2013_GCMposter2A principios de mes Fernando Martín Peña empezó a publicar en su página personal de Facebook el diario de Pordenone, y de inmediato pensamos en proponerle reproducirlo en el blog una vez que hubiera concluido el festival, porque el diario en cuestión no era un diario de las vacaciones de Peña en el norte de Italia (lo que podría ser tan singular como los relatos de sueños que postea en su muro), sino de su asistencia como invitado al festival de cine mudo más importante del mundo, y porque la razón de su estancia allí era otro nuevo descubrimiento cinematográfico capital que se suma al de Metrópolis. A continuación, unos párrafos extraídos de Filmclub.com acerca de la relevancia del festival y, luego, las entradas del diario, editadas por el propio Peña:

“Creado en 1982 como un esfuerzo colectivo entre la Cineteca del Friuli –una filmoteca situada en la localidad de Gemona y miembro de la FIAF (Federación Internacional de Archivos Fílmicos)– y el cineclub Cinemazero, el Festival de Cine Mudo de Pordenone, se estableció como el evento internacional líder dedicado a la preservación, difusión, y estudio de los primeros treinta años de la cinematografía.

Cada año a mediados de octubre, alrededor de 800/900 visitantes de alrededor del mundo, desde académicos, archivistas y críticos hasta entusiastas privados y coleccionistas, se reúnen para la maratón semanal de proyecciones, acompañadas por piano en vivo, ensamble y música orquestal.

Desde su concepción, el Festival de Cine Mudo de Pordenone ha cubierto todos los aspectos de la temprana historia del cine, desde el Hollywood clásico hasta la avant-garde y la animación. “Estos encuentros”, escriben Kristin Thompson y David Bordwell en Film History: An Introduction, «han revolucionado el estudio del cine mudo… El Silent Film Festival ayudó a enfatizar cuán cruciales son la preservación y la disponibilidad de los primeros films para nuestro conocimiento de la historia del cine.»

La calidad de la presentación de films –en una gran pantalla, con un equipamiento de última generación y un control de velocidad variable- se ve reforzada por la performance musical de cada programa. Un staff de media docena de talentosos pianistas de distintos países improvisa música original o contemporánea a lo largo del evento.”

2 de octubre. Mañana parto al Festival de Cine Mudo de Pordenone (Italia), invitado para presentar la versión restaurada de The Blacksmith, de Buster Keaton. Cada jornada empieza con un corto del gato Félix y termina con otro del payaso Koko, así que no es necesario aclarar que se trata del mejor festival del universo (después del Bazofi, por supuesto).

TheStenbergBrothersposterforTurksib192924 de octubre. Estoy comiéndome unos Snickers que me regaló Curubeto y tomando una Schwepps en Pordenone. Sueño con venir acá desde hace casi treinta años. Tengo que procesar bien todo esto.

5 de octubre. Lo primero que vi es una prueba de sonido que alguien guardó no sé cómo. Kevin Brownlow me dijo que era “naughty” en un tono picaresco muy siglo XX. Y lo es. Estoy seguro de que Donald Spoto podrá agregar dos o tres capítulos más a su libro sobre Hitchcock cuando lo vea.

