Atención: se revelan detalles de la trama.

La semana pasada Radar acompañó su artículo sobre la nueva película de Pedro Almodóvar con una foto de su protagonista, Salvador Mallo, interpretado por Antonio Banderas. En la foto se veía al protagonista frente a un cuadro de un nene leyendo (un nene que era, sin mucho esfuerzo interpretativo, el protagonista en su infancia). Lo que me llamó la atención de la foto no fue tanto el look de Banderas (tan parecido a Almodóvar), ni la metáfora de la infancia representada en un viejo cuadro, sino el gesto de Banderas, quien no miraba hacia delante (o hacia atrás, o hacia su pasado, mejor dicho), sino hacia abajo. Es decir, que no podía mirarse.

Es eso lo que precisamente parece querer evitar Almodóvar en su última película. Están sus temas de siempre (la maternidad, la religión, el deseo, el amor, las enfermedades y el duelo), pero no están en el marco del melodrama al que nos tiene habituados, sino inscriptos en ese gesto, el de dejar de esquivar la mirada hacia el cuadro.

Salvador Mallo es un otrora exitoso director de cine que, aquejado por dolores físicos y no tan físicos, se encuentra bloqueado, inmovilizado, enredado. Le cuesta dormir, caminar y hasta tragar alimento. Ni siquiera puede apoyarse en el piso, demasiado doloroso para sus frágiles rodillas (esas mismas que debieron apoyarse en el suelo tantas veces al cumplir las sacristías de la salvación, a las que su madre lo expuso a lo largo de toda su infancia). Salvador necesita asistencia, almohadones y, repentinamente, heroína. En esas condiciones, se dice a sí, no puede filmar. Al contrario de su transcurrir mayormente gris, su casa está llena de colores (esos mismos a los que Almodóvar también nos tiene habituados). Pero no solamente. De lo que más está llena la casa de Salvador es de pinturas. No hay tantos posters y afiches de películas, como podríamos esperar de un director, sino pinturas. Las mismas que parecen fundirse y mezclarse en el fondo de los títulos iniciales del film.

Es esto lo que llama la atención de un ex amor (Federico, interpretado por Leonardo Sbaraglia) en una de las escenas más hermosas de la película, en donde hay reencuentro y no melodrama después del «abrazo roto». “Parece un museo”, le dice al observar las paredes pictóricas de la casa. Esta voz (incluso con sus limitaciones, puesto que se trata de un ex adicto que en su momento no pudo cuidar de sí ni del vínculo con el ser amado) es la que ayuda a Salvador a desanudarse. La voz de Federico es el tono opuesto al de la de su madre (una madre que, interpretada por Penélope Cruz y por Julieta Serrano, muestra bastante más que otras madres de Almodóvar). Porque ella es quien, además de cuidarlo y amarlo, lo estigmatiza con sutileza, lo recluye en un seminario donde los curas se las arreglan para bloquear su precoz curiosidad intelectual (¡sin mencionar la reclusión previa en una casa que es al mismo tiempo una especie de cueva confesional!), le reprime su primer deseo, y le recrimina su éxito. Este «todo sobre mi madre» es ambiguo, como era de esperar. Por momentos la represión que ejerce esa madre es intencional, en otros no tanto. En todo caso, lo cierto es que frente a ella, Salvador siempre estará en falta y será culpable. Como le recuerda cuando es anciana, nunca podrá desenredar el rosario. Son otros estímulos los que permitirán que Salvador vuelva a filmar.

Un poco por azar, otro poco por decisión, llega a las manos del protagonista aquel cuadro al cual el resto de sus cuadros estaban orientados. Es aquel que estaba, precisamente, en la foto del artículo de Radar: un retrato de sí que un albañil le había hecho en su infancia. Ese mismo albañil a quien Salvador enseñó a escribir y estimuló intelectualmente. Ese albañil que colocó azulejos (claro, de colores) en la cocina de su casa, subvirtiendo el blanco de la cueva confesional. Ese albañil que despertó, en fin, su sexualidad. Tras cincuenta años, y a pesar de las represiones y de los mandatos maternos y divinos (inscriptos en su propio nombre), Salvador logra encontrarse con ese cuadro y con ese primer color del deseo. Lo mira de frente y así logra volver a filmar, aunque lo haga con dolores físicos y dolores no tan físicos, y aunque seguramente por momentos deba dejar la casa en oscuridad para apaciguar sus migrañas y recordar la cueva confesional. Porque tanto el «todo sobre su madre» como «la ley del deseo» son, desde luego, ambiguos. Pero lo que importa, como dice Salvador -que es y no es Almodóvar, ¿acaso interesa tanto?-, es que “el mensaje llegó al destinatario”. O bien, que el destinatario decidió mirar.

Calificación: 8.5/10

Dolor y gloria (España, 2019). Guion y dirección: Pedro Almodóvar. Fotografía: José Luis Alcaine. Montaje: Teresa Font. Elenco: Antonio Banderas, Penélope Cruz, Leonardo Sbaraglia, Asier Etxeandia, Julieta Serrano, Nora Navas. Duración: 113 minutos.