Por Marcos Rodríguez

Una vez entré a un jardín, de Avi Mograbi. Esta posiblemente sea la película más sencilla de Avi Mograbi: no hay ironías ni complejos entramados entre vida pública y privada, no hay recursos de extrañamiento ni exploración de figuras políticas. Otra vez encontramos a Mograbi frente a su cámara, aunque ya no es el centro absoluto de esta nueva película/diario: lo vemos más viejo, a veces con bigote, con menos pelo, con brazos flacos y fláccidos, con la carne que le cuelga cansada de los huesos. Lo vemos más reposado, pero no porque los años lo hayan vuelto más conciliador.


Junto a Mograbi (frente a Mograbi, frente a su cámara, más en el centro de esta película) vemos a Alí, su amigo palestino, y a su hija Yasmin. Los dos amigos (viejos amigos; lo sabemos, lo intuimos por sus formas de hablar) se sientan a conversar: sobre sus pasados, sobre la película que quieren filmar juntos, sobre la historia. Son sus palabras (y los gestos más histriónicos de Alí) los que llevan adelante la película: recuerdos de un lejano (y mítico) pasado en el que las diferentes culturas y religiones convivían en paz en Medio Oriente (incluso sin que existieran los “regimenes democráticos”). Cada tanto ese diálogo infinito se ve interrumpido por la presencia de Yasmin: una figura de gran esperanza en la película, una nueva generación que puede hablar árabe y hebreo con fluidez. El registro documental de las conversaciones y planeamientos de rodaje se corta regularmente con fragmentos de una carta en francés, en la que una mujer le escribe al hombre que la acaba de dejar (al igual que al país) para regresar con su esposa e hijos; el lamento pasional y amoroso se convierte también en un lamento de amor por la ciudad (Beirut) que no se puede dejar y que con los años se convierte en una cárcel.


Esta posiblemente sea la película más reposada de Mograbi: no hay exaltaciones, no hay odios puntuales. Todo lo que las anteriores películas de Mograbi tenían de reflexivo en su forma se diluye en un gesto mucho más claro y por eso mucho más radical: la verdadera impugnación al conflicto de Medio Oriente y la política del estado israelí no es un panfleto partidario sino una acción mucho más simple y básica: dos amigos, un palestino y un israelí, se sientan a charlar como amigos.



Una vez entré a un jardín (Nichmasti pa’am lagaan, Israel / Francia / Suiza, 2012), de Avi Mograbi, 97′.


Gare du Nord, de Claire SimonGare du Nord es la parte ficcional de un proyecto amplio que Claire Simon tejió en torno a una de las principales estaciones de trenes (y subterráneos) de París: la Gare du Nord. El proyecto se completa con Geografía humana (presentada también en el DocBsAs, del cual fue película de apertura) y con garedurnord.net, una “docu-ficción”, según la definió la propia Simon en su charla.

Si bien Gare du Nord es la parte ficcional de las tres obras, son muchos los elementos que la unen al documental: no solo porque es evidente que muchas de las historias que se van contando en la película fueron recolectadas en entrevistas a gente que pasa o trabaja en la Gare (de hecho, uno de los personajes ficcionales principales funciona casi como excusa para que su trabajo como sociólogo nos permita explorar las historias de la gente del lugar), sino por el peso absoluto que se le da a la Gare. No importa si lo que vemos son actores que están repitiendo palabras que fueron escritas en papel para que ellos se las aprendieran, una y otra vez lo que vemos en esta película es esta estación de trenes enorme, llena de niveles, atravesada por multitudes, habitada por marginales, funcional y engañosa, llena de historias. Sobre ese registro de la estación (de la cual la película prácticamente no sale) se van elevando los andamios de la ficción: medio mentiras e historias fragmentadas que nos permiten ir un poco más allá del simple registro de una estación de trenes. En ese sentido, son fundamentales los dos o tres elementos fantásticos que Simon incluye en su ficción y que se pierden entre la multitud de momentos; la mentira nos permite acercarnos al verdadero sentido de la Gare.

Como construcción semi documental, Gare du Nord no tiene la fuerza unitaria de una obra de ficción pulida: es dispersa, descentrada, uno se puede perder por ella como se perdería por la Gare du Nord. Posiblemente ese sea su mayor mérito.

Gare du Nord (Francia / Canadá, 2013), de Claire Simon, 119′.