Hay un homenaje a Anny Ondra, la protagonista de Blackmail, de Hitchcock, que era polaca pero de familia checa, así que su primera etapa como actriz tuvo lugar en Praga. A las 14.30hs. pasaron dos de sus primeros films: un corto cómico (Gilly en Praga por primera vez, Karel Lamac-1920) y el largo Las cartas perdidas (Josef Rovensky, 1921). El primero es una sucesión de situaciones en las que un joven de aspecto vagamente chaplinesco humilla al tío de una chica bonita (Ondra, que en su versión checa era Ondrákova): lo hace sentar en un cáctus, lo cuelga de un ténder, le pinta un blanco en el culo cerca de un cazador. Las cartas perdidas se desarrolla en varias direcciones al mismo tiempo sin concentrarse en ninguna. Parece que será sobre un famoso escultor que descubre en un palimpsesto la clave para encontrar un tesoro, pero para completarla necesita otro palimpsesto que está en un museo. En ese momento su amante se enoja con él (por una pavada), jura que la venganza será terrible y se va de su casa. Mientras tanto, un obrero se cae de un edificio en construcción y enseguida sabemos que se trata de otro escultor, que hace changas porque está medio muerto de hambre. Le consiguen trabajo con el escultor famoso pero no enseguida, porque nada sucede directamente en el film. En algún momento, el escultor famoso manda al escultor pobre a buscar una modelo rubia para hacer una obra sobre «la sonrisa del arte». El escultor pobre encuentra a Anny Ondra y el escultor famoso queda encantado, tanto, que entre sesión y sesión la besa y la manosea. Ella dice que le parece bien, porque está agradecida. El escultor pobre, que está celoso y enamorado, dice que está mal, que ella se deja porque no conoce el odio y por lo tanto tampoco el amor. El escultor famoso la tiene presa de una especie de hipnosis y la usa para dominar la voluntad del escultor pobre. En eso estamos cuando aparece un gángster que de alguna manera es parte de la venganza de la amante despechada. Se suceden una serie de peripecias físicas: trepan paredes, corren por los techos, se tiran al agua y se llega a entender que alguien logró robar el palimpsesto. Pero el escultor famoso no fue, porque se entera de la noticia por el diario. Mientras tanto, Anny se despierta con una sensación de paz, dice. Ve que hay una escalera que llega hasta su ventana y decide escapar por ella de la casa del escultor famoso. A una o dos cuadras se encuentra con el escultor pobre. Se sonríen y no se entiende por qué deciden volver a la casa del escultor famoso. Lo encuentran aplastado bajo la piedra que estaba esculpiendo. Apoteosis. El escultor pobre y Anny se congratulan porque ella finalmente ha descubierto el amor. Fin y desconcierto. En el catálogo explican que es un film hecho a partir de otro film, que se perdió y nadie sabe bien cómo era. O sea que el mismo film sería, pues, un palimpsesto.

La chica de frac (Karin Swanström-1926) es una comedia sueca que nos levantó los ánimos después del palimpsesto checo. Tiene el estilo elegante de las comedias de Mauritz Stiller, basado en situaciones inteligentes y en la sátira de costumbres, muy burguesas en este caso. Su directora se reserva además el papel de vieja noble desagradable y lo hace muy bien, aunque hay que decir que el nivel de todos los intérpretes es excelente. Hay mucho texto, pero los actores se las arreglan para componer sus personajes con sutilezas de mímica bastante modernas. Veo venir una ola de nuevos «gender studies» a partir del descubrimiento de este film, no sólo porque lo hizo una mujer sino porque en una escena crucial la protagonista causa un escándalo en un baile por ir vestida de frac. Tiene sus motivos, desde luego.

Diez minutos a la mañana (Aleqsandre Jaliashvili-1931) es un film de media hora, educativo, georgiano y muy persuasivo. Su propósito es que todo/a habitante/a de la Unión Soviéticahaga gimnasia diariamente y para ello se muestran primero los ejercicios que hay que hacer y después se exige al público que los haga. Una especie de Charles Atlas bolche nos señala con el dedo en primer plano y nos dice a los gritos (bueno, con carteles en mayúsculas) que somos unos vagos, que diez minutos en una jornada de 24 horas no son nada y que así podremos hacer juntos que el socialismo se fortalezca. Lenin resistió la prisión haciendo gimnasia, nos dice también. El montaje de todo esto está a la altura de lo más sofisticado de la vanguardia soviética. Una obra maestra.

También vi la esperada Una nueva y gloriosa nación pero la comento mañana porque si ahora no me voy dormir, mañana no podré hacer mis diez minutos de gimnasia.

