Mariano Slutzky vuelve a la Argentina, después de muchos años, para testimoniar en el juicio que el TOF1 de La Plata lleva adelante contra los responsables del centro clandestino La Cacha, donde se vio a su padre por última vez. Su testimonio ante el tribunal, centrado en la lectura de las cartas que el padre le enviaba en su primera detención, va marcando la estructura del documental, mientras en paralelo su primo –y director de la película- Shlomo Slutzky, entrevista a parte de los familiares, haciendo hincapié en los tíos de Mariano, los hermanos de su padre. En el contraste entre esas entrevistas y los recuerdos de Mariano –en especial ese llamado que él recuerda, de un familiar al que no nombra, pidiéndole que no vuelva a llamar porque lo comprometen-, se cifra una tensión familiar irresuelta. Entre la responsabilidad no asumida y la sensación de abandono, lo que queda en claro es que entre los Slutzky hay algo que se rompió definitivamente y sin remedio.

En ese sentido, Disculpas por la demora dialoga, establece nexos concretos con el documental uruguayo Roslik y el pueblo de las caras sospechosamente rusas. Las coincidencias de ambas son notorias: Roslik y Slutzky habían sido detenidos primero, liberados después, para finalmente ser secuestrados por segunda vez. Ambos eran médicos: el primero murió en la tortura, el segundo está desaparecido. En los dos casos, sus familias no volvieron a vivir al lugar donde los secuestraron. Pero la coincidencia mayor entre las dos películas es en la forma en que las dictaduras en general, y los militares en particular, se constituyeron en los constructores de una grieta insalvable. En el caso de Roslik, esa grieta implicaba la construcción del otro como un enemigo. Si en la película uruguaya esa grieta se instalaba en el corazón de un pequeño pueblo de provincia, en Disculpas por la demora se va directo hacia el interior de una familia. Y es allí donde el otro también empieza a verse como un enemigo. La divisoria de aguas no está en la dictadura del 76, sino que se sitúa antes, en ese momento en que la militancia de Slutzky en el ERP lo llevó a participar en las acciones en los montes tucumanos en el año 1968. Su detención en Taco Ralo y los tiempos de la prisión abrieron la brecha familiar que su desaparición posterior en 1977 solo terminaría de ahondar.

Hay algo en la forma en que Mariano recuerda a la familia que señala ese abismo. Y no resulta extraño que utilice los mismos términos en disputa en la lucha por los derechos humanos. Mariano habla de la posibilidad de perdón –que parece deberle más a su padre que a su propia convicción-, incluso en el encuentro con Daniel, uno de sus tíos. Pero niega la posibilidad de reconciliación. Ni siquiera en ese encuentro tenso, en el que las miradas se evaden –y en ese punto es notable el trabajo de montaje que va articulando la mirada de tío y sobrino que se va escapando de la del otro- ni en la cena posterior en casa de Daniel asoma un atisbo de reconciliación familiar. Y es que el perdón está ligado al reconocimiento de una equivocación o una omisión, pero la reconciliación implica la recuperación de los lazos previos al momento de aquellos actos. No hay arrepentimiento –no lo hay de hecho en los familiares- que subsane lo que se hizo o lo que se dejó de hacer. En todo caso, lo que hay es un primer esbozo en el que ambas partes asumen lo que les toca (Daniel admite que la familia se abrió ya con lo de Taco Ralo; Mariano admite haberlos insultado públicamente justificado en el dolor por el desamparo), pero que sigue sosteniendo esa tensión que implica la ausencia de algo que vuelva a amalgamar la estructura familiar.

