Durval_Discos-747765715-largeDurval Discos es una película desconcertante e inclasificable. Arranca como una película realista. Progresivamente, se torna una comedia de enredos, para luego devenir en un policial. Pero el abordaje que la directora Anna Muylaert propone es tan delicado y lleno de ternura, que casi parece una película infantil. Una alocada comedia infantil, con toques surrealistas y macabros.

Comienza con una cámara subjetiva, que hace un paneo de un barrio cualquiera de San Pablo, deteniéndose con curiosidad indolente en un local y otro. La música nos hipnotiza. Un local de videojuegos. Un joven andando en skate. Una cerrajería. Una heladería. Un café. Hasta finalmente desembocar en la tienda de discos de Durval, que da título a la película.

Durval es un solterón que ha montado su tienda en su propia casa, donde aún vive con su madre. La tienda sólo vende discos de vinilo, pero ya nadie compra vinilos, el CD ha copado la industria y, aunque las ventas no son muy buenas que digamos, Durval no parece interesado en vender CDs. Insiste con la belleza intempestiva del disco de vinilo.

Durval piensa que su madre ya está demasiado vieja para continuar llevando a cabo todos los quehaceres domésticos. Así que, aunque el negocio no marcha precisamente bien, pone un anuncio para contratar a una empleada doméstica. La paga que ofrece está muy por debajo de lo habitual aunque, así y todo, un día acude una chica a la solicitud que, finalmente, acepta el empleo.

La chica se llama Celia. Es particularmente bonita y demuestra ser muy eficiente y gran cocinera. sin embargo, más tarde se descubrirá que en realidad compraba la comida hecha y fingía cocinar. Un día, Celia desaparece sin dejar rastros. Sin el consentimiento de las partes, deja a una niña de 5 años al cuidado de Durval. La niña asegura que Celia volverá, que sólo se ha ido por un par de días.

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Aunque algo desconcertado, Durval acepta la situación. La niña se llama Kika y es encantadora. Tan encantadora que es imposible no encariñarse con ella y Durval y su madre se encariñan tanto con la niña que no advierten lo anormal de la situación. En realidad no saben nada acerca de Celia y no tiene mucho sentido que les haya dejado a la criatura sin avisarles nada.

Durval simplemente se encariña cada vez más con la niña. Le enseña su música y bailan juntos en la tienda de discos. La ayuda a lavarse los dientes y hasta le cuenta un cuento antes de dormir. Durval, su madre, Kiki, todos juegan, se disfrazan, bailan y se divierten, como si todos fueran niños y todo fuera parte de un sueño, hasta que una noticia en la televisión rompe el hechizo. La niña resulta ser una niña secuestrada y Celia, que originalmente había sido contratada como nodriza por la madre de la niña, fue la cabecilla de la banda que organizó el secuestro. El problema es que Celia ha muerto y era la única que conocía el paradero de la niña, según declaran los cómplices.

El primer impulso de Durval es llamar a la policía, pero tiene miedo que sospechen que él ha sido cómplice en el asunto. A partir de aquí, el verosímil se torna difuso. La madre de Durval se comporta de manera cada vez más errática, hasta llegar a niveles insospechados y extremos. Básicamente, enloquece y quiere conservar a la niña bajo su ala protectora a toda costa, complaciendo a Kiki y dándole todos los gustos, por más absurdos que sean. Durval, testigo de la evidente y progresiva locura de su madre, parece incapaz de tomar cartas en el asunto.

La resolución es bastante previsible, aunque todo ocurre fuera de campo. Lo interesante no es el desenlace, sino las imágenes que se suceden antes del final. Precisamente en el último tercio de película tienen lugar una serie de escenas de corte surrealista, cargadas de un humor macabro.

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A Kiki le fascinan los caballos y la madre de Durval le compra uno, que pasea por la casa. En lo que se supone un accidente, la madre de Durval le disparará a una vecina, que pretendía denunciar el secuestro de la niña a la policía. Mientras tanto Kiki, vestida con traje de ballet, pinta un cuadro en la pared, con la sangre de la víctima.

Una banda sonora soberbia, con preponderancia de canciones de Tim Maia y de Os Mutantes (con cameo de Rita Lee incluido) sirve de ilación a las sucesivas escenas de la película. De alguna manera, es la sutileza y precisión de la banda de sonido la que nos disuade de que los acontecimientos suceden con naturalidad.

La manera en la que de Durval observa al mundo, con esa mezcla de indolencia y extrañamiento, termina trasladándose al espectador y esa óptica resulta tan fascinante como finalmente aterradora.

Durval Discos (Brasil, 2002), de Anna Muylaert, c/Ary França, Ery Fraser, Isabela Guasco, Marisa Orth, 95′.