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6 de octubre. La historia de la realización y reciente hallazgo de The Charge of the Gauchos fue ya muy bien contada por su responsable, la investigadora argentina Andrea Cuarterolo, en un artículo publicado en Página/12. Puedo agregar algunas impresiones nomás: 1) fue impactante llegar por la noche al teatro Verdi y ver sobre el frente proyectadas algunas imágenes del film, las de la carga de los gauchos propiamente dicha, por lo que la bandera argentina flameó brevemente sobre la plaza principal de esta ciudad italiana; 2) Manuel Belgrano está construido como un héroe a la norteamericana. Tanto, que una escena lo muestra mirando un retrato de Washington y diciendo que hay que imitar su ejemplo en las colonias españolas. Como dice el texto de Cuarterolo, la copia que sobrevivió es la internacional y no sabemos si en la nacional los pifies históricos serán menores; 3) el film tiene un inconfundible aire a clase B; el productor Julián de Ajuria escribió sobre el dinero invertido y la intención de fidelidad de escenarios y vestuarios, pero las reproducciones del Cabildo y la Catedral que se han visto en imágenes fijas no están en la copia que se conserva y lo que se ve de la Plaza de Mayo parece el patio de mi casa; 4) Buenos Aires y Salta quedan muy cerca en el film, casi en la misma cuadra; 5) las escenas de batalla son bastante buenas, pero de ninguna manera parecen todo lo masivas que quería el productor Ajuria. No obstante estas observaciones, inicié gestiones para llevar a Bs. As. una copia en 35mm. del film, porque corresponde repatriarlo. Al terminar la proyección hubo un episodio surrealista: apareció el historiador Richard Koszarski y me dijo que él tenía una autobiografía del director, el ignoto Albert Kelley. Ante mi cara de evidente estupefacción, respondió diciendo que a él también le parecía raro, que la había editado el propio Kelley y reproducido en mimeógrafo, pero que tenía un par de páginas dedicadas al film. Le pregunté tartamudeando si podía escribirle para que hiciera una fotocopia y me dijo que las tenía ahí: las había preparado por si en la proyección había algún interesado en saber más The Charge of the Gauchos. Esto es Pordenone.

Arrancamos la mañana otra vez con Anny Ondra y una comedia de Karel Lamac, titulada ¡Agárrenlo!, mucho mejor que la de ayer, con situaciones más elaboradas y algunas recurrencias que funcionan bien. Luego pasaron otra comedia, La dama del pie pequeño (1919) en la Anny Ondra hace un papel insignificante. Pero también es superior al largo incomprensible de ayer. Es una comedia sobre un detective vocacional, aficionado a las novelas de misterio, muy bien armada y estructurada. Lo mejor, sin embargo, está al principio, cuando de suceden una serie de escenas de gran violencia, cada una de las cuales culmina en un signo de interrogación. Resultan ser escenas sin explicación alguna, que surgen de las ficciones que está leyendo el protagonista. 

7 de octubre. Vi otro largo sueco, Polis Paulus Paskamall, de Gustaf Molander, con una pareja de cómicos conocidos (en Suecia) como Pat y Patachon (Carl Schenstrom y Harald Madsen). La trama aparece firmada por «Tres caballeros alcoholizados» y quizá por eso es bastante derivativa: a) las payasadas de los cómicos en cuestión (Madsen era un genio, claramente, con un dominio total sobre su cuerpo y su increíble rostro. El otro no parece tan genial pero no se puede juzgar por un solo film); b) las actividades de un grupo de contrabandistas; c) las tribulaciones de la dueña de una posada, que además es esposa de Madsen; d) el romance entre una hermosa muchacha y un galán que se dice profesor de tango. Estuve esperando ansiosamente que lo demostrara, pero la trama no se lo exigió. En cambio la chica, llamada Lili Lani, es una de las presencias más sugestivas de la historia del cine todo. Una adición insospechada a la Lista de Mujeres Muertas Que Amamos.

Primer Programa de Animación Soviética, preparado por un amigo, Peter Bagrov, joven entusiasta que lo sabe TODO sobre el cine ruso y soviético. El programa estaba integrado por varios cortos rarísimos, de los cuales me gustaron especialmente dos: La droga de Demian (1925), hecho con recortes al estilo de nuestro Quirino Cristiani, sobre un pobre obrero alcohólico, rescatado de su naufragio personal por un compañero solidario. El corto es un verdadero compendio de gags de borrachos, pero varios salen directamente de un primitivo de y con Ferdinand Zecca, titulado Un sueño hacia la luna. El otro corto que me gustó se llama El pequeño tornillo y es sobre una compleja maquinaria industrial, cuyas piezas principales se consideran importantísimas (lo dicen: «Soy muy grande, soy muy importante») y se burlan de un tornillito que está harto de escuchar la misma cantinela todos los días. La cuestión es que el tornillo hace su hatito y se va, por lo que la máquina no puede funcionar más, y las piezas deben ir a buscarlo para pedirle perdón. La moraleja, según reza un cartel al final, es que no hay que ningunear al más pequeño.

