Comedia de contrastes. Madame Maurice Pauque, alias la condesa Madelaine de Baupre, y Tom Bradley, ingeniero mecánico de Detroit, representan dos estilos de vida, dos clases sociales, dos idiosincrasias y dos continentes distintos. En el cuerpo anguloso de Marlene Dietrich toman forma los rasgos huidizos, aristocráticos y frágiles de una centroeuropea que simula ser miembro de una clase social en vías de extinción, mientras que Gary Cooper es el práctico hombre estadounidense que confía sin medias tintas en sus fuerzas y no necesita ocultar su franca ingenuidad provinciana. Ni más ni menos que un yanqui en la corte de la reina Marlene. Las vacaciones de uno y el non sancto oficio de la otra (que no es el más viejo del mundo, pero sí el más rentable) los reunirán fortuitamente en París. Luego, y gracias a las exquisitas artes de Madame, seguirán juntos hasta una villa de Aranjuez en la que Bradley y el jefe de la banda de la falsa condesa dirimirán quién se queda con la Dietrich o, para decirlo de otro modo y dadas las vísperas bélicas del contexto, con la mismísima Europa.

Deseo es una comedia romántica nada ingenua con identidades cambiadas, enredos varios, una mujer que conduce su descapotable y el punto de vista del espectador con desdeñosa elegancia casi hasta el final de la película, retruécanos filosos y diálogos imperdibles que remiten a la década de oro de la screwball comedy y a las películas de Lubtisch. Su famoso toque no sólo se advierte en esta película debido a su rol de productor sino gracias a la mano y la Remington de Edwin Justin Meyer, quien más tarde escribiría para aquel esa obra maestra que es Ser o no ser. De hecho, el trasfondo histórico y los numerosos comentarios políticos, apenas ocultos detrás de situaciones jocosas o banales, confirman el cercano parentesco de ambas. Tal como aquella decidía vérselas con el difícil trance de situar una comedia en Varsovia durante la ocupación nazi, en esta se percibe la tensión previa a la segunda guerra y el papel de árbitro que los Estados Unidos acabaría por cumplir en el conflicto.


Apenas dos años antes de una confrontación que demostraría la capacidad destructiva de la técnica, en Deseo es la industria mecánica la que une a los protagonistas desde el inicio mismo y la que permite el progreso de la historia romántica y el de la Historia (aunque el concepto de progreso sea, aplicado a este último término, ampliamente discutible). Borzage filma con verdadero placer la huida de Marlene a través de los caminos montañosos que dividen España de Francia y además se vale de los automóviles para conectar a la pareja de protagonistas, en una secuencia de choques reiterados que resulta ser otra feliz metáfora suya del acercamiento sexual (basta revisar el encuentro entre los protagonistas al pie de la estatua en Adiós a las armas para comprobar la elegante osadía de este director cuando trataba el tema). Más tarde se alternarán la conducción del vehículo, hasta que Tom se haga cargo del volante y asuma el liderazgo masculino que llevará a Maurice hasta el matrimonio y, con él, la casa y la cocina. Pero esa es una película que comienza justo después de la consabida placa con las palabras legendarias de clausura. Esta, en cambio, transcurre casi siempre sobre automóviles y tiene la lógica errante, vital y juguetona del deseo todavía no institucionalizado.