Por María Noel

El documental sobre Carriére o, mejor dicho, con Carrière, es un viaje a través de su memoria. Abre y cierra con él dibujando en la arena de una playa el rostro de Ganesha, la deidad hindú, encerrando de este modo a la narración dentro del tiempo cíclico de los relatos orientales. Por supuesto, nunca llega a terminar el dibujo porque el mar lo borra… y vuelta a empezar.
El itinerario de los recuerdos nos lleva de visita por las ciudades que fueran cruciales en su vida y, en ellas, a los sitios donde moran las imágenes del recuerdo. En Paris, adonde llega “un año antes de Hiroshima”, recuerda a Henri Langlois y a la cinemateca, y habla con emoción de Pierre Etaix, “quien me enseño todo”, ese maestro de la comedia cuyas películas fueron invisibles durante décadas por asuntos legales. También la cámara penetra en el teatro quemado que descubre Peter Brook cerca de la Gare du Nord habitado por un viejo granuja. Habla de las puestas que se hicieron allí y se refiere a ese teatro como el lugar adonde fue mas auténticamente feliz.
Toledo marca un hito fundamental en este decurso y especialmente  simpatica es la referencia a “la orden de Toledo” fundada en 1923 por Buñuel. Pertenecer a esa orden que era mas bien un absurdo desorden, implicaba una visita mensual con el unico fin de rendir culto a la belleza de la ciudad “a través del ritual de la embriaguez” y el de pasarse horas sentados en silencio frente a un único cuadro: el entierro del conde de Orgaz. En la taberna donde solian almorzar con Buñuel y Dali los vuelve a atender el mismo mozo que los atendía entonces.

Tal vez la escala que hace en Nueva York sea la más atractiva visualmente, si bien es aquella en la que encuentra menos rastros del pasado. Todo parece haber cambiado. Hasta que visitan a Mary Ellen Mark, que está trabajando en su estudio, y durante ese reencuentro de viejos amigos ella saca las fotografías de los ’60 (muchas de ellas fueron tomadas en el mítico Chelsea Hotel) y juntos recuerdan esos años hippies y felices en los que había que ser joven, dormir sobre prados de marihuana y vivir la vida del modo más diferente posible a como la vivían sus padres. Una pregunta cierra el capitulo : “Nueva York había lanzado al mundo un vasto grito de amor, y ¿qué pasó ahora?”.

El punto siguiente es la India. Carrière nos dice que cada persona entra en una ciudad con una llave y que esa llave dará la clave de una lectura. “Mi llave es el Mahabarata, el gran poema épico que contiene a toda la India”, al que le dedicó nueve años de trabajo junto a Peter Brook. Parte de este recorrido lo hacemos guiados por el fotógrafo Raghu Rai.
El viaje llega a su fin y nos encontramos en el interior de su casa.  Plano detalle y primerísimo primer plano para la intimidad del hogar. Carrière vuelve a nombrar a Buñuel y también a Brook. Como una confesión, abre las puertas de un mueble lleno de papeles que, según explica, son proyectos sin realizar. “El país de la imaginación es también el país de mis remordimientos, de aquello que no llegué a hacer…”, y otra vez la playa, el mar, el viento y el hombre que dibuja en la arena la imagen inconclusa de Ganesha que se lleva el agua.


Carrière, 250 metros (México, 2011), de Juan Carlos Rulfo, 88’.

Por Ignacio Izaguirre

La casa de la radio podría ser el trailer de una película sobre:

– una directora de programación que se enfrenta a los problemas cotidianos de su profesión

– una presentadora de noticias adorable que se ríe de que un hombre cuyo cadáver está partido en dos, pero murió por un balazo en la cabeza

 una locutora ciega

 un coro que se reúne en un estudio para cantar en la radio

– los desconocidos detalles del oficio de la radiofonía

 una ingeniera de sonido de unos sesenta años que graba con dedicación y cuidado a un locutor leyendo un cuento

  el funcionamiento de una emisora líder de la radiofonía francesa

 un documental de observación, contemplativo e hipnótico

  las caras de las personas cuando escuchan con atención
No es nada de esto. Es solo un enorme trailer de una hora y media de duración. Una película que se pasea por la generalidad rehusándose al detalle y al acercamiento. Ni siquiera cambia esa renuncia por una contemplación ascética. Es una colección de imágenes donde no hay nada que pida ser querido, nada para conocer. Transmite un mundo sin particularidades, donde todo es un poco más de lo mismo.
Durante más de noventa minutos Nicolas Philibert consigue no agregar absolutamente nada a lo que la lectura de la sinopsis nos puede haber dado. Ni siquiera una atmósfera propia. Incluso logra desarmar, sin provocar rechazo, el ensueño de la sala de cine a oscuras.

La casa de la radio (Francia, 2013), de Nicolas Philibert, 100’.