Pasaron dos cortos cómicos con La Pandilla, grupo de niños que durante la década del 20 protagonizaron una larguísima serie de comedias para el productor Hal Roach. El director Robert F. McGowan, que trabajó mucho con ellos, debió ser un hombre de paciencia inagotable porque lo que obtiene de esos niños es milagroso, lo más parecido a un dibujo animado, pero con actores. Ambos cortos fueron musicalizados por una orquesta de niños. El toque Pordenone fue que entre los espectadores estaba Jean Darling, una de las niñas de La Pandilla, que acaba de cumplir 91 años.

Dos días (1927) es una obra maestra de un señor ucraniano llamado Heorhii Stabovy. Más cine soviético veo, menos me parece conocerlo. La premisa es familiar en el cine comunista: un anciano cuidador de una mansión aristocrática está dispuesto a arriesgar la vida para defender las propiedades de quienes básicamente lo tratan como a un esclavo, hasta que comienza a asumir una conciencia revolucionaria por las razones más dolorosas. El asunto es la increíble violencia que todo eso transmite por la energía arrasadora con que está narrado, y por un millón de ideas de montaje que me parecieron nuevas, seguramente porque me falta ver mucho cine soviético. Dura una hora, pero me parecieron quince minutos. En cambio otro film ucraniano que dieron después, Lucha de gigantes (Viktor Turin, 1926), dura sólo 50′ pero me parecieron dos días.

8 de octubre. Pasaron una copia espectacular de Beggars of life (1928), una de esas obras maestras que William Wellman sabía hacer cuando lo dejaban. Quien crea que la luminosa Louise Brooks sólo brilló en Alemania con Pabst, es porque nunca vio esta película. Copio un link de youtube pero seguramente se podrá bajar en mejor calidad. En su momento fue mal recibida por la crítica, que la consideró, entre otras cosas «sórdida». Y es increíble cuán sórdida puede ser, ya desde el principio, luego con las intenciones de violar a Louise que tiene la mitad del elenco, y finalmente con el papel que le hacen interpretar a un cadáver, en una época en que el cine no los mostraba.

hans_engelska_fru_272El cine sueco mudo es lo más. Hoy de entrada vi Labios sellados (Gustaf Molander, 1927), intento nórdico por alcanzar distribución en el resto de Europa, ya que se filmó en Italia y parte del dinero fue francés. A esta altura es evidente que Molander era capaz de obtener actuaciones prodigiosas de su elenco y de otras cosas aún más difíciles, como mantener la seriedad del drama aún incorporando bastante humor. La trama es sobre una joven italiana criada en un convento, que es enviada a casa de su tía para conocer un poco “el mundo» antes de tomar los hábitos. En el tren un pintor inglés se enamora de ella y más tarde la rescata cuando su tío trata de violarla. El problema es que el pintor está casado y no lo ha dicho, cosa que el espectador sabe desde el principio gracias a una escena magistral, que lo comunica sin necesidad de texto alguno. La copia era tan increíble que el film parecía filmado ayer y uno podía perderse tranquilamente en la riqueza de los detalles en los dos o tres momentos en que la acción se demora un poco. En un papel breve pero muy intenso aparece la gran Sandra Milowanoff, heroína de muchos films franceses que tenemos en 9.5mm. En algún momento me pregunté cómo reaccionaría el público de formación no católica ante el conflicto del film y su resolución (que no debe revelarse), pero Brownlow me dijo que en el siglo XVII su familia fue enviada a exterminar a los católicos de Irlanda y sin embargo a él la película le había parecido genial.

