia que se nos cuenta, pero nada tiene que ver con el masoquismo. La guerra ha sido declarada está muy cerca del musical, género en el que transita con su siguiente película (Main dans la main) y que “suspende el sentido de realidad para encontrar armonía inclusive en la desgracia. Introduce una belleza gratuita, que el mundo real no tiene. Si el mundo real es un valle de lágrimas, el único antídoto contra el destino funesto es fabular que, desde el punto de vista de la totalidad (desde el ojo de Dios), las desgracias podrían ser bellas y armoniosas, un efecto que –a escala humana- se lograría cantando y bailando”.  La sabiduría vital, vale decir, inmediata y modificable, que la película despliega sobre la distancia en la relación entre padres e hijos, la variabilidad de los sentimientos, o la tensión entre individuo e institución, tiene la ligereza franca del cine de Agnes Varda, con la que Valerie Donzélli trabajó en Le lion volatil. Acaso sus películas puedan verse como las hijas juguetonas de las de aquella y las de su pareja Jacques Demy.