La primera razón para hacerlo es que dirigió buenas películas y actuó en unas cuantas dignas de ver y disfrutables (Al filo de la oscuridad, El detective cantante, Revancha, Air America, El año que vivimos en peligro, Gallipoli). El hombre sin rostro fue su opera prima, relato de iniciación sensible en el que el propio Gibson aparecía con media cara rota. Arriesgada carta de presentación la de jugar a Jekyll y Hyde narrando la amistad de un ex profesor desfigurado y un preadolescente huérfano de padre. Después vino Corazón valiente, a la que vi por última vez hace más o menos cinco años en televisión. Pero sucedió lo que pasa con algunas pocas películas (Invasión, de Paul Verhoeven, también tiene el mismo efecto): es imposible seguir haciendo zapping sin importar a qué hora de la madrugada uno la encuentre en el televisor. ¿Esto es subjetivo? Sí, pero también obedece a por lo menos dos razones: guiones anclados en estructuras simbólicas sólidas y la energía bestial de casi todas las imágenes que la componen, cargadas de electricidad y desafuero.

A ninguna película de Gibson le falta intensidad. Después de ver Corazón valiente, uno salía con ganas de matar ingleses a garrotazos, puteando y en pelotas. Algo parecido sucedía unos pocos años antes con Enrique V, de Kenneth Branagh, aunque en este caso el impulso surgía sobre todo de la palabra, estaba mediado por la legitimidad cultural que Shakespeare consiguió después de unos cuantos siglos, y a los que uno tenía ganas de matar en ese caso era a los franceses. Pero ambas ponían en escena ese furor asesino que la guerra cuerpo a cuerpo se encargaba de encuadrar bajo ciertos parámetros de civilización. Corazón valiente fue también la película en la que se empezó a hablar del sadismo de Gibson, cuyos antecedentes pueden encontrarse en la iconografía sadomasoquista de Mad Max, trilogía que lo hizo famoso en el mundo desde Australia, su casa paterna cinematográfica, y ya sabemos que Australia es la patria cinéfila oficial del salvajismo, tierra de nadie donde reina la barbarie sin maquillaje ni culpa.

Por eso Mel Gibson es un grano en el culo del Hollywood políticamente correcto, lo que incluye a los supuestamente subversivos muchachos que están adelante y atrás de cámaras en The Hangover, quienes aparentemente se opusieron a su presencia porque acababa de ser acusado por su mujer de haberla golpeado. Súmenle a esa noticia los escándalos por antisemitismo de hace unos años y tenemos una explicación razonable de ese y otros rechazos. Se entendería la molestia de tenerlo como invitado a una cena en la embajada de Luxemburgo, pero no que le bochen un cameo en una película de la nueva comedia americana. Lo interesante de las actitudes de Gibson es la relativa falta de cálculo, la amoralidad primitiva que desnuda la precariedad y, en ocasiones, también la hipocresía de todo orden cultural. Sus películas están atravesadas por esa potencia desesperada y peligrosa, por esa ansiedad animal, por ese instinto de aniquilación absoluto que, en el plano estético, puede transfigurarse creativamente. Basta pensar en el terrorífico sacrificio ritual de Apocalypto, que daba miedo tanto como excitaba. Esto último es lo más molesto de todo el asunto. Gibson alumbra la crueldad del ser y de la naturaleza que aprendemos a reprimir y nos hace disfrutar de esa violencia visceral en películas que cumplen la función de rituales que, sin embargo, más de una vez se le escapan momentáneamente de las manos a los agentes de publicidad incapaces de encauzar tan puros desenfrenos de aniquilación.
De La pasión de Cristono voy a hablar porque la vi una sola vez en un VCD de pésima calidad, pero más allá del escándalo generado en el momento de su estreno a propósito de su posible antisemitismo, no me cabe duda de que la delectación detallista en el martirio, que dejaba fuera de campo casi toda otra cosa que no fuera la experiencia física de la tortura, es reflejo de su mundo, de su psique y de su persona antes que comentario histórico. Tampoco me olvido de los extraños planos de un ángel del mal que debió ser Satanás. Surgían de una penumbra que no sé si respondía al diseño de la puesta o al mal estado de la copia, pero introducían un punto de vista sobrenatural diabólico original, más anclado en algún tipo de explotaition sobrenatural que en la tradición hagiográfica de películas sobre la Pasión. Un vía crucis íntimo es lo que este tipo parece estar reviviendo constantemente en el cine, calvario que, en su caso, no asume las formas de la piedad sino que acaba frecuentemente en reacción violenta y desproporcionada hacia quienes considera sus agresores o, simplemente, hacia todo aquel que se cruce en su camino. Violencia ontológica que recuerda la del cine de Kim Ki-duk (Bad Guy, en particular) y cuya representación no puede espantar seriamente a nadie que observe el funcionamiento del mundo.

La última persona en atender y darle lugar a ese desdoblamiento oscuro de Gibson fue Jodie Foster en La doble vida de Walter, que falla porque impone el punto de vista sanador de la directora en una operación, por otra parte, comprensible si fuera cierto que Gibson está realmente loco (lo que parece bastante probable, siempre y cuando admitamos que no es el único, y que la suya puede estar más cerca de la furia sagrada que la de muchos otros). Vamos, que la Foster le hizo el aguante como se lo está haciendo ahora a Kristen Stewart y eso no es poca cosa habida cuenta de que las más de las veces eso es todo lo que alguien necesita en circunstancias como esas para seguir respirando un rato más. Pese a la ‘saludable’ mediocridad entendida como término medio que procura estabilidad, o como principio de realidad indispensable para seguir viviendo, La doble vida de Walter ponía en escena a Gibson como figura pública alterada y nos permitía pensar qué clase de película hubiera hecho él con ese mismo material. Las grandes experiencias (est)éticas son obra de extremistas y Mel Gibson es uno de ellos, pariente no tan lejano de algún personaje de Werner Herzog, cruza del Klaus Kinski más sacado con el Nicholas Cage más puesto de Un maldito policía en Nueva Orleans.

Todo esto viene a cuento de que estrenan Get the Gringo (Vacaciones explosivas), película que no dirige pero escribe, produce y protagoniza haciendo de un chorro que escapa a México después de un afano. No me parece gran cosa, aunque todavía no la vi en el cine y varios amigos me dijeron que su potencia se despliega en la sala, pero a medida que pasan los días me gana la certeza de que la sanción crítica de calidad es lo que menos importa porque son otras cuestiones las puestas en juego al momento del estreno (el tiempo se encarga de imponer estándares apolíneos incluso a las experiencias culturales más furiosas), entre ellas la representación de todo lo que no sea EE.UU. y de lo latino en particular como sucio, oscuro y promiscuo para el imaginario más retrógrado de Hollywood, como también la reformulación actual de esos estereotipos culturales en el flujo de imágenes globalizadas, lo que en este caso incluye una banda de sonido con versiones de Damas Gratis. Además, tiene una literal y simbólicamente violenta escena inicial de persecución a través del muro construido por la administración Bush a lo largo de la frontera con México, además de tres o cuatro situaciones originales y poderosas entre las que se cuentan un robo de órganos infantiles sin demasiadas precauciones sanitarias y una conversación telefónica con Clint Eastwood. ¿Hace falta más?