Dumbo: ¿Dónde está mi elefante?, por Gerardo Martínez

1. Había una vez un circo.

Dumbo, la de 1941, comienza con una secuencia relativamente larga (esto, en relación con el metraje total de apenas una hora y cuatro minutos) en la que cigüeñas entregan los respectivos bebés a cada uno de los animales de un circo. Desde el vamos, se entiende que nos adentramos en las lógicas narrativas de la fábula y del cuento maravilloso. La cigüeña que nos importa llega un poco retrasada y unos días después le lleva su bebé a la Señora Jumbo. Ese bebé se llamará primero Jumbo jr. y luego, con cierta crueldad, Dumbo, un juego de palabras con la palabra “dumb” (“bobo”).

En la nueva versión 2019 de Tim Burton, las cigüeñas aparecen también, de forma fugaz pero intensa: la Señora Jumbo está encarcelada por arrebatarse al defender a su bebé agredido y las cigüeñas pasan volando, contrastadamente libres, por fuera del carro-jaula donde ella se encuentra. Todas se alejan salvo una, que se detiene frente a la ventana por donde la elefanta mira. Y se miran una a la otra. La escena tiene fuerza, algo dice sin decir nada. Luego, el pájaro continúa su vuelo.

Aunque digitales, estos animales son más “realistas”, lo que nos aleja un poco de la fábula y nos coloca en un lugar más intermedio, posiblemente más onírico, pero también más ambivalente.

El tema de la opresión en general y al “diferente” en particular, la explotación y el abuso, humano y corporativo está ahí, sugerido, como en la escena silenciosa, pero la película, cuando “dice” se vuelve contradictoria, o más bien, sobrevuela los temas sin terminar de hacerse cargo de ellos. He ahí la ambivalencia. Y las posibles respuestas, en general, tienden a escaparse vía sentimentalismo. Y claro, es Dumbo, ¿quién puede pensar en alguna película más sentimental que esta?

2. La cabalgata del circo.

El sentimentalismo de Dumbo siempre, desde el vamos, tuvo un origen comercial. El deber del paquidermo ficticio (como el patito feo que es) era el de -nada menos- que salvar a la compañía: Pinocho y sobre todo Fantasía estaban dando unas pérdidas impresionantes y Bambi, en producción, no ayudaba. Dumbo se pensó como una película pequeña y barata, acuarelas y diseños rápidos, sin aspiraciones artísticas demasiado elevadas (a diferencia de las anteriores) y solo hecha con el fin de hacer que la plata entre. Estamos hablando de un contexto de huelgas y malestar general dentro del estudio. Ya trabajar por amor al arte no era una posibilidad viable (situación reflejada en la versión Burton). Dumbo nació tierno pero feúcho y, básicamente, para volar.

Desde ese momento, Walter Elías Disney, quiso más que a nadie (¿más que a su magnus opus, Fantasía?) al elefantito y sus logros. También despertó esa tensión que hace a la identidad de su empresa aún hoy: el costado técnico-artístico y su aspecto comercial, donde nunca terminan de decidirse internamente cuál de las dos es la que tira más. Estas remakes nacen en ese “hemisferio”, no caben dudas, pero no hay que olvidar que a Dumbo lo trajo la misma misma cigüeña.

Ese conflicto no es solo de la empresa y no fue solo de su fundador, sino que también parece compartirlo el propio Tim Burton. Basta comparar su filmografía en general, sobre todo sus primeras películas con las más recientes, para notarlo. Ciertos guiños del guion parecen, igualmente, dar a entender que la primera opción debió haber sido otra: los dos niños (Nico Parker y Finley Hobbins) que reemplazan al ratón Timoteo como guías del elefantito, recuerdan a los de E.T. (Steven Spielberg, 1982). También el escape final y el regreso “a su tierra.” Y cuando vemos esa tierra medio que parece que estuviéramos en Jurassic Park (Steven Spielberg, 1993).