Vi la segunda película de Alexander Dovzhenko, un tipo que parece haber hecho sólo obras maestras. Se llama El maletín diplomático (1927) y es un film de espionaje. Un espía comunista en Inglaterra es muerto antes de entregar a un compañero de ruta un maletín con documentos que deben llegar a la Unión Soviética.Un camarada asiste accidentalmente a su muerte y jura cumplir su misión, así que le manda el maletín a su hijo, que es marinero y también comunista. La policía inglesa sigue muy de cerca los pasos del maletín pero el marinero comunista recibe la ayuda protectora de los otros marineros de su barco, todos los cuales también son comunistas. Uno podría sospechar que quizá Dovzhenko imaginaba demasiados comunistas en Inglaterra, pero a lo mejor resulta que estaba bien informado, sobre todo si recordamos la cantidad de espías británicos que escaparon a la URSS durante la guerra fría. Como siempre, lo prodigioso es la forma. Dovzhenko era un excéntrico ya desde sus comienzos y logra imaginar siempre una forma original para hacer cada escena, empezando por la escena inicial, de gran violencia, donde es hallado agonizante el espía, en medio de una noche de tormenta. Además, tenía un humor rarísimo que le hace a uno preguntarse si está viendo lo que está viendo. Corresponde aclarar que como los traductores internacionales no se ponen nunca de acuerdo, la ortografía occidental de los nombres rusos se va perfeccionando con los años, lo que mientras tanto nos complica la vida a todos. Dovzhenko ya no se llama más Alexander, como se llamaba desde que aprendí a leer, sino que pasó a llamarse Aleksandr y ahora parece que se llama Oleksandr. En cualquier momento le van a poner Ernesto.

Termino el día con un plato fuerte: Lucrecia Borgia (1922), drama histórico con algún elemento expresionista, dirigido por Richard «Todo Terreno» Oswald. Tengo debilidad por algunas películas suyas, así que me dispuse a verla lo más contento, pero debo reconocer que fue una experiencia fatigosa. Primero porque tiene poco vuelo formal y una austeridad de recursos un poquito vergonzosa. Y después porque, aunque la imagen era impecable, la pasaron con una lentitud exasperante. Duró dos horas y media cuando tendría que haber durado unos 100, a lo sumo 110 minutos. Lo bueno fue que parecía una reunión de amigos porque en su elenco estaban casi todos los grandes intérpretes del cine mudo alemán: Paul Wegener, Lyda Salmonova, Alexander Granach, William Dieterle, Anita Berber, y el gran Conrad Veidt, que se entrega con todo entusiasmo a su papel del loco degenerado César Borgia.

9 de octubre. Sigo viendo cine soviético y es tan bueno que no entiendo como es que cayó el comunismo. Pasaron una que sabemos todos, Turksib(Viktor Turin, 1929), obra maestra del documental que describe primero los modos en que se trabaja la tierra en Asia Central, que prácticamente son los mismos que en la Prehistoria, y cómo empiezan a cambiar con la llegada del tractor, del tren, y de alegres comunistas con teodolito. Para los que aún no la conocen, aquí abajo podrán encontrar un pedacito.

Luego vino lo bueno: un film inclasificable ukraniano llamado El pan, dirigido en 1930 por un señor de apellido impronunciable y casi inescribible: Mykola Shpykovskyi. La historia es la de siempre: llega el camarada que ha estado peleando en el ejército rojo y debe comenzar a repartir la tierra etc. Pero ya Dovzhenko demostró que los ucranianos lo representan todo de otra manera, seguramente porque piensan de otra manera. No hay una sola escena planteada de forma convencional en todo el film y en cambio se ven tomas cenitales imposibles sobre un campo mientras lo dividen como un ta-te-tí, primeros planos rarísimos, reiteraciones, secuencias armadas con -no sé- cientos de tomas de un solo fotograma, intertítulos recurrentes, postes de telégrafo que parpadean mediante el montaje para indicar que están transmitiendo cosas. No es un documental, no sé si es un film de ficción. No sé qué es. Una locura, una alucinación, una obra maestra.

