Lo primero que impacta de Amor urgente es su propuesta estética. Un espacio creado en base a muchos otros, con una atemporalidad fundada en la conjunción de varias épocas. El pueblo donde se desarrolla la historia fue elegido no como una locación real, sino mediante el registro de varios lugares, creando así un pequeño mundo pintoresco y único, artificial pero verosímil.  En los exteriores esto es consigue a través de retroproyecciones muy logradas, no sólo por su belleza visual sino también por su potencial, ya que logra simular cierta profundidad con lo que la película argumentalmente juega.  Los interiores, entre pantallas divididas y el uso de varias capas de información, están cubiertos con empapelados virtuales también diseñados en postproducción pero con utilería real, lo que genera un extrañamiento que acompaña tanto el registro desnaturalizado de los actores como las reacciones lacónicas de los personajes. En cuanto a la ubicación temporal, se puede pensar que transcurre en un momento en el que la tecnología del vinilo y la televisión de tubo eran predominantes, antes de la era digital pero sobre todo de la virtualidad. Con un diseño de vestuario que no responde a ninguna moda en particular, sino que representa la sobriedad necesaria para trama, con vestidos hasta la rodilla para las mujeres y pantalones de vestir con camisa para los hombres. La música también expone este síntoma, solo que con más libertad: el leiv motiv es guiado por unas resonantes canciones que aparentan ser de origen ruso, aunque también se escucha algún tema electrónico moderno y Voy a Soñar Con Vos  de Poncho y Simón Poxyran, marcando un gran momento de la película. Así, Diego Lublinsky, director de la no menos particular Hortensia (2015) (dirigida en esa oportunidad junto  Álvaro Urtizberea), crea la representación de un pasado único, cimentado en los registros de un presente que revela más nostalgia que realismo.

De forma acertada elige retratar el fin de la inocencia dentro del poco acceso a información, que hoy nos excede de alguna forma, y desde la particular timidez de los dos protagonistas: Agustina (Paula Hertzog) y Pedro (Martín Covini). Ellos, como se puede suponer, son diferentes a los demás, pero definirlos como loosers sería caer en un facilismo, ya que eso no los agota sino que aparecen otros rasgos aún más fuertes: la madurez, a pesar cierta ingenuidad que deberán revertir, y la autenticidad. En este coming-of-age no importa tanto llegar a ser populares (aunque tampoco rechazan la posibilidad) como combatir sus temores y remediar la necesidad de entrar en el mundo adulto para despojarse de la vida que llevan con sus padres, que de diferentes formas los ignoran. Tanto ellos como sus compañeros van a ir canalizando su energía hasta encontrar la esencia de su ser, para así convertirse en el personaje que los va a representar en el futuro. Algunos por un camino evidente, como por ejemplo el caso de la compañera de banco de Agustina (Miranda de la Serna) que tiene los mismos rasgos que la madre (Paola Barrientos), como si fueran la misma persona con edades diferentes (si algo le faltaba a ella es que su nueva amiga sea igual a su progenitora).

La desnaturalización de la puesta en escena pone en evidencia el mundo ajeno en que se mueven los protagonistas, que parecen vivir de manera diferente a sus compañeros las inquietudes que el sexo y el amor proporcionan en su despertar. Aunque ninguno entiende bien cómo sobrellevar la etapa del fervor, ellos sienten que directamente están ausentes de esa intensidad. Agustina cree que tiene una tara sexual que no le va a permitir tener novio y Pedro, por su parte, no estaría encontrando la motivación necesaria para que le pase algo al respecto. Ella mira en las enciclopedias, él debajo de sus sábanas. Lo (ir)racional será fundamento, desde la angustia de pensar demasiado en vez de sentir, hasta la presión y los miedos de un deber ser que no los deja respetar su propia condición. Los protagonistas deben sobrellevar el exceso de especulación que acarrean frente a sus dilemas emocionales, que por momentos también se vuelven morales. Esto se debe a un entorno que les causa más preocupaciones que confianza, salvo por un personaje: el ginecólogo (Gonzalo Urtizberea), quien conserva cierto rasgo de niñez esencial, ya que se lo muestra jugando pero también resolviendo un cubo mágico. Él les facilita las respuestas científicas, pero también les ofrece consejos afectuosos, siendo el único que entiende la situación que están atravesando.