Pero Burton se apropia del mundillo. Después de todo, la melancolía marginal y los circos son clásicos en su repertorio (y se encarga de repetir fijaciones con calzador, como la gente con brazos artificiales y niñas abúlicas), que expande a partir de algunos elementos sugeridos al final de la película original: principalmente, que Dumbo se hace rico y famoso con su acto y que firma un contrato con Walt Disney, acá convertido en Vandemire (Michael Keaton); un excéntrico millonario con un gran circo retrofuturista, que es más bien Disneylandia, aquí llamado Dreamland. Dreamland compra todo: compra al circo de Max Medici (Danny de Vito), a Dumbo y se ve que también a la mamá de Dumbo.

El acto ahora implica a una famosa trapecista francesa (Eva Green) montando al bebé volador, tal como hacen los chicos que visitan el parque Disney y uno se da cuenta –otra vez- de los motivos por los cuales se hizo esta película.

3. De eso no se habla.

En la lógica de aggiornar el material, también hay una “sanitización” esperable de los elementos polémicos que tamizaban el recuerdo de la original, principalmente la borrechera del bebé elefante que daba una de las mejores secuencias de la historia de Disney: la de los elefantes rosados (en inglés, en castellano eran ¡de Satanás!), ahora devenidos en una función digna del Cirque du Soleil, con burbujas de formas paquidérmicas que hipnotizan a Dumbo y le hacen pensar en su mamá y, se supone, su especie en general. Todo esto, las burbujas (y su anacronismo intencional) y la añoranzas por sus “iguales” de Dumbo, se retoman en el final, aunque la relación sea endeble y un poco de los pelos.

Y, claro, la de los cuervos que reproducían estereotipos afroamericanos (en habla hispana esta polémica quedó erradicada desde el vamos, porque los acentos de los personajes eran de diferentes nacionalidades y no mucho más). No sé cuán negativos, más allá de lo racial, resultan los personajes en sí porque, pese a que bulléan al pobre Dumbo, se dan cuenta de lo mal que hicieron, y terminan por darle la pluma que lo ayudará a volar, es decir, la confianza para encontrar su voz dentro de su característica, el defecto devenido en valor.

Si bien pareciera que los cuervos desaparecen de esta adaptación, hay indicios (plumas negras, vestuarios, posturas y gestos) que pueden dar a entender que mutaron en los “villanos” actuales. En la escena donde Vandemere y su séquito negocian la compra del circo con Medici, los personajes parecen cuervos al acecho (y algunos de ellos se redimen, como el personaje de Eva Green, por ejemplo).

Hay uno de los personajes nuevos que no termina de funcionar: el que interpreta Colin Farrelll (el papá de los chicos), que vuelve de la guerra al circo, con un brazo menos y se desayuna que su mujer murió en su ausencia. Lo del brazo parece competir con su reciente viudez y más allá de no conectar con sus hijos -hilo conductor de la trama, a la que Dumbo y sus peripecias parecen ahora más bien un paralelo simbólico- no logra tener un desarrollo orgánico, lo que lo hace lucir más bien esquemático. Pero Burton se escuda en la lógica del cuento maravilloso y el del surrealismo para no dar mucha cuenta de ello y hasta lo hace trepar la carpa del circo ¡con un solo brazo! al planear el escape de Dumbo y su mamá en pleno show de Dreamland.

4. La marcha del elefantito.

Volviendo a Dumbo, en esta versión la pluma no es (del todo) un símbolo de la confianza, sino un mecanismo por el cual Dumbo activa su vuelo. Luego, cuando sea necesario y Dumbo sea casi Lassie, descubrirá (mediante escena emocional de la nena abúlica) que el mecanismo no era fundamental. No es que pierda fuerza lo de la pluma, pero se vuelve un poco más mecánico, como el brazo biónico (!?) de Colin Farrelll.