Hay una escena en el final del documental que establece la persistencia de esa grieta, de esa ausencia de arrepentimiento, que va más allá de la familia y que se instala en el contexto. Lo que está en la génesis de la grieta familiar es una similar en la sociedad, que los militares responsables de las violaciones a los derechos humanos se empeñan en sostener. Cuando ya se ha dictado la sentencia del juicio, los condenados son llevados nuevamente al vehículo que los trasladará a la cárcel. Uno de ellos no se priva de gritarle a alguien en la multitud “Callate, negro puto” y otro, cuando alguien lo señala como asesino, comienza a gritar “Miranda es mi apellido”. Los militares, como la familia Slutzky, no admiten errores, no piden perdón, no ofrecen arrepentimiento. Sostienen el pasado inamovible, sin necesidad de revisión, afirmando tácitamente, que hicieron lo que sentían o pensaban en ese momento.

El paralelo entre el accionar de la familia y el de los militares es inquietante, aunque unos funcionan por omisión y otros por acción. Lo que es interesante es que ese paralelo implica la complementariedad entre ambas, lo que define el funcionamiento de la sociedad argentina durante la dictadura. A la muerte programada y ejecutada le sigue el silencio y la distancia. En ese punto operaba el miedo inoculado por el militarismo. La ausencia de reconocimiento de ese miedo (hay que ver que solamente Mariano se atreve a plantear el miedo de los otros a “quedar pegados” a las actividades de su padre) sostiene el silencio pergeñado por años, y que las reuniones con Daniel no terminan de quebrar. Hay, en ambos, una ausencia de lógica avasallante que la película presenta. Del lado de la familia, ninguno de los entrevistados consigue elaborar una explicación sobre sus formas de actuar ante la desaparición de uno de sus miembros: Daniel plantea en algún momento que él y su esposa quisieron cuidar a los sobrinos, que ellos prefirieron irse a Holanda, pero no dice por qué después de ese momento no hizo nada más por ellos. Del lado de los militares, es notable el hallazgo y la puesta en pantalla del entramado de informes burocráticos que revelan que Slutzky fue secuestrado aún a pesar del informe en el que se indica que no tenía, en 1977, actividades de militancia política o sindical. En todo caso, lo que inquieta de ambos es la construcción de las excusas que puedan justificar sus actos más allá de cualquier perspectiva lógica.

La materia de Disculpas por la demora es, como lo sugiere el título, el paso del tiempo. El tiempo en que la familia dejó de serlo. El que los militares permanecieron libres, sin juicios ni condena. Y el de la justicia entendida como un elemento más dinámico que la verdad, como señala el juez Rozanski. Y a su vez, el tiempo de la justicia ligado al desarrollo de un proceso social, antes que a una decisión política, que en todo caso lo acompaña.Pero también es el tiempo en que Mariano estuvo distanciado de la historia de su padre. Su regreso a la Argentina es también para reencontrar esa figura que solo conserva de los años felices compartidos entre las dos detenciones, de las cartas irónicas enviadas desde la prisión. Lo que recupera Mariano es la historia de su padre a través de otras voces y otros textos. El legajo de la Conadep y el de la Policía de la Provincia reconstruyen el trayecto previo y posterior a su desaparición. La memoria de sus viejos compañeros de militancia hace lo mismo con su participación en Taco Ralo y su oposición a la lucha armada para combatir la violencia de la otra parte, pero también sus posibles últimos momentos en el centro clandestino de detención (y es otro hallazgo el relato de los recursos de supervivencia durante la tortura). Tal vez sea ese el mayor logro de Disculpas por la demora: el de superar la grieta familiar y concentrarse en el lazo que une a padre e hijo a pesar de la ausencia. Esa ausencia que se manifiesta en toda su intensidad en esa escena en que Mariano visita el lugar donde estuvo el centro clandestino, ese último lugar en el que estuvo su padre, y del cual no queda un solo vestigio de su existencia. No puede haber imagen más contundente que un hombre en un espacio vacío, buscando cualquier huella que recuerde la existencia de su padre.

Disculpas por la demora (Argentina/Israel, 2018). Dirección: Shlomo Slutzky y Daniel Burak. Guion: Malen Azzam, Daniel Burak, Shlomo Slutzky. Fotografía: Daniel Burak. Montaje: Marisa Montes, César Custodio, Andrés Tamborino. Duración: 96 minutos.