La casa junto al mar comienza mostrando una hermosa vista del mar mediterráneo, que  junto al encanto que brindan los desniveles de la costa de Marsella generan sin dudas un placer adicional. Desde un balcón circular, Maurice, un hombre de edad avanzada, mira el horizonte. Ya sentado, prende un cigarrillo. Cuando intenta apagarlo, un ataque cerebral se lo impide. Este será el detonante para volver a juntar a los tres hermanos, Angèle, Joseph y Armand, interpretados por Ariane Ascaride, Jean-Pierre Darroussin, Gérard Meylan respectivamente, actores fetiches en la filmografía de Robert Guédiguian desde hace más de tres décadas.

Maurice no muere, queda en el estado contemplativo que lo vimos en un principio, aunque ausente de la inquietud que lo hacía mirar a la nada en una búsqueda silenciosa y desesperada. Si bien sabemos algunos detalles de su vida, la película no se centra en él sino en sus hijos, que se vuelven a reunir por primera vez luego de veinte años de ocurrido un trágico accidente. Como es posible imaginar, sus recelos se irán calmando a medida que las heridas de antaño vayan cerrando y puedan recuperar algo de sus años de juventud, aquellos de cuando Maurice apostó a crear su propia «villa» (así el título original de la película) con un restaurant a precio popular para las familias obreras. Así como el padre no divide la herencia proporcionalmente entre los hermanos sino que beneficia a su hija mujer, el director tampoco lo hace con el protagonismo de sus personajes: entre todos ellos sobresale Angèle. De hecho, la figura del padre queda relegada en la segunda mitad de la película para darle preponderancia a la historia de amor de ella, donde decae el ritmo que ya se presentaba parsimonioso y se vuelve un tanto soporífera.

El director marsellés, que a lo largo de su obra pone el énfasis en retratar su ciudad natal, se focaliza en este caso en asimilar el paso del tiempo, qué es lo que cambió y cómo asumir una nueva realidad que sus personajes -y acaso él mismo- venían esquivando desde sus miradas previas. Para esto se apoya en la famosa premisa todo-tiempo-pasado-fue-mejor. A través de las relaciones entre estos hermanos y los personajes satélites que los rodean, forja una mirada con dimensiones políticas, aunque no desde la acción, sino desde lo verbal. Se habla sobre todo de la desaparición de la clase media, aquella que habitaba hace veinte años el sueño del padre-patriarca, trabajador tradicional con ideales, que levantó su propia casa y su restaurant, y que tuvo que aprender a cocinar cuando murió su esposa-. Los satélites, tres representantes de la juventud, serán más activos, aunque algunos «con el corazón en la izquierda y la mente hacia la derecha», según juzga Joseph. Pero, en definitiva, es todo muy determinado, sin lugar a ambigüedades.

Sin embargo, una sub-trama que se presenta desde el principio pero florece de repente al finalizar la película, no rememora el pasado sino que dialoga con el presente. Militares están en la búsqueda de inmigrantes ilegales que navegaron en un barco y de forma aleatoria arribaron a esas costas. Algunos escaparon y la misión es ahora encontrarlos. Este sorpresivo final saca a todos, inclusive a nosotros, del letargo. Al mismo tiempo implanta varias sospechas, más allá de ser tal vez una estrategia para convencer al espectador de que los personajes que tanto hablaron, algo también hicieron. Este cambio de tono presuroso y el poco desarrollo de una situación tan compleja, ¿no será una forma de no comprometerse del todo con el tema? ¿Existe una responsabilidad para con la problemática, o sólo es un pantallazo a una realidad que afecta a aquellas costas azules?  (¡Alerta de spoiler!) ¿Cómo hubiesen reaccionado los personajes sin en vez de ser tres niños huérfanos encontraban a tres adultos en la misma situación? (Fin de la alerta).

La casa junto al mar apela más a los diálogos que a la puesta en escena, lo cual no la favorece en absoluto. La cámara panea constantemente para hacer énfasis en objetos, con la necesidad de resaltar significados: remedios, fotos, un pez muriendo, etc.  En su transcurrir se vuelve densa, transita un argumento muchas veces visto y unos personajes que, a pesar que lo intentan, no provocan la suficiente empatía, quizás porque corrigen sus dificultades con frialdad, distancia, a partir de analizar el pasado en voz alta, o de vivir el presente sin titubear, con una resolución propia que escapa a lo verídico. Lo único que refuerza lo oral son algunos flashbacks, que lo explican todo con una frontalidad que los vuelve insustanciales. Algunos más acertados como los que intentan reflejar el pasado feliz de estos hermanos (fragmento sacado de la película Ki Lo Sa? de 1986 del mismo director, en la que participan los tres actores) o lo popular del lugar en Navidad; otros demasiado explícitos, que no dejan lugar a la imaginación y que parecen ser una forma fácil de resolver cuestiones de guion antes que generar un ambiente cinematográfico. Las actuaciones son lo mejor de la nueva obra de Guédiguian, de eso no hay dudas.

La película todo el tiempo quiere reforzar conceptos, lo hace desde los encuadres hasta el guion, y se nota todo tan impuesto que hasta la muerte parece estar planeada por quienes van a dar aquel gran paso. Necesita que Angèle vuelva a sonreír en aquel lugar donde alguna vez fue feliz, que Joseph salga del aburguesamiento y vuelva a ser parte de la tierra, y que para Armand, que nunca se fue, las cosas vuelvan a ser como antes. El padre, ¿ya nos habíamos olvidado de él? precisa saber que están los tres juntos antes de dar el gran paso.

La casa junto al mar también es una postal hermosa del paraíso mediterraneo, ausente de peligros, lleno de vida y tranquilidad; una linda pero insulsa postal.

La casa junto al mar (La villa, Francia, 2017). Director: Robert Guédiguian. Guión: Robert Guédiguian, Serge Valletti. Fotografía: Pierre Milon. Elenco: Jean-Pierre Darroussin, Anaïs Demoustier, Ariane Ascaride, Gérard Meylan, Jacques Boudet, Robinson Stévenin, Yann Tregouët, Geneviève Mnich y Fred Ulysse. Duración: 107 minutos.