La moraleja, aunque más confusa con el más que no termina de ser mucho más y nos deja añorando cierta simpleza que la hubiera hecho más fluida a la película, Dumbo como símbolo parece proponer que la mejor forma de ser aceptado (no solo eso: admirado) por la sociedad es encontrar tu talento personal, derivado de tu propia voz, y ofrecerla para la explotación del aparato. Eso si nos quedamos con la primera mitad (incluso con la original), pero la segunda parte de la película, al enfatizar esta última noción y ponerla bajo la lupa, cuestiona este mismo modelo y demuestra que no se trata más que de un modelo de fagocitación (el circo más grande se come al más chico, y las personas pasan a ser dispensables, porque Vandemere los echa a todos menos a Medici y, claro, Dumbo, que es una mercancía para él)

“Todos estamos estancados acá” dice la nena en la primera parte, y parece hablar del espectáculo como forma de vida y de la vida como espectáculo. Pero nunca hay escape. Solo Dumbo logra escapar (en un cachito hablamos de eso), pero los despedidos vuelven a fojas cero, al mismo circo del principio, pero ¿realizados? La clave es que la visión de Max Medici cambió. Pareciera ya no ser un explotador (no hay animales en este circo- bueno, si consideramos al caballo como un no-animal. O al mono. En fin, no hay elefantes.). En ese lugar hace un poco de agua ese final de la nada, que parece abrupto porque lo es: Medici (que ahora parece tener mejores un amigo inversor que lo encuentra más rentable que al anterior) ha vivido un cambio de conciencia sobre la explotación laboral, entendemos, pero aún así no deja de suceder. Es solo el “Buen Patrón”, de cuyo humor y estado de ánimo dependerá el futuro y/o bienestar de los “talentosos” que comprenden este circo, que ya mencionamos. Se refiere tanto al mundo del espectáculo como al laboral.  La nena “encuentra su lugar” con un rudimentario cinematógrafo (he ahí su ciencia aplicada) que proyecta la maravilla de ver a Dumbo volar. Una proyección que maravilla, una ilusión de cuadros por segundos.

5. El niño elefante.

¿Y Dumbo? ¿Dónde está Dumbo, a todo esto?

Al final, está junto a su mamá, en la selva, rodeados de elefantes. Y vuela libre sobre ellos. Esto es rarísimo. Poque los demás elefantes no vuelan, no es que Dumbo les comparte cómo hacerlo. Ponele que hubiera otros con orejas grandes, qué se yo.

O por el otro lado, una versión más garrón, en la que Dumbo se comportase como uno más. Pero así como termina, nuestro protagonista sigue siendo el “distinto”, incluso entre los suyos. Ni sabemos cómo reaccionan ante él sus “pares”. Cualquiera fuera el símbolo que Dumbo represente en el contexto de los elefantes no voladores, pierde fuerza y foco, quedando demasiado polisémico para su propio bien, fuera del regristro que Burton vino trabajando, por lo que suena a imposición corporativa. Uno creería que “los suyos” – los de Dumbo- son la gente del circo, porque –los conocimos- son gente macanuda. Pero no, los circos no tienen animales: Dumbo tiene que ir a la selva, a volar sobre los otros elefantes.

Y sin embargo, esto se puede ver al revés, porque a la vez, hay cierta subversión que sorprende en ese final: Aunque los animales estén donde tienen que estar (salvo el caballo, que parece que está bien que siga en el circo),  Dumbo deja de usar su talento de un modo productivo. Deja de ser espectáculo. Quizá sin pensarlo Dumbo logró que su talento sea solo para él. En ese sentido -no aplicable a ningún otro personaje, por lo que Dumbo no es fábula ni metáfora ni sinécdoque- el elefante alcanzó, por fin, la Libertad.

Calificación: 7/10

Dumbo (País de producción: EUA año: 2019). Dirección: Tim Burton. Guion: Ehren Kruger. Fotografía: Ben Davis. Edición: Chris Lebenzon. Elenco: Colin Farrell, Michael Keaton, Danny DeVito. Duración: 1h 52min

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