La felicidad de la postal de familia unida, casi kitsch, en un  momento de esparcimiento en la playa, contrasta de entrada con la dureza de la realidad económica que atraviesan. Entre estos dos estados anímicos transcurre en un delicado equilibrio Loveling (Benzinho, 2018), película del realizador brasileño Gustavo Pizzi, que estuvo nominada como mejor película extranjera en el Festival de Sundance de ese año.

En términos del género se trata de un drama en clave de realismo costumbrista, matizado con momentos de humor que subvierten la rispidez de la vida y la transforman en juego alegre y amoroso, siempre necesario y bienvenido para sobrellevar los infortunios del vivir. Interesante interjuego que se acompaña de un acertado uso de la luz y los colores, más oscuros y apagados o más brillantes y luminosos, acompañando el tono anímico de las escenas en cuestión.

El eje narrativo de la película es Irene (Karine Teles), ama de casa y madre de cuatro hijos de diferentes edades: los pequeños gemelos, el corpulento Rodrigo de 12 años, que toca la tuba en la banda de música de la ciudad, y el adolescente Fernando (Konstantinos Sarris), arquero de un equipo de handball. La familia se completa con Klaus (Otávio Müller), el padre, que es comerciante y trabaja en una pequeña librería, negocio que ya no va bien. La familia vive en un barrio de los suburbios de Río de Janeiro. Al grupo familiar se une Sonia (Adriana Esteves), hermana de Irene, junto a su hijo Thiago, que llegan escapando de Alan (César Troncoso), el esposo con problemas de adicción y modales agresivos.

La realidad económica de esta familia de clase media baja se plantea a partir de la casa que habitan y que atraviesa un paulatino estado de deterioro: la cerradura de calle no funciona e improvisan una salida poniendo una escalera en una ventana, la canilla de la cocina no cierra, esparciendo el agua como una manguera; la luz se corta algunas veces y cuando llueve hay goteras. La familia a duras penas llega a costear sus gastos. Irene colabora en la economía familiar vendiendo sábanas de manera ambulante, mientras intentan terminar una nueva vivienda que se encuentra a medio construir. 

El director sintoniza con la época contemporánea al incluir el elemento queer a través del personaje de Ligia (Camilo Pellegrini), el vendedor de la tienda de ropa que frecuenta Irene, y también la problemática de la violencia de género a través del personaje de Alan, en quien las manipulaciones psicológicas hacia Sonia y la dificultad para soportar el límite a su omnipotencia machista son claves.

La película construye a Irene como una mujer fuerte y luchadora, que desde muy joven trabajó en condiciones de explotación como doméstica de una familia de clase acomodada, que hace malabares para sostener a sus hijos, para defender a su hermana de la violencia prepotente de su ex-esposo y para contener emocionalmente a su propio esposo, cuando flaquee al tambalear sus negocios. Irene, como dice su hermana Sonia, es una mujer que pese a los sinsabores y las crisis de la vida, nunca bajó los brazos y siguió adelante, apostando por sus sueños. La película la encuentra entonces en el momento en que ha terminado su escolaridad y en que puede abrirse a la búsqueda de un trabajo que le brinde mayor estabilidad económica.

En este punto, el director realiza un movimiento interesante al hacer coincidir el momento en que esta mujer que avanza decidida en su emancipación económica respecto del marido con el conflicto que le significa la separación respecto de su primogénito Fernando, a quien ha fichado un club de Alemania, oportunidad nada despreciable para su porvenir. En ambos movimientos, la protagonista debe afrontar una separación. En un caso se trata de su separación del rol de esposa tutelada para convertirse en trabajadora, mientras que en el segundo se trata de su separación respecto del rol de madre para devenir mujer, que ofrece una mayor resistencia.

El conflicto que implica para Irene dejar ir a su hijo está trabajado por el director desde lo explícito a partir de su descontento ante la noticia del viaje a Alemania (luego de la alegría inicial), en  su demora en ocuparse de los trámites pertinentes (a diferencia de Klaus que se implica inmediatamente); así como en sus menciones negativas y disuasivas respecto del frío, la segregación del extranjero y el pánico del terrorismo en Alemania. 

Pero además está logrado en un nivel más metafórico mediante el recurso al inserto desplazado de la diégesis a lo largo del film. Esta maniobra narrativa no sólo va anticipando el meollo de la película, también da cuenta del carácter traumático que esta separación tiene para Irene, al fragmentar la imagen de felicidad completa e idílica de la díada madre-hijo, conforme avanzan los trámites del viaje de Fernando. La secuencia fragmentaria desplazada sitúa a madre e hijo como una unidad indisoluble en un flotador inflable en medio del mar y el momento de la salida separada de ambos del agua, evocando claramente el momento de embarazo y nacimiento como separación. Este estado de fusión originaria, al que Irene debe renunciar, es evocado por tres elementos: por el título original de la película, que significa “Bebé”; por la escena en la que, mientras Irene juega con los gemelos debajo de una sábana, se suma luego el primerizo (en clara metáfora al embarazo); y por el recuerdo irrepetible, que relata Irene, acerca de la silla mecedora en la cual Fernando se dejaba amamantar.

Toda separación implica un cierto monto de angustia, en tanto implica una cesión y un duelo consecutivo a esa pérdida. En tanto madre, Irene es convocada a perder la completud narcisística que le significa su hijo en calidad de falo maravilloso, para cederlo al mundo en tanto sujeto autónomo, en tanto adulto. Esta separación tiene un plus especial porque Fernando es su primer hijo (aquel que la marcó por primera vez en tanto madre) y porque se presenta para ella de manera inesperada y anticipada bajo el signo de lo traumático, teniendo Fernando tan sólo 16 años.

La diferencia respecto a cómo viven madre e hijo esta separación es cifrada por el director en la actitud de cada uno con respecto a la camiseta de handball que Fernando llevaba puesta en el partido del comienzo. Si para Fernando representa el pasado que quiere dejar atrás rápidamente para convertirse en un hombre, para Irene es una prenda a conservar que le permitirá simbolizar su ausencia y sobrellevar así el momento inevitable de dejarlo partir. En Loveling, Gustavo Pizzi muestra su capacidad técnica para amalgamar con equilibrio la crudeza del realismo con la poética de bellas y lúdicas imágenes que capturan el sentimiento amoroso que une a esta familia. Pero más interesante es encontrar en ella la sensibilidad y la madurez artística necesarias para abordar el problema de la separación materno-filial, sin estridencias melodramáticas ni golpes bajos. De esta manera logra que experimentemos la pérdida como acontecimiento que, si bien duele, es al mismo tiempo aquello que da sentido a la vida. Porque como bien dice Gustavo Cerati en su canción Adiós: “Poder decir adiós, es crecer”.

Calificación: 7.5/10

Loveling (Benzinho, Brasil/Uruguay/Alemania, 2018). Dirección: Gustavo Pizzi. Guion: Gustavo Pizzi, Karine Teles. Fotografía: Pedro Faerstein. Montaje: Lívia Serpa. Elenco: Karine Teles, Otávio Muller, Adriana Esteves, Konstantino Sarris, César Troncoso. Duración: 95 minutos.