La nueva serie de Netflix -última adaptación de Drácula a la pantalla-, no lo logra. No logra ser actual, no logra ser moderna aún habiéndolo intentado.

Creada por Mark Gattis y Steven Moffat (mismos creadores de la muy querida Sherlock), esta libre adaptación de la novela de Bram Stoker, se esforzó en traer a nuestros días al sangriento y siempre muy educado Conde Drácula, pero sólo logró llevarlo a un presente cómodo, inofensivo y chato. Un presente de conquistas feministas transformadas en reglas vacías (“la mujer debe ser fuerte o no será una mujer feminista”). Intenta apoyarse en lo culturalmente aceptado, aquello que hoy es lo “correcto”, pero no mira por donde camina porque pisa mal, y se llena el pie de un barro cargado de estereotipos huecos y forzados, puestos porque tienen que estar. Un barro que irá dejando su rastro de propuestas superficiales y situaciones que rozan lo tonto, a lo largo de los tres capítulos que dura esta primera temporada.

Desde el primer capítulo nos presentan a los dos pilares de la historia: el Conde Drácula, y su perseguidora, la hermana Agatha Van Helsing. A lo largo de la temporada, la relación entre ambos irá transformándose, haciéndose cada vez más cercana, hasta llegar a una obsesión del uno con el otro. En este primer capítulo, todo parece prometedor. El señor Jonathan Harker, que se encuentra en un estado casi de descomposición, es interrogado por dos monjas en la habitación de un convento. Así, a través del recuerdo borroso y confuso de un hombre moribundo, conoceremos, al mismo tiempo que las monjas, la figura del maquiavélico Drácula. De cómo engañó y encerró en su castillo al señor Jonathan y de cómo, con el paso de los días, el conde luciría cada vez más joven, mientras que el cuerpo del pobre Jonathan se pudría lentamente.

El cuerpo en putrefacción del señor Harker, las monjas interrogadoras, el conocer a Drácula por medio de un recuerdo, todos los elementos eran fuertes y seductores, pero nada tan seductor como una de las primeras preguntas de la monja Agatha: ¿Tuvo usted relaciones sexuales con el Conde Drácula?

El personaje de Drácula, y el vampiro en sí, ha tenido siempre una fuerte connotación sexual. Desde el simple hecho de la mordida en el cuello, una zona erógena de nuestro cuerpo. Piénselo un poco: Drácula anda por ahí mordisqueando cuellos, ¿cómo eso no puede ser algo sexual? Incluso, la consecuencia de la misma mordida, cuando la víctima pasa a ser un sirviente de quien le ha mordido. Sirviente… sexo…¿qué se les viene a la mente?

Esta carga sexual puede ser tomada o dejada totalmente de lado por quien cuente la historia. Y en esta versión, lamentablemente, fueron por lo segundo. Aquella primera pregunta de la monja Agatha fue solo una pista falsa, una pantalla engañosa y prometedora de una serie que se animaría quizás a hablar sobre el sexo en 1897, sobre aquellas cosas verdaderamente prohibidas y tapadas, verdaderamente castigadas y señaladas, que toman la metáfora de un vampiro mordedor de cuellos pero que en realidad nos está hablando de un deseo carnal y sexual que intentaba ser negado en aquella época y hasta en nuestro presente.

Pues luego de esta pregunta engañosa, la serie empezó a mostrar su verdadera cara. O en otras palabras, mostró cuál sería su intento, y cuál sería su fracaso o por lo menos su falta de gracia. La monja Agatha hace ruido durante todos los capítulos. Ruido a algo desafinado. Como si en una banda de jazz tuvieras una trompeta tocando en otra tonalidad. La notarías, se destacaría del resto por lo molesta y desubicada.

La monja Agatha no es molesta por ser ella como es, es molesta por ser como es en esta historia. Fuerte, valiente, independiente, astuta, sabia… genial, una re grosa. Todo esto sucede en 1897. Y no estoy diciendo que en ese año no hubiera mujeres como Agatha, lo que trato de decir es que si eran como Agatha, claramente no estarían vivas. Ella habla del matrimonio y de la relación con dios con conceptos tomados, conquistados y apropiados por el feminismo en nuestro presente (y aún no del todo). Lo que estoy diciendo, es que la monja Agatha es un personaje tan actual como la grosa de Peggy Olson (Mad Men), pero ubicada en 1897. Lo que quiero decir es que tomaron aquello que hoy “debe ser”, y lo pusieron a la fuerza. Agatha es valiente, es independiente, es astuta, sabia, pero también vacía, sin sentido y exagerada. Sobra por completo al mundo en el que la ubicaron.

Drácula intenta ser actual, pero se queda con la superficie de lo actual, se queda con lo cómodo de lo actual. Porque lo único que hay de actual, son los comentarios totalmente fuera de tono de la monja, pero no se atreve a ir más allá. No se atrevieron a la verdadera pregunta:  «¿Tuvo usted relaciones sexuales con el Conde Drácula?»

Dracula (Reino Unido; 2020). Dirección: Jonny Campbell, Paul McGuigan, Damon Thomas. Guion: Mark Gatiss, Steven Moffat. Fotografía: Tony Slater Ling, Julian Court. Edición: Colin Fair, Tom Hemmings, Paulo Pandolpho. Elenco: laes Bang, Dolly Wells, Morfydd Clark.
Disponible en Netflix.