Ya desde la presentación de los personajes sabemos que estamos ante una película en la que lo simbólico opera de forma necesaria. La primera imagen de Agustina la muestra viajando en la parte trasera de un camión de mudanzas, con sus gestos de expectación mezclados con el disfrute de sentir el viento en la cara,  acompañada por los maniquíes que están junto a ella, evidenciando una de las problemáticas urgentes que la aquejan: una frialdad y razonamiento inadecuado entremezclada con una gran soledad. Pedro aparece acostado y frustrado, en lo que podemos deducir como un intento fallido de masturbación. De esta manera sutil, sin forzar las explicaciones, sino dejándoselas a los gestos y interacciones de los personajes, va creando una historia que se desarrolla entre adolescentes, motos, gel, lentes de sol, cigarrillos y alcohol.

Pedro es un personaje particular y auténtico, y si hay algo que no se merece es vivir en el pueblo de nombre Resignación como en el que le tocó nacer. Cuando conoce a Agustina va a ser persistente al ir en su búsqueda, aunque de forma respetuosa, que en este contexto podríamos llamar romántica. En otra película tendría asma, pero en Amor urgente le pide a su amigo que lo “hiperventile”, y si este no lo hace, no le queda otra que respirar profundo. Como en una película de Rejtman, de quien Lubinsky asume una notable influencia (aunque los diálogos sean más escuetos, entre otras cosas), la pulsión que lo lleva a enamorarse de Agustina está dada por lo aprendido en clase minutos antes de conocerla, mediante la Ley de gravitación universal de Newton que habla de la atracción de dos cuerpos, siendo esa la forma de entender el amor de inmediato. Agustina, por su parte, es casi como la Cenicienta de su madre, quien conserva una única esperanza: conocer a su padre que supuestamente vive en Europa y es chef. Cansada de las mudanzas, lo conoce a Pedro y ve en él la gran posibilidad para que la ayude a entender cómo revertir su problemática sexual.

Una gran escena muestra la división de intereses de estos adolescentes, que aún no entienden la diferencia entre el sexo y el amor, o siquiera de qué se tratan estas dos cosas. En un solo plano expone sus pensamientos e inquietudes: parados frente a la vidriera del negocio de lencería de la madre de Agustina, el encuadre la muestra primero entre tules como una novia a punto de casarse, para luego descubrir el maniquí que viste ropa interior, como si en principio él la mirara como esposa, aunque ella se detenga más en la luna de miel que en la posibilidad de casarse con él. Si hay algo en lo que se apoya Lublinsky es en estos guiños, a partir de las intensas miradas, reflejando la historia a través de la imagen.

Lo interesante de Amor urgente es cómo va hilvanando las distintas pistas que permiten entender a los personajes sin juzgarlos, y así acompañarlos en su descubrimiento. Una comedia que podría ser simple, pero que apuesta a la complejidad de la psicología de sus personajes, encerrados en la creación de una puesta en escena original, con un destacado diseño y fotografía de Willi Behnisch, para contar así la historia a través, no sólo desde los diálogos y las acciones, sino desde la representación.

Dirección: Diego Lublinsky. Guión: Diego Lublinsky y Pablo Schuff. Elenco: Paula Hertzog, Martín Covini, Paola Barrientos, Fabián Arenillas, Martín Policastro, Miranda de la Serna, Gonzalo Urtizberea. Producción: Diego Lublinsky, David Bisbano. Duración: 90 minutos.