Lo primero que uno piensa cuando entra en el cine y comienza Amor sobre ruedas es que la película dirigida y protagonizada por Franck Dubosc es un mal chiste o una broma ordinaria. Si bien desde los afiches de promoción, o incluso desde el tráiler que anuncia el romance entre un hombre frívolo y una mujer en silla de ruedas, uno podría imaginar que la película no es otra cosa que un exponente más de cierto cine popular francés contemporáneo y que se encuentra lejos en términos estéticos e ideológicos de cualquier obra magna producida en tierra gala, la verdad es que las primeras escenas parecen confirmar nuestras peores sospechas.

Lo primero que hace Dubosc es presentar al personaje principal, un empresario exitoso del mundo del calzado deportivo que lleva una vida frívola y cuyo único interés es tener sexo con cuanta mujer se cruce en su camino. Una llamada sorpresiva le informa que su madre ha muerto y esa tragedia modifica de modo azaroso el sentido todo de su existencia. En esos primeros minutos, este sujeto hace todo lo posible para resultar desagradable y obvio: mirar los pechos de las mujeres, tratarlas como un objeto a conquistar. Esa mirada cosificante que la cámara se encarga de subrayar de modo acertado solo se modifica a través del descubrimiento del amor, y ese descubrimiento resulta ser por medio del dolor y el padecimiento, cual fabula conservadora.

Hasta acá, todo mal. Luego de la muerte de su madre que se encontraba en silla de ruedas, nuestro héroe va a su casa a ordenar papeles, se recuesta en la silla de ruedas y se pone a cantar su canción preferida. En ese preciso momento irrumpe en escena una hermosa vecina que le dispensa el obvio flechazo. Bastará esa excusa argumental digna de una mala película de Adrián Suar (lo cual no es poco decir), para que nuestro protagonista solo tenga en mente acostarse con la vecina. El problema es que la chica (desocupada, lo cual es un dato no menor debido a la crisis laboral que se sucede en Francia desde hace muchos años con gobiernos de distinto linaje ideológico), que en un primer momento parece seducida por los galanteos de este hombre exitoso, solo funciona como un nexo para presentarle a su hermana que (también, como su madre) se encuentra en silla de ruedas debido a un accidente automovilístico.

Luego de la primera media hora de proyección y visto los acontecimientos descriptos, uno podría haberse salido corriendo del cine. Sin embargo, aquí es donde ocurren los misterios del arte y de la naturaleza. De repente, entra en escena Florence (la hermosa Alexandra Lamy), una seductora mujer que, entre otras cosas, toca el violín y es una gran tenista sobre silla de ruedas. El discurso motivacional basado en el éxito en base al esfuerzo individual (sí, hasta una lisiada si quiere puede triunfar) puede, en una primera impresión, poner a la película en match point en contra. Pero, a partir del conocimiento de ambos protagonistas y del desarrollo de su historia de amor, la película mejora notablemente, y lo que tracciona el relato son las actuaciones que hacen no verosímil pero sí emocionante el devenir de los acontecimientos, a pesar de las consabidas banalidades de una comedia moralinosa que casi siempre funciona de modo obvio y predecible.

El film de Dubosc funciona mejor cuando las peroratas moralizantes y versitos motivacionales disminuyen y fluyen las actuaciones (sobre todo la presencia en escena de Lamy es lo que eleva la potencia y belleza del film) enmarcadas en ese registro de comedia romántica clásica que permite a su vez corregir algunos defectos iniciales que suceden en la presentación del personaje masculino de la trama.

Quizás podemos pensar que, en este caso, el descubrimiento del amor opera una modificación milagrosa en las personas que son atravesadas por esta dicha y que a su vez este descubrimiento es lo que permite que se modifiquen prácticas sociales como el machismo y la misoginia de las que nuestro carismático héroe hace gala a comienzo del film. El problema es que Amor sobre ruedas peca de tener una mirada voluntarista de las cuestiones sociales, ya que es obvio que estas prácticas sexistas no se modifican por la sola voluntad de los sujetos debido a que hay estructuras estructurantes que determinan nuestro comportamiento social y cultural. Esa mirada ingenua y apolítica persiste como problema, no solo en esta película sino en mucho cine comercial contemporáneo, vaciando de conflicto y de realismo las historias que deciden ser contadas. También podemos pensar el carácter político de Amor sobre ruedas a partir de la decisión del director de hacer del protagonista un tipo de clase alta que se puede dar el lujo de malgastar su tiempo en tener primero una vida vacía y luego en conquistar a su amada con una ostentación de clase exacerbada.

Dicho todo esto, y a pesar de la cantidad de defectos enumerados (que son muchos), vaya uno a saber si por esos misterios del cine que tiene mucho de cuento de hadas, Amor sobre ruedas mantiene ciertas virtudes ancladas en cierta tradición del cine romántico clásico (pienso en Algo para recordar como referencia ineludible de películas de amor y desencuentros sobre sillas de ruedas). Y la actuación de la pareja protagónica resulta la clave del film, ya que la conexión que generan cada vez que comparten escena hace que nos olvidemos de las banalidades de la trama y permite hilvanar el relato dándole el calor y la ternura que solo puede generar el amor.

Amor sobre ruedas (Tout le monde debout, Francia/Bélgica, 2018). Dirección: Frank Dubosc. Guion: Frank Debosc, Declan May. Fotografía: Ludovic Colbeau Justin. Montaje: Samuel Danési. Elenco: Franck Dubosc, Alexandra Lamy, Elsa Zylberstein, Gerard Darmon. Duración 107 minutos.