He intentado gestionar un par de films como éste, que no están en ninguna parte, pero sólo obtengo miradas frías y respuestas en tono monocorde que básicamente no quieren decir nada. Pero aún no está todo dicho y no está muerto quien pelea.

sl08fo062Vuelven los suecos al ataque con una obra maestra absoluta de Molander Mi esposa inglesa(1927). La esposa inglesa es en realidad la actriz alemana Lil Dagover, que es objeto de una desagradable apuesta entre dos hombres, ni bien comienza el film. (Uno de esos dos hombres es Gosta Ekman, a quien todos conocemos por su increíble trabajo en el Fausto de Murnau). Bastará decir que la pierden ambos, que ella termina desnuda en la cama de un acreedor sueco, y que ambos se enamoran. El asunto sigue, pero lo importante es la sutileza con que Molander lo cuenta, inventando siempre una acción visible que agrega un nuevo matiz al tema. Podría ser una historia de desengaños, un melodrama, pero en cambio es la aventura de un matrimonio que no se aviene y sin embargo tiene ganas de hacer el esfuerzo. Todo lo cual funciona porque Molander se toma mucho trabajo para volverlo plausible con ideas visuales. Varias veces parece a punto de caer en el cliché pero lo evita con la elegancia del mejor torero. Lo ayuda mucho el cameraman J. Julius que era un genio, y parece haber hecho él solo media historia del cine sueco. Pero es del director la elección de qué mostrar y qué no, y es del director esa capacidad de obtener interpretaciones de enorme expresividad, en las que pueda apoyarse el relato. Una mirada, un gesto, resuelve una escena.

Lo único decepcionante de la programación hasta ahora ha sido la retrospectiva dedicada a la actriz polaco/checa Anny Ondra. Todas las películas que la integran son curiosas, ciertamente, como las ya descriptas, pero no se puede decir que sean buenas. Le tenía fe a una titulada Redivivus (Jan S. Kolar, 1921), porque la idea es bastante original: un hombre del medioevo toma una pócima especial para morir y resucitar en el presente. Pero todo está realizado de una manera tan trucha que lo que podía ser un agregado a la gran lista del cine fantástico mudo, se queda en una pavada derivativa y perezosa. Peor aún es La luz envenenada (también Kolar, también 1921), que parece inspirada en los seriales de aventuras norteamericanos. Hay un inventor que crea algo importantísimo y guarda los documentos en una caja fuerte, hay la hija del inventor (Ondra, claro), hay un héroe o quizá dos, hay un villano «cuya misma esencia vital es la locura y el crimen». Pero luego todo sucede de manera tan arbitraria que se transforma en una comedia involuntaria. Por ejemplo: cuando el villano está acogotando al héroe, y el héroe ya está desmayado, se cae justo la lámpara del techo sobre la cabeza del villano. Todo así. La mayor carcajada la obtuvo una situación digna de Pierre Nodoyuna: el villano y sus esbirros montan un operativo complicadísimo y logran robar la caja fuerte del inventor con todos los documentos secretos. Cuando están festejando el éxito, el villano examina los documentos y dice: «No entiendo nada de estos documentos. Mejor secuestremos al inventor…»

Iván Mozhukhin (o Mosjoukine) es nuestro héroe. Entre Manes y yo tenemos todas las películas con él que se editaron en formato reducido, incluyendo su ópera única como realizador, la increíble El brasero ardiente. Tenemos Casanova, Kean, Manolescu (el único bodrio, que apodamos “Manolescu, rey del bailongo”). Tenemos El león de Mongolia, Sombras que pasan y, por supuesto, Miguel Strogoff (cuatro copias)…  Pero no teníamos Rojo y negro (1928) de un señor Gennaro Righelli a quien jamás he oído nombrar. Así que estuve primero en la fila a las 9am con sólo tres horas de sueño para ver al ídolo por primera vez en 35mm. ¡Y el ídolo no me defraudó! Hay que olvidarse de Stendhal, y pensar que esta es una historia de aventuras y romance, que mezcla un poco de Strogoffcon un poco de Casanova y de paso un poco de Los miserables al final. El joven Jean Sorel tiene conflictos de clase, bien representados en el film, y debe probar su valía, primero en duelo a espada con unos jóvenes aristócratas presumidos, y luego llevando un mensaje secreto y revolucionario por una ruta estrechamente vigilada. Gennaro sabía filmar, o la época filmó por él, y el film corre con su carismático protagonista de un lado al otro, arrasa con el cansancio, destroza el tedio, con la misma gracia y velocidad con que Mosjoukine (o Mozhukin) seduce a todas las mujeres del elenco. Si sólo logra acostarse con dos, es por culpa de los espías del rey. ¡Qué grande fue Mosjoukine!

