Un hombre maduro, empresario exitoso, llega a un restaurante donde lo espera una mujer. Se trata de una ex pareja, a quien no vuelto a ver desde hace 20 años. Él trata de ser amable, pero ella le reprocha insistentemente que solo haya podido darle 45 minutos de su tiempo. Ella comienza a llorar abruptamente y le cuenta que estaba embarazada cuando se separaron y que decidió tener al niño. No le dijo nada porque no necesitaba de su ayuda y sabía que él no quería tener hijos. El hombre todavía no se había repuesto de la noticia, cuando al regreso del baño, la mujer le informa que su hijo de 19 años murió en un accidente automovilístico.

Este comienzo signa la estructura de Descubriendo a mi hijo (Ga’agua, 2017), película del director israelí Savi Gabizon. Se trata de un drama familiar en el que el protagonista irá descubriendo la historia de ese hijo a quien no conoció a través de los testimonios de sus amigos, su novia, la profesora de francés de quien estaba enamorado y la madre. Y, al mismo tiempo, en ese recorrido por las huellas del hijo podrá ir realizando el duelo. En el viaje de Ariel (Shai Avivi) desde Tel Aviv hasta la pequeña ciudad de Acre para tomar contacto con quien fue su hijo Adam (Adam Gabay), el director no le ahorra tanto al protagonista como al espectador, las diversas amarguras que surjan de cada uno de los testimonios. El director apunta a capturar el sentimiento dramático de los personajes, de allí que la película esté construida principalmente mediante el plano y contraplano con primeros planos de cada uno de los personajes que vayan entrando en relación con Ariel.

Por el amigo, Ariel sabrá que Adam era fanático del equipo de fútbol local, pero que no podía jugarlo porque tenía una pierna más corta que la otra (lo cual compensaba con un taco) y que vendía drogas; por el director de la escuela a la que iba, que fue expulsado por haber escrito en la pared del colegio un poema de amor sensual dirigido a su profesora de francés; por su novia Lilia (Ella Armony) que pasaba temporadas viviendo en su casa porque no se llevaba bien con su madre y su padrastro Eli, que iban y venían en su relación amorosa y que actualmente está embarazada de él. De los encuentros de Ariel con Yael (Neta Riskin), la profesora de francés, se desprende la sensibilidad de su hijo que se expresaba en su virtuosismo con el piano y en los poemas de amor en francés que le escribía. El amor adolescente de Adam por su profesora, amor romántico, idealizado y prohibido, será el desencadenante de la tragedia; pues dará lugar a una denuncia policial por acoso por parte de Yael (Adam se sentaba en un banco frente a su departamento para observarla por horas y amenazó de muerte al director de la escuela, amante de Yael) que derivará en el accidente automovilístico, según manifieste Ronit (Assi Levy), la madre.

El tono dramático es matizado por el director en dos ocasiones. En la secuencia del sueño de Ariel, virando hacia el fantástico, y en la subtrama de la boda taoista de