Por Paola Menéndez

Debe haber sido amor.Película esperada por fans de todas las edades aunque especialmente apreciada por grandulones nostálgicos dispuestos al lagrimón.
El argumento se define en dos o tres líneas: la película se sitúa después de que Goku derrota a Majin Boo y  antes del torneo de las artes marciales, momento en el que finaliza Dragon Ball Z. En un plano que se abre, en algún lugar de los doce universos, el dios de la destrucción, Bills -villano chato si lo hay- despierta exaltado después de años de sopor. En sus sueños, ha recibido la visión de que se enfrentaría a un adversario digno de su poder: el súper Dios Saiyajin que constituye un preludio esperable de lo que acontecerá después.
Es preciso reconocer que la película cumple con el anhelo de revisitar aquellos personajes favoritos del público -los llamados Guerreros Z- aunque no se permita dar lugar a lucimientos de casi ninguno de ellos. La comicidad está basada en una serie de gags  y lugares comunes característicos del animé. Esto implica que todo aquel que no esté habituado a este tipo de humor se vea excluido o sencillamente no le parezca divertido. Tampoco comprenderá demasiado aquel que no haya prestado atención a ciertas consistencias de la serie que se ven retomadas en la película. A modo de ejemplo, vale el instante en que Vegeta supera brevemente a Goku  -cuando el dios golpea a Bulma- pero finalmente termina quedando subsumido a éste.

Un atractivo para los fanáticos es que introduce un nuevo estado Saiyajin que supera al SS4. Sin embargo, el medio por el cual se alcanza esta transformación, resulta demasiado absurdo. Goku logra ratificar aquello que estaba implícito durante los últimos ovas de la serie; esto es, su carácter divino, condición que nace de una comunión colectiva enmarcada por el misterio. La explicación que ofrece Shen Long para convertirse en deidad sólo resulta apreciable si es tomado como dogma o misterio. Parafraseando al misterio de la Santísima Trinidad, si se nos permite la hipérbole, se leería el siguiente misterio de la Fe: Un Dios Saiyajin en cinco personas diferentes. En contraposición, su alter ego está presentado muy por fuera de las ligas del poder de Goku & Cía, por lo que esta transformación es la quintaesencia de la película.


El nuevo dios súper saiyajin es puro disfrute visual, nunca argumental. Las secuencias de pelea, según las nuevas técnicas japonesas de blend entre  animación 2D y 3D, están excelentemente logradas. La batalla está compuesta fundamentalmente por tomas marciales, más que poderes especiales desarrollados a partir de esta nueva condición divina.
Por otro lado, es preciso destacar que la película no es considerada canon o núcleo narrativo principal de los ovas, con lo cual se puede permitir ciertas licencias. Ese es el caso de la manera brusca con la que el dios de la destrucción es insertado en la historia, y del interrogante sobre la razón por la que Shen Long lo reconoce como la criatura más poderosa e incluso le manifiesta temor.
El final -la aclaración sobre el poder de Wiss y su carácter de mentor de Bills- deja la puerta abierta para una serie de películas futuras con la misma estructura narrativa, o nuevos ovas dependientes de esta tangente argumental.
No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió, canta Sabina, quien probablemente no verá Dragon Ball Z, pero seguramente nos acompañará en el sentimiento.
Dragon Ball Z: La batalla de los dioses (Japón, 2012), de Masahiro Hosoda, 85’.