Pordenone es el lugar para ponerle rostro a todas las firmas que uno ha leído desde que lee de cine. Richard Koszarski y su esposa Diane, autora del mejor libro posible sobre William S. Hart, Yuri Tsivian, Charles Musser, Ian Christie, David Robinson, Lenny Borger, Paolo Cherchi Usai, Livio Jacob y un largo etcétera. Pero también es el lugar para conocer gente con experiencias muy parecidas a las de uno. El primer día me hice amigote de un italiano canoso y con barba, parecido a un capitán de barco. Se llama Antonio y no me lo van a creer pero es de Padua. Vivió en Canarias varios años, así que insiste en hablar en español, lo que desde luego facilita las charlas. Antonio de Padua me presentó a Francesco de Milán, uno de los mayores devotos de Buster Keaton que pisan este mundo. Francesco y Antonio tienen cuarenta años de cineclubismo, conocen a todo el mundo y rechazan con un ligero gesto desdeñoso a los académicos y a los profesores (aunque Frencesco es sociólogo y enseña en Milán). Les gusta hablar de Keaton, de Jacques Tourneur, de John Ford, de jazz. Les gusta comer bien y tomar vino tinto. Hoy Francesco me regaló su último libro, que acaba de salir, un estudio sobre SHERLOCK JR. que tiene 748 páginas. Me abraza, dice «Qué grande il Blacksmith!» y me lo dedica «porque tu sei un vero keatoniano». Alegría sin fin.

leliondesmogolstp9210 de octubre. Función especial ¡con Benshi!

Benshi es una palabra japonesa que designa al actor que solía acompañar las películas mudas, para beneficio de los muchos analfabetos. Hubo benshi en otros países con distintos nombres según el lugar y llegó a ser parte indispensable del espectáculo porque no se limitaba a leer los intertítulos sino que además comentaba la acción, inventaba cosas y hacía diferentes voces para cada uno de los personajes. Es un oficio que se no se extinguió porque algunas sociedades tienen la costumbre de preservar su cultura, y así los benshis japoneses han pasado sus saberes de generación en generación. Vi una señorita Benshi en 2007 en un festival en la India, con el film El mago del agua, de Mizoguchi y fue inolvidable, en particular por la delicadeza con que cambiaba de tono de voz y por la precisión con que utilizaba diversos objetos para hacer efectos sonoros. La función de Pordenone fue con un señor Benshi más austero, pero igualmente entusiasta. Primero hizo dos fragmentos de films de Daisuke Ito, un artista del cine de samurais que en sus escenas de violencia usa toda clase de recursos formales para seguir el frenesí de la acción. Después hizo la versión común de Blacksmith, lo que fue por lo menos curioso, y finalmente hizo un largometraje de 1935 de Jiro Kawate titulado Fukujuso que es una obra maestra recientemente descubierta. Cuenta la trágica historia del amor que una adolescente siente su cuñada, en medio de una historia familiar que pasa de la abundancia a la pobreza, con exquisita delicadeza y sensibilidad.

El fragmento que copio aquí no tiene que ver con la delicadeza y la sensibilidad. Es el final de Orochi, otro clásico de samuráis mudo, para dar una idea aproximada del aspecto que tenían estos films y cómo se ven (o más bien cómo se oyen) con benshi.

Me olvidé de comentar otra maravilla sueca, que pasaron el lunes. Se llama El más fuerte (1929) de Axel Lindblom y Alf Sjöberg, a quien todos conocemos como uno de los maestros de Bergman y autor de esa genialidad que es Señorita Julia (1950). Esta es una historia de enfrentamientos tremendos entre marineros y cazadores de osos polares, o sea hombres muy rudos y viriles: Ole cree que la bella Ingeborg le pertenece, porque es hombre de confianza de su padre, el fiero capitán Larsen. Pero entonces viene el invierno, Ole y el fiero Larsen se van al polo y aparece el buenmozo Gustaf, que enseguida acepta ayudar a Ingeborg en la granja los meses que pasará sola. Eventualmente Gustaf y Olsen tendrán que resolver sus diferencias en el polo, mientras matan focas y osos, se pierden en la niebla, se pegan trompadas y compiten para ver quién usa mejor el fusil. El codirector Lindblom era director de fotografía y las imágenes que logra en la segunda mitad de este film, donde se combina la ficción con lo documental, son de antología. El actor que hace de Gustaf de llamaba Bengt Djurberg, tenía una pinta bárbara y era un carismático a la norteamericana, no obstante lo cual su carrera fue exclusivamente sueca y murió joven, a los 43 años.

También hubo alguna sueca medio floja, no vayan a creer. Mi decepción fue Pecado (Molander, 1928) de la que yo esperaba TODO por el título, por el director, por el protagonista Lars Hanson (el de El viento) y por dos de las mujeres muertas que nos enloquecen: la austríaca Elissa Landi (ach!) y la francesa Gina Manes (mon Dieu!). El asunto es que Hanson es un dramaturgo talentoso pero sin suerte, y está atravesando una crisis por no poder mantener a su mujer (Landi, tremenda hasta cuando frega la ropa) y a la pequeña hija de ambos. El comienzo y las razones de la angustia de Hanson están descriptos por Molander casi sin textos, mediante la suma de acciones pequeñas y significativas. Llega el éxito y aparece la femme fatale Gina Manes (que no tiene ninguna relación con Fabio). Gina seduce a Lars en un minuto y medio, sobre todo tras interpretar sus textos en una noche de estreno triunfal. Elissa queda abandonada y Lars pasa esa misma noche con Gina. Entonces ocurre lo que empieza a hundir el film: Gina quiere el amor total de Hans y no soporta que Hans ame un poco a su hija. Así que le propone matarla. No hay nada hasta ahí que justifique semejante propuesta. Lo que sucede después es un misterio, que se resuelve en encuesta policial al estilo Rashomon: cada uno da una versión diferente de lo ocurrido. Dicho así parece genial, pero no lo es porque el error de caracterización que hunde al personaje de Manes hunde también todo el resto y quita toda posible credibilidad al final. De todas maneras vale la pena verse porque un mal film de Molander es mejor que un buen film de mucha otra gente.

12 de octubre. Hoy fue la gran noche triunfal de la Filmoteca. Como primera parte del evento de clausura de la Giornatedel Cinema Muto se exhibió la versión que encontramos con Fabio Manes de Blacksmith de Buster Keaton. La sala desbordaba de público y hubo carcajadas constantes, sobre todo en los minutos nunca vistos. El responsable de traer la copia nueva fue Serge Bromberg, capo de Lobster Films, coleccionista y especialista en editar cine mudo restaurado. Primero Bromberg quiso hacer la restauración del film con nuestro original en 9.5mm. pero le dije que antes de intentar eso convenía que revisara bien por si no existía otra copia en Francia. El 9.5mm. fue un formato hogareño y así como apareció la copia que compró Manes, seguramente habría otras. En cuestión de días Bromberg descubrió que en realidad había tenido esta misma versión en su propia colección, en hermosa copia original de 35mm. Y no sólo eso, sino que esa copia incluye un gag fantástico y ligeramente erótico, omitido de la versión en 9.5mm. «La tenemos desde hace 20 años y nunca la chequeamos», me escribió en su momento. «Gracias por mantener los ojos abiertos». Hoy para mi sorpresa volvió a contar esa historia ante la sala llena, lo que habla de su honestidad, porque no tenía ninguna necesidad de hacerlo. Al final del corto me pidieron que hablara sobre el hallazgo, lo hice y expliqué que faltaba Manes, por razones de salud, «pero que seguramente querría ser mencionado en este evento como El Rey del 9.5mm.»

Y toda la sala ovacionó al Rey.

Fotos en el festival de Pordenone: Valerio Greco.

Traducción: Nuria Silva.