Tras la inauguración del DOC Buenos Aires, que contó con la proyección de Geografía humana, Claire Simon se presentó en la Alianza Francesade Buenos Aires para dar su master class. La charla tuvo como motivo principal su obra coral acerca de una de las estaciones de trenes más conocida de París, conformada por la ficción Gare du Nord (homónima de la estación), el ya mencionado documental, y un documental web  fragmentario que la directora califica como “docu-ficción”. La dejamos hablar:
“Hay cinco estaciones terminales en París, pero sólo una lleva el nombre de “norte”. La gente siempre busca el norte. Parece un chiste, pero es real. La gente asume automáticamente que el norte es donde está el dinero. Es una estación muy conocida en París, y una de las razones es porque da miedo, tiene fama de ser peligrosa. Allí se cruzan todas las culturas y clases porque por allí pasa una gran variedad de transportes públicos que vienen de todas partes del continente. La estación fascina mucho a la gente de París y a mí también me fascinó, especialmente porque me gustan los lugares que parecen plazas públicas, que ya quedan pocas. Ahora las plazas públicas están llenas de autos, se volvieron estacionamientos. Ya no es lo mismo, por eso me gusta tanto encontrar un lugar que parezca una plaza pública.
Elegí pasar seis meses allí para encontrar material para un guión de ficción. Eramos cuatro en total. Me di cuenta de que el que escucha es quien maneja la conversación. Decidí ir de a cuatro para obtener toda la verdad y no manejar la conversación exclusivamente yo, porque así, involuntariamente, la podría llevar hacia donde quisiera, y no es el punto. Por eso después, en el documental, fuimos dos, con Simon Mérabet. No imaginé nunca hacer el documental hasta luego de haber terminado el guión de la ficción. Una vez que había empezado el casting para la ficción, comenzamos a filmar el documental. Lo que quiero decir es que el documental alimentó muy poco a la ficción en realidad.
Comenzamos a espiar y registrar conversaciones que teníamos con la gente o que la gente tenía entre sí. De allí armamos un largo texto que luego transformamos en diálogos y monólogos. En ese momento nos dimos cuenta de que hacer sólo una ficción no funcionaba, porque la realidad era demasiado amplia. Cuando uno transcribe todo el texto se da cuenta de que en cuatro líneas de diálogo ya hay una historia. Entonces se me ocurrió hacer una obra de teatro basada en los diálogos de la estación, con cuatro personajes principales ficticios, obra que al final no conseguimos hacer. Mi proyecto de teatro era trabajar en el montaje de todos los textos que había recolectado para llegar a representar la estación. No eran textos del documental, sino diálogos de la gente, diálogos robados.
En mi película, cada personaje de la ficción oye su propia historia al escuchar al resto de los transeúntes de la estación. Y así se va construyendo su camino. La gente se construye según su relación con la demás gente. Hay un personaje, una mujer, que sufre una grave enfermedad y en su casa es abusada por su marido. En la estación ella tiene su único momento feliz. Allí, ella puede tener acceso a todas las vidas posibles.
La película es un tejido entre palabras que oí y palabras que escribí. Las palabras las considero como archivo, como parte de la vida de la gente que las dijo. Adoro los diálogos casuales de la gente porque, a diferencia de los escritos, no tienen ninguna carga adicional de sentido. Además, los diálogos casuales dejan escapar pequeños tics o actos fallidos, en la forma o la duración de las palabras, que me resultan deliciosos.
Cuando se hace un documental, se elige todo. ¿Se está en la realidad? Lo que uno filma termina siendo muy trivial. Pero cuando se entra en la sala de montaje, las imágenes terminan cobrando un sentido que no tenían dentro de la realidad. Y lo mismo pasa con los diálogos. Cuando hice el guión de ficción, esos diálogos iban a ser dichos por actores y no por quienes los dijeron. Se iba a volver una ficción pura. Entonces decidí hacer, además de la ficción, el documental. Necesitaba enfrentarme a la gente con la cámara y dejarlos hablar, para poder captar los momentos justos. La dimensión fantástica es una forma de consuelo.
El documental web vino después. Yo me decía que podía ser un objeto donde podría hacer una especie de docu-ficción. Fabriqué un proyecto que pudimos financiar y producir muy bien. Al principio iba a ser un documental sobre la estación según tres zonas horarias (mañana, tarde y noche) en cuatro o cinco locaciones distintas dentro de ella. Terminó siendo algo más aleatorio. Lo que más me gusta del web doc es su aspecto fragmentario. Los web-designers con los que trabajé querían que tuviera un orden de algún tipo, pero yo luché para que no lo tuviera. Quería que su orden fuera designado por  la casualidad más grande.
Este proyecto es la experiencia de la multitud, es algo necesario de llevar adelante. Creo, además, que la estación es una analogía perfecta del mundo de Internet. Lo que me gusta de lo fragmentario es que su forma va en contra de lo cinematográfico, que siempre es un entero. Esto no tiene estructura. El formato web permite esto. Lo que hice también fue mezclar lo documental con imágenes de la ficción, y luego fui a filmar varias cosas específicas que me habían gustado, y entrelacé todo. Además, este proyecto sirvió para mostrar la xenofobia francesa. Es algo que hay que mostrar.
A Geografía humana, Gare du Nord y garedunord.net se la puede considerar una obra total, pero quería que el espectador eligiera qué parte mirar. Tengo la sensación de que las películas demasiado largas no funcionan porque muy pocos de los espectadores se someten a la experiencia completa. Yo no quería condicionar al espectador, sino dejar que elija y vea si le interesa. Pero todas las partes forman un todo, y son distintas propuestas.
En la ficción, el futuro está menos abierto que en el documental. Los personajes avanzan hacia un destino porque probablemente haya un fin, mientras que en el documental uno nunca está seguro de que haya un fin. Acabo de pensar en todo esto, de hecho. Parte del proyecto de ficción era que todo pareciera casual, aunque estuviera todo escrito. Todos los personajes, aunque no lo parezca, van hacia un final. Y ese final probablemente tenga algo que ver con la muerte. Los cuatro personajes que creé tienen un propósito, buscan algo y, mientras lo busquen, no se pueden ir de allí.
No tengo pensamiento dramático a priori en el documental. Sólo contaba con el hecho de que Simon era hijo de inmigrantes, como la mayoría de la gente de la estación. Es como un camino, y la historia se encuentra sola. Siempre está. Hasta las películas de los Luimiére, que duraban algunos segundos, había historias. Lo que nunca hago es pasar de una locación a otra bruscamente, sin mostrar el viaje. Siempre busco que se vea el viaje físico al lugar. Soy una fanática de la topografía, no puedo evitarlo. Kiarostami y Jean Renoir son directores que lo entendieron perfectamente, la cámara siempre acompaña de un lugar a otro.

En el documental, elegí llevar la cámara porque me gusta, porque me da libertad. Siempre fue un placer para mí. Me hace sentirme más cerca del equipo de filmación, y del cine mismo. Estar más adentro.”