E Agora. Lembra-mePor Nuria Silva

De lo micro a lo macro, E agora? Lembra-me no reflexiona exclusivamente sobre el HIV, ni tampoco sobre la condición de conejillo de indias asumida y elegida por Joaquim Pinto, como podríamos llegar a creer si leemos alguna sinopsis despistada. El virus tampoco representará una consecuencia negativa del amor, cualidad humana que, en todo caso, tendrá un carácter redentor. Nace y renace en la película un hambre de amor colosal sin ni siquiera bordear la sensiblería ni el golpebajismo. Hay un discurso potente, pero que no invade. Joaquim pareciera no pretender moldear una idea en el espectador, sino desnudar la que porta, poniéndolo frente a imágenes que ponen a prueba nuestra fractura o aceptación de las prédicas impuestas desde las instituciones que dominan y corroen.

La lógica del tiempo en la película es la del instante, la de un trance orgánico y pasional. Pinto abarca tanto y con tanta claridad –mediante un montaje que dosifica las variadas intensidades del relato con gran destreza, hasta volver imperceptible su larga duración- que la película se vuelve inabarcable, pero no por eso incomprensible. E agora? Lembra-me es ecuménica. En ella conviven ciencia, fe, escepticismo, política, poesía, y por momentos asoman personajes que parecen sacados de alguna mitología. Me resulta muy engorroso hacer una descripción formal de la película por dos razones: conozco menos de la mitad del trabajo previo de Pinto como productor y sonidista, y es una película que llegó a mi vida de forma inesperada y significó una experiencia inmediata e intransferible.

De lo micro a lo macro, y cuanto más de cerca miramos, la poética se vuelve insoslayable. El plano que abre la película anticipa la mirada henchida de quien en la conciencia de su muerte se vuelve inmortal. Los constantes planos detalle de diferentes insectos arrastrándose, reposando o luchando, me recordaron a un relato de Cortázar en el que cavila sobre el pequeño corazón de una polilla. Esa deslumbrante y angustiosa sensación de saber que todo respira y que somos parte de un ciclo natural que excede nuestro entendimiento. Todos conformamos este enorme cuerpo vivo (y enfermo) que habitamos. Pinto cristaliza en su tragedia personal un malestar general, globalizado y capitalizado. Su enfermedad es la de un mundo colonizado territorial y culturalmente. Las intertextualidades políticas ponen en evidencia una humanidad que no se detiene, que gira sobre el eje de su enajenación.

El amor en un sentido romántico está muy presente y pinta de cuerpo entero a uno de los mejores galanes, príncipes azules o héroes románticos de todos los tiempos. Joaquim demuestra que, amándolo, está amándolo todo. La presencia de Nuno es imponente, y ante la cámara no exige más que simplemente ser y estar. Es un apoyo categórico, es la pulsión, la fuerza de voluntad que mueve el peculiar temperamento de Pinto. Para reafirmar la naturaleza de este nexo inquebrantable es fundamental la presencia de los perros, protagonistas a la par de Joaquim y Nuno, que incluso cuentan con planos subjetivos. Estas subjetivas y algunos trucos de montaje demuestran que, antes que un documental o un diario íntimo, Pinto filmó una película descomunal que es puro cine, porque ahí está su vida y su arma de resistencia.

EAgora1

Por Eduardo Rojas

Diario de guerra o parte de batalla, Joaquim Pinto filma el día a día de su padecimiento, su VIH y cirrosis de más de veinte años, su exposición a tratamientos con drogas experimentales, el dolor de su cuerpo de mártir lacerado; también la paz y la belleza de cada minuto de vida, la que comparte con Nuno, su pareja, en Portugal, España o su granja de las islas Azores. Su enfermedad es la que lo iguala a todos los humillados y ofendidos, a las víctimas de la bulimia capitalista que elige autofagocitarse y llevarse consigo al resto, a los que no pertenecen, volteados por el hambre, la discriminación o la enfermedad. Joaquim y Nuno son monjes y guerreros, tal como alguna vez se autodefinió Edgardo Cozarinsky, hombres que pelean sin belicosidad, sabiendo que la dimensión de su batalla está contenida y excede al mismo tiempo la vía poluída de la sangre enferma de Joaquim. El virus no ha golpeado al azar, hay una lógica indiscernible y tenebrosa que lo emparenta con el desastre ecológico, con el hambre y la explotación. Lejos de la enunciación intelectual, Pinto lo aprende y lo hace suyo con la exposición de su cuerpo, su dolor y su misericordia. Su película está cimentada en una religiosidad expresa que respira por todos sus poros, que descubre en cada encuadre la belleza del dolor y el sentido del martirologio, palabras extrañas a la época, que distancian desde nuestro miedo y comodidad, palabras de combate, testimonios de una guerra que pide terminar con los muertos. Recoleta patria de toda belleza en dónde conviven la ascesis del monje y el coraje del guerrero. De esa fragua saldrá nuestro futuro o flamearán los estandartes sobre nuestros huesos.

Publicada en la cobertura del 28º Festival de Mar del Plata.

E agora? Lembra-me (Portugal, 2013), de Joaquim Pinto, 164’.