Atención: Se revelan importantes detalles del argumento.

I.- Fullerianas. Un perro blanco enorme y feroz, un pitbull o dogo o doberman, tanto da, ladra a la cámara en un amenazante primer plano. El perro está amarrado a la pared por una cadena que parece a punto de romperse, tironeada por la furia de la bestia. Fuerza bruta, cerebro ínfimo, raza salvaje creada por el hombre a fuerza de mixturas. Eugenesia canina de raíz nazi. Pero enseguida viene el corte y en los planos inmediatos vemos a un hombre pequeño que con cuidado extremo se acerca al perro, lo baña con una manguera y, persuadiéndolo con su extraña voz entre ronca y aniñada, logra acariciarlo y amansarlo, mientras un chihuahua lamentable ladra su histeria desde una jaula vecina. El rotundo comienzo de Dogman, como el de toda buena película, sintetiza en su secuencia inicial todo su contenido; violencia o persuasión, la felpa del cariño contra el mármol de la furia; dialéctica que remonta la historia del mundo en busca de una síntesis hasta ahora imposible. Dogman es un intento, otro más, de encontrarla.

Marcello es el hombre pequeño que doma a la fiera; su paciencia, su cautela y su amor se parecen a las de San Francisco amansando al lobo. Marcello es dueño de una guardería de perros en un barrio de monoblocks proletarios, que destacan por su marrón arratonado y su precaria construcción en decadencia, subsistiendo frente a un mar que no forma parte de la vida de sus habitantes. El barrio, aislado de todo contexto en el encuadre, parece surgido de la nada, albergando la pobreza y la marginación en medio de un territorio seco y desierto, barrido por el viento como en alguna película de Pasolini o en un spaghetti western. En todo caso, Garrone suma elementos del western para habilitar esta visión, el pueblo aislado, la tierra baldía, el viento; y los forajidos. El barrio sin nombre está dominado por Simone, una encarnación humana del perro salvaje, un ex boxeador enorme, primitivo y malvado, que somete a todos al despotismo de su fuerza. La relación que establece con Marcello es la que lleva adelante el juego dialéctico propuesto por la película. El bruto y el inocente; el hombre y su perro, siempre fiel a pesar de las humillaciones.

II.- Pasión de los débiles. Un malvado que somete a un pueblo al dominio de su fuerza, el local de juegos electrónicos que evoca al saloon; el bar o la canchita de fútbol en donde los vecinos se reúnen. Siempre que hay un malvado hay un cómplice, aunque sea obligado, como a menudo lo es Marcello, un perrito faldero que teme y admira a su amo. No hay otra ley que la del forajido, ni otra justicia que la prepotencia. Podría ser un western si no le faltara un elemento esencial: el héroe, el justiciero que viene de afuera a restituir el orden y restablecer, o crear, la ley; ni Shane el desconocido, ni Will Kane, ni Ringo Kid. Dogman no es el territorio del mito y los héroes legendarios, es en cambio una especie de western neorrealista, en el cual la justicia está condenada en ausencia. Es también una mirada política a la Italia del presente, con los sueños de prosperidad y justicia social de la posguerra en caída libre. Dogman es una película política aunque en ella no hay discurso político expreso, porque la desigualdad y la injusticia están implícitas en el micromundo que cobija a los Marcellos y Simones. Los males mayores se esconden detrás de la espalda de Simone; por eso la dimensión política se resume en el vínculo entre el gigante cruel y el pequeño humillado. Ni ley ni justicia. El seco recurso a la vindicta privada del western, o la astucia del enano ante el gigante feroz como en tantas leyendas medievales. David contra Goliat, Lilliput frente a Gulliver. Violencia  primitiva, anterior a la organización de los estados; esto es lo que encuentra Garrone en la Italia de Dogman; un grupo de nativos marginados viviendo a la orilla del mismo mar que les trae a otros humillados, navegantes en precario buscando la salvación en la hostil tierra prometida, huyendo de sus negras comarcas de violencia y hambre.

III.- Fuimos los sacrificados. En 1963 Mario Monicelli dirigió Los compañeros, crónica de las primeras luchas obreras contra las patronales en el siglo XIX. Esas luchas, las de la película, terminaban en derrota, pero el contexto del presente italiano a la fecha del estreno de la película, decía que aquella era solo una batalla, que la guerra había sido ganada y que la clase obrera no había ido al paraíso, pero había encontrado su lugar en el mundo.

