Por Paola Menéndez.
Aquí pueden leer un texto de Luciano Alonso sobre esta película.

Podés llamarme Night Shyamalan[1]. “Call me Ishmael” (“Llamame Ismael”, o “Podés llamarme Ismael”)  resultó ser una de las citas más célebres de la literatura universal. Pertenece a Moby Dick, el clásico de Herman Melville. La novela versa sobre la travesía de la tripulación del Pequod avocada a la tarea de capturar la colosal ballena blanca. La obra constituye, a nivel formal, uno de los paradigmas modernos más notables de ese vasto campo denominado “novela de aventuras”, y es la intertextualidad  simbólica de la que se intenta nutrir  Después de la tierra. En efecto, las colonias en  Nova Primus, las ursas (aggiornadas ballenas blancas), y toda la parafernalia tecnológica constituyen elementos que se disponen funcionalmente a la consagración heroica del protagonista, el pequeño Kitai (Jaden Smith). Desde ese punto de vista, es evidente constatar que no habrá, en sentido estricto, un desarrollo en la profundidad genérica: ciencia ficción, aventuras y épica (grandes obsesiones de N. Shyamalan), todo se desdibuja por igual.
La película comienza situándonos en otro planeta, ahora hogar de la raza humana, mientras se produce un breve racconto de las circunstancias que produjeron la evacuación de la Tierra. Y de la Ciencia Ficción,nada más. El viaje exterior, metáfora del viaje hacia la conflictividad interior humana, poderosa matriz hermenéutica del género, resulta trivializado en la exhibición de escenas conyugales pseudo traumáticas que no provocan empatía ni conmoción alguna en el espectador. El pequeño Kitai, el impertérrito general Cypher Raige (Will Smith), Faia Raige (Sophie Okonedo) y la joven Senshi Raige (Zoe Kravitz) son personajes llanos, unidimensionales, incapaces de generar identificación, por lo que toda alusión a lo épico también fracasa inexorablemente. Los más de cien millones invertidos en esta producción sirven de mero telón de fondo para garantizar, mutatis mutandis, los pasos del héroe en una puesta en escena formularia y cabeza de otro conocido clásico, El héroe de las mil caras, de Joseph Campbell. Un héroe que no logra evocar ni los valores ni los miedos de un ethos colectivo, ya que su padecer no es individual sino individualista. 

La poco atractiva narración intenta entretener desde la configuración de un espacio híbrido que casi siempre fracasa en los climas y deja poco a la imaginación. Si partimos del eslogan “Fear is not real” (“El miedo no es  real”)  podremos aproximarnos al tenor con el cual estará retratada la naturaleza humana. “Todo debería racionalizarse”, podría ser el sello del último Shyamalan (quien viene auto infligiéndose un límite a la transgresión) por el que todo orden trastocado debe ser explicado y restaurado hacia el final de la obra. Desde este punto de vista, una tensión irresuelta o dionisíaca no será  compatible con esta película, así como tampoco se dará lugar a las estridencias o la emergencia plena de lo simbólico. Las plantas de El fin de los tiempos (The Happening)se actualizan en la racionalización del miedo y la secreción de feromonas que huelen las ursas. La imposibilidad de repetir aquella primera experiencia de satisfacción freudiana -tiempo del mito- deviene a partir del regreso a ese planeta ominoso -otrora hogar- llamado Tierra. Este hecho, sumado al juego de presencia-ausencia del padre -el objeto amado-  desencadena, a través de la angustia de Kitai, el sentimiento de desamparo, e introduce por poco tiempo la problemática de la auto conservación que nunca termina de emerger. Además, la linealidad de la historia obtura significaciones y encuadra un mundo literal sin vuelo, sin la capacidad revulsiva que esperamos de la ciencia ficción, ni la redención que esperamos en la épica y la aventura.



[1] La obra impersonal, medida, o peor aún, anónima, es refractaria a su modo de circulación. Como dato no menor es preciso mencionar que la distribuidora ha decidido, como estrategia de marketing, omitir de todo el material publicitario (flyers, trailers, etc.) el nombre de su director. Night Shyamalan, exageradamente denominado por la crítica hollywoodense como el “nuevo Hitchcock”, hoy resulta ignorado por temor a repetir el fracaso de sus últimos largometrajes. La pregunta (en clave tragicómica ) es si acaso la distribuidora no le ha hecho un gran favor al escamotear a los espectadores su nombre en esta producción.