zrtn_034n1223238_tnSi con las buenas intenciones fuera suficiente… Aburrida la mayor parte del tiempo, aunque con alguna que otra hendija que permite al espectador aproximarse a lo que la película supuestamente pretende plasmar −el mundo de los sordomudos−, Sordo se levanta sobre un equívoco intencionado y fomentado: presenta sus hechos como verídicos cuando, en rigor, son en mucha mayor medida una construcción ficcional. Incluso en un par de notas que leí por ahí, se la describe como un “documental” que tiene “toques de ficción”, cuando lo opuesto se acerca mucho más a la verdad. Lo que vemos en la pantalla grande es una “ficción documentalizada”, interpretada por actores (sordos) profesionales seleccionados específicamente para el proyecto, que ficcionalizan −actúan− sus vínculos, sus conflictos y afinidades y nos cuentan la historia de un grupo de teatro imaginario (imaginado por ellos mismos) que lucha por poner en escena una obra de teatro en lenguaje de señas. Como dijimos, la obra teatral y el grupo de teatro, bautizado “Extranjero”, sólo poseen entidad en la ficción y a la película no le alcanza para disimularlo. En televisión, el género que más se ajusta a este tipo de situaciones de estética documental, con una trama de conflicto humano y personas que no se sabe bien si están actuando o no, es el reality show y a eso justamente termina pareciéndose Sordo. La intención −reinvidicar la cultura sordomuda, romper con la mirada condescendiente hacia las personas con dicha condición− resultaba piola, la manera de ejecutarla, no.

Lo más desalentador tal vez sea imaginar que con alguna vuelta de tuerca la premisa podría haber funcionado mientras nos queda la sensación de que la película malgastó una oportunidad de oro para explorar un universo fascinante.

¿Sabían Uds. que la lengua de señas no es una versión degradada o una traducción de la lengua oral, sino que es igual o aún más compleja? ¿Que su gramática, al ser espacial, multidimensional (o sea, 3D, arriba, abajo, a los costados, etc., etc.), en vez de lineal como en la oralidad, ofrece posibilidades de significación inéditas para un oyente? ¿Que los sordomudos, por lo tanto, se identifican como una “Cultura” con mayúsculas, como una “comunidad hablante” y no a partir de su supuesta “patología”? ¿Que en Washington, EEUU, existe la única universidad para sordos del mundo, la Universidad Gallaudet, con la lengua de señas yanqui (el American Sign Language o ASL) como primera lengua y el inglés como segunda? ¿Que esa universidad existe desde mediados del siglo XIX y que a finales de los ochentas organizaron marchas y protestas hasta que lograron tener un rector sordo, autoridades sordas? ¿Que el término ”audismo” designa las distintas formas con las que los oyentes discriminamos cotidianamente a los sordomudos? ¿Que la bibliografía en castellano sobre estos temas es escasísima? Buena parte de esta información pueden hallarla en un libro absolutamente exquisito (tierno, interesante, documentado, bien escrito) de Oliver Sacks llamado “Veo una voz” (Seeing Voices: A journey into the World of the Deaf).

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Decía, Sordo naufraga entonces porque deja pasar la posibilidad de mostrarnos cómo es la vida de una parte de la comunidad sorda de nuestro país −digamos, la de los artistas, la de los actores−, para poner el foco, en cambio, sobre los obstáculos creativos, económicos, relacionales que debe enfrentar una compañía de teatro. A pesar del título, la sordera pasa a un segundo plano. Por lo tanto, y paradójicamente, lo mejor de la película no lo encontramos en su núcleo, sino en las líneas que se abren en la periferia del relato principal. Surge cuando el director se olvida un rato de la doblemente ficticia obra de teatro y nos muestra un poco de la vida “real” de sus protagonistas. La secuencia de una chica poniéndose los audífonos y disimulándolos con el pelo; cuando, tratando de hacerse entender por algún oyente −que por supuesto, desconoce el lenguaje de señas−, los actores subvocalizan o hablan con ese tono como no modulado, no ecualizado, característico de las personas con algún grado de hipoacusia; cuando van a un colegio público y observamos las caras sorprendidas de los estudiantes, las preguntas ingenuas pero certeras, bien empíricas, al grano, que les hacen, la manera en que se derriten los prejuicios si se agarran a tiempo. En esos lapsos más bien aislados o de relleno, cuando el drama humano (de los protagonistas) desborda el drama narrativo (de la obra) es cuando sale lo mejor, lo más jugoso. Porque la película tiene el acierto −dejenmé tirar una buena− de no optar nunca por una mirada condescendiente sobre las personas sordomudas, nunca cae en el “ah, pobrecitos”, “qué tragedia”. Está claro que el director no se propuso retratar una “discapacidad” sino una diferencia y esto último, creo yo, es lo que deben rescatar quienes vayan a verla.

Sordo (Argentina, 2014), de Marcos Martínez c/ Nelson Floridia, Florencia Franco, Iris Huerga, Lisandro Rodríguez, Damián Scigliano, Marisa Di Chiazza, 89′.