Desde esa perspectiva el contraste con Dogman es brutal. Estos compañeros del siglo XXI viven con los restos de lo que fue su conciencia y su razón de ser en el mundo, los valores colectivos que fueron su bandera de clase subsisten marchitos en algún rincón de sus memorias. Su unión hace la fuerza necesaria apenas para contratar a un killer que les saque de encima su problema; intento fracasado, el pueblo sigue mirando con temor detrás de los visillos a la calle recorrida por el déspota. Marcello, en cambio, tiene una actitud dual frente a aquel. Le vende cocaína (su otro negocio que atiende en el mismo pet shop) y lo sigue, a veces obligado, otras fascinado, en su camino delictivo. Marcello cura heridas (la de Simone) o salva vidas (la del perrito frizado en la heladera de la casa robada), ama con devoción a su hijita con la que, cuando están juntos, planea excursiones por exóticos lugares submarinos, fascinantes mundos por debajo del nivel del mal. Cuando ama y atiende a los inocentes se asemeja a un santo, cuando se mezcla con los hombres, no solo con Simone, es uno más, más débil, más pequeño, más taimado luego.

IV.- Un proletario píccolo, píccolo. Marcello (el deslumbrante Marcello Fonte) es parte de una tradición lateral entre los actores del cine italiano, la de los hombres pequeños, casi enanos, de ojos saltones y nariz tan grande como su nuez de adán, con voces de timbre extraño y persuasivo. Frente a la pantalla esos hombres son dueños de una intensidad que trasciende a sus físicos y deslumbra a la cámara, que termina eligiéndolos aún frente a los prototipos de belleza y elegancia masculina que abundaron en el cine italiano. Ni Vittorio Gassman, ni Massimo Girotti, ni la discreta grandeza del otro Marcello (Mastroianni) podían frente a la desarticulada gestualidad del maestro Totó (si bien Totó era de estatura media), fundador de la estirpe, a la que pertenecen Renato Rascel; el gran Carlo Pisacane, desde Los desconocidos de siempre a La armada Brancaleone; Carlo Delle Piane, el alter ego de Pupi Avati en sus mejores películas; el poco conocido Ernesto Mahieux, protagonista de El embalsamador, del propio Garrone; e incluso Silvio Orlando, el más atildado y “normal” de todos ellos. Contrafiguras de lo bello, lejanos aún del prototipo del hombre común, estos hombrecitos recrean la tradición del bufón medieval, aquel a quien le estaba permitido decir al señor todo lo que cualquier otro súbdito no podía a riesgo de vida. Tradición enriquecida por los siglos, los saberes y las luchas, los hombrecitos son ahora ciudadanos, sin embargo su presencia y su mirada están desencuadradas de la normalidad; oscilando entre su deseo de ser un hombre cualquiera, y una apariencia extravagante que se los impide, desde sus miradas descubrimos otra realidad desvelada, cruda y sin artificios; ni mejor ni peor, una distinta que abarca la humana plenitud de los “normales”.

V.- Tema del traidor y del héroe. Así es Marcello, un hombrecito tironeado entre su inocencia y la atracción oscura por el poder del déspota. Cuando Simone decide robar la joyería vecina al pet shop de Marcello (con su técnica de Rififí tosco y despreocupado), debe elegir entre la delación y el silencio. Marcello calla y va a la cárcel; una gran elipsis nos ahorra su calvario y lo reencuentra en libertad, otra vez en el barrio, despreciado por todos, ángel caído y vuelto demonio del ardid y la sutileza. La venganza será terrible, el hombrecito libra al barrio de su tirano a pura astucia y crueldad aprendida. El cadáver del bruto debería otorgarle el poder, el de recuperar la amistad de sus paisanos, tal vez el de ser un pequeño ciudadano ilustre del lugar. Nada de eso, la figura diminuta con el bulto a cuesta es mostrada por Garrone en planos, contraplanos, travellings y panorámicas breves, de una soledad implacable, cerca del mar invernal, junto a los alambrados de la cancha de fútbol, frente a las torres silenciosas a donde se han retirado los hombres, que seguirán por siempre desdeñando a Marcello.

El juego dialéctico del principio desemboca en esta amarga síntesis: no hay ganadores en la lucha entre el amo y el esclavo, al menos mientras éste emprenda solo la pelea.

Todos los hombres, de a uno, son pequeños.

Calificación: 8/10

Dogman (Italia/Francia, 2018). Dirección: Matteo Garrone. Guion: Matteo Garrone, Ugo Chiti, Massimo Gaudioso, Marco Perfetti, Damiano D’Innocenzo, Fabio D’Innocenzo, Giulio Troli. Fotografía: Nicolai Brüel. Edición: Marco Spoletini. Elenco: Marcello Fonte, Edoardo Pesce, Nunzia Schiano, Adamo Dionisi. Duración: 103 minutos.