* La primera escena de ¿Dónde estás Bernadette? podría formar parte de eso que Bernadette Fox (Cate Blanchett) menciona como “la banalidad de la vida”. Bee (Emma Nelson), su hija, le plantea a ella y a su padre Elgie (Billy Crudup) que quiere como regalo de graduación un viaje familiar a la Antártida. Esa situación que podría derivar en el absurdo (piensen en esto: se trata de una adolescente de Seattle que quiere conocer la Antártida), la posterior y entreverada respuesta de los padres (que implica una aceptación que viene más de una conclusión de la hija que de lo explícito) enrarecen la percepción del sistema familiar. Retrospectivamente, hay allí algo extraño, que parece estar avisando, aunque de manera algo encriptada, o disimulada, respecto de un funcionamiento algo dislocado. Padre y madre esperan del otro una respuesta negativa basada en sus propios lugares comunes (la adicción al trabajo de uno; el carácter antisocial de la otra) que no se produce, lo cual deriva en el viaje como una promesa establecida. Pero más que ello, aparece el matrimonio como una forma en la que el contenido parece resolverse entre lo predecible, lo esperable y una realidad que se corre un poco de ese lugar. Es, en definitiva, una de las escasas escenas en las que el triángulo familiar se muestra completo hasta el final. Lo que se muestra en el lapso de esos cinco meses que van desde la promesa del viaje a la concreción anticipada y accidentada es la puesta en escena de lo que aquella situación inicial anticipa en un segundo plano: que esa normalidad familiar, esa comunión, era más una isla en medio del océano que un continente con bases firmes.

* También esa situación en la que se evita la caída en el absurdo es un aviso de cómo operará Linklater sobre la historia. Hay un evidente coqueteo con la estructura tradicional de la comedia, especialmente cuando es el personaje de Bernadette el que ocupa el centro de la escena. Pienso en la relación con Audrey (Kristen Wiig), su vecina, establecida como una guerra de posturas opuestas que abarcan desde la concepción del espacio que se habita hasta la relación que entablan con la escuela a la que concurren los hijos de ambas. Pienso en la escena de la farmacia, cuando Bernadette va a buscar el medicamento que supuestamente le permitirá sobrevivir a los mareos del barco, y que resulta ser un derivado de una droga utilizada por los soviéticos en sesiones de tortura. O en la aparición inesperada del agente del FBI en la estructura familiar. Pero esas disrupciones que hacen irrumpir el absurdo conviven con el intento en paralelo de salirse una y otra vez de esos compartimentos genéricos de la comedia. La sensación es como si se estuviera aplicando un freno a cualquier desbocamiento posible de una situación que parece llevar indefectiblemente por ese camino. Por ejemplo, cuando se produce el deslizamiento de tierra que termina con la casa de Audrey inundada de lodo. Pero allí donde la lógica indicaba apretar el acelerador, Linklater se detiene, hace que Bernadette se desprenda del rencor y el desprecio previo a la vecina y que la estructura se vuelva más compleja, porque esa pelea que es de dos, de pronto se hace de tres y es Bee la que la cierra con su intervención. Allí ya no hay absurdo posible, sino un contraste que reintroduce el enfrentamiento entre las dos mujeres como una escalada que no puede admitir ya, ni el atisbo de una sonrisa. Y porque lo que le interesa a Linklater no es la pelea, sino la forma en que se resuelven los conflictos.

* El mecanismo de contraste se repite una y otra vez, como una forma de reforzar la idea de que hay allí, en esa historia, en esos personajes, algo que está permanentemente desencajado. El desajuste se expone con crudeza en el personaje central y su entorno, en la distancia entre Bernadette y el mundo que la rodea. Una distancia que se expone como una especie de fobia al contacto –la escena en la Biblioteca refuerza esa idea- pero que en verdad está marcada por la imposibilidad del personaje de encontrar contención en el espacio que habita. No es solo esa Seattle que desprecia, arquitectónicamente hablando, y que, como sabremos luego, la idea de ir a vivir allí es el resultado de la combinación entre un fracaso personal y el trabajo de Elgie. Es también esa casa extraña que en partes luce impecable y en otros parece a punto de derrumbarse o de ser invadida por el exterior (las plantas de mora que se meten por debajo de las alfombras, por caso) Lo interesante es que ese desacople no está explicitado desde el comienzo. La información sobre los personajes se dosifica, va apareciendo de a poco, como si la propia crisis que se desata a partir de Bernadette quisiera establecer las coordenadas previas que llevaron hasta esa situación. En ese sentido, el punto central de la película es ese contrapunto de diálogos que se desarrollan en paralelo y que ofrecen las visiones de Bernadette y Elgie sobre esos tiempos previos; versiones que parecen contrapuestas pero que es necesario ver como complementarias. Elgie y la Dra.Kurtz (Judy Greer) –otro personaje extraño en tanto también se vislumbra un desencaje entre sus técnicas psicológicas y la realidad familiar-, por un lado, y Bernadette con su colega y amigo Paul Jellinek (Laurence Fishburne), por el otro, no solamente narran los episodios centrales de los años compartidos. En ambos se encuentra la disociación y el alejamiento de dos personas con un pasado –y un presente, aunque parezcan minimizarlo- en común. No solo desde la perspectiva en que asumen los hechos narrados: basta contrastar la forma casi susurrada del relato de Elgie, plagado de pausas y silencios, con la forma torrentosa en que Bernadette despliega un discurso incontenible como para comprender ese desajuste. Lo notable es cómo se señala, desde una perspectiva social tradicional, que el problema está a un solo lado. Ante esa perspectiva en la que el desequilibrio solo reside en Bernadette, el contrapunto que ofrece el diálogo no solamente le da voz al personaje, sino que pone a Elgie en un pie de igualdad. ¿O acaso no es posible verlo como una especie de zombie –vean su manera de caminar, su forma de relacionarse con el entorno- que deambula entre el trabajo y la casa, apenas disimulando sus evidentes características de workaholic?

* En todo caso, lo interesante es que el proceso que lleva adelante Bernadette es el de un despojamiento del cual la visión de la casa es solo un indicio posible. En la consecución del relato, mientras aparecen esos detalles del pasado, lo que surge es la manera en que pasó de la fama al ostracismo por decisión propia: de ser la arquitecta más brillante de su generación a ser una mujer encerrada en una casa en Seattle, alejada de su mundo creativo, como una marca de desposeimiento. Lo primero que pierde el personaje es su apellido como seña de identificación social: ahora es solo su nombre indiferenciado de otros similares. La propensión a esconderse físicamente (tanto en la escena de la Biblioteca como en la de la farmacia) es una manifestación de ese proceso, pero también la revelación de que a su pesar, su identidad aún pervive en el registro de los otros (la chica que la reconoce, el farmacéutico que le dice su nombre). En ese proceso de disolución de la identidad del personaje, encuentra en la tecnología un aliado esencial (y no es casual: Elgie, que trabaja diseñando programas para Microsoft también está perdiendo, a su manera, su identidad) pero por sobre todo su consumación. Lo que parece no más que la consecuencia de un comportamiento anti-social, funciona como un espejo en el cual se refleja involuntariamente Bernadette. Es@ “Majoula” con quien se comunica por mensajes telefónicos y que desde la India le provee de todo lo que necesita, es también una identidad diluída. Como identidad, su reconstrucción se funda en quien está del otro lado (no está de más recordar que Bernadette está convencida que se trata de una mujer aunque no tiene ninguna referencia que la avale). Es esa misma relación la que lleva a Bernadette a la disolución definitiva de su identidad, apropiada por ese otro que no la tiene (y si se piensa un poco, el proceso se repite en la vecina Audrey, cuya identidad termina disuelta en su rol relacionado con el colegio al que va su hijo). El viaje a la Antártida no implica por sí solo la recuperación de esa identidad: hay que pensar que la decisión de irse sola forma parte de un nuevo escape, de otro intento de “perderse” en el mundo (la escena inicial con el kayak que se desvía del grupo lo afirma notablemente). En todo caso, es el eslabón final de una cadena de actos en los cuales el escape de la casa y el refugio momentáneo en el lugar menos esperado (la casa de su vecina) resulta un punto crucial en la articulación entre el retorno del pasado (el video sobre la casa que no pudo terminar de construir y que deja de ver en un momento; la conversación con Jellinek) y el impulso de la fuga hacia adelante. En ambos puntos, lo esencial es la comprensión de que solo puede recobrar su identidad mediante la relación con el otro. Con esos otros que parecen tan distintos y a fin de cuentas no lo son: Audrey (la enumeración de lo que le esperaría a cada una si cambiaran sus lugares revela ese acercamiento), Becky (Troian Belisario), la investigadora que le pide ayuda cuando toma las muestras del mar, o ese hombre que escapó a la Antártida y con el que Bernadette termina arreglando una máquina, son como ella, personas que escapan de un mundo y de una identidad construida para tratar de forjar una nueva.

* En ese entramado de relaciones, la más fuerte, la que sostiene toda la película es el vínculo entre Bernadette y su hija Bee. Esa relación también se revela de manera fragmentaria, pero se intuye en la escena en el auto, cuando ambas cantan “Time after time” (con ese estribillo que dice “Si estás perdido, puedes buscar y me encontrarás/una y otra vez/si te caes, te atraparé, estaré esperando/una y otra vez” y que define de manera precisa la relación entre ambas) y a eso sigue el llanto de Bernadette que en ese momento no se puede explicar (lo mismo ocurre cuando Bee le dice que no vaya a la escuela cuando toque en un acto escolar porque “puedes morir de ternura”). Es en esos diálogos paralelos mencionados anteriormente que se revela la profundidad de esa relación: allí también hubo un proceso de disolución de la personalidad de Bernadette para dedicarse a la posibilidad de que esa niña, que nació con graves problemas, pudiera sobrevivir y crecer. El vínculo entre ambas se invierte ahora. En un principio fue la madre la que la trajo a la vida, la que la sostuvo de este lado del mundo. Esa complementariedad que se vislumbra en el hecho de que Bee sea quien continúe viendo el video que su madre dejó de lado, se transforma luego en fuerza motora que impulsa a la hija a seguir el camino para reencontrar a su madre. Y es allí donde se revela como en otras películas de Linklater que es el mundo de los niños el que permite la recuperación de esos adultos que parecen estar perdidos. Es así en Escuela de rock, donde el músico que deambula de fracaso en fracaso encuentra su lugar en el mundo, de manera inesperada, como profesor y líder de una banda de rock compartida con sus alumnos adolescentes. Pero también en Bad News Bears en la que el entrenador borracho y provocador se resarce gracias al equipo infantil de béisbol (y no parece casual que en ellas, como aquí, Linklater parezca revolver en los elementos remanidos, usados y abusados de lo genérico para sacar de allí lo que realmente interesa). En este territorio de comedia enrarecido, Bernadette recupera la identidad por su hija (“Nunca haría nada que la aleje de mí”, dice Bee a su padre, para justificar el viaje a la Antártida para buscarla y estableciendo ese hilo que las une de manera indisoluble), que es quien, al fin de cuentas, nos relata esa historia. La de su madre, pero sobre todo la de la mujer que volvió a ser, un día y en el Polo Sur, ya no solo Bernadette, sino Bernadette Fox.

Calificación: 7/10

¿Dónde estás, Bernadette? (Where’d You Go, Bernadette, Estados Unidos, 2019). Dirección: Richard Linklater. Guion: Richard Linklater, Holly Gent, Vincent Palmo Jr, Maria Sample. Fotografía: Shane F. Kelly. Montaje: Sandra Adair. Elenco: Cate Blanchett, Kristin Wiig, Billy Cudrup, bee Branch, Judy Greer, Laurence Fishburne. Duración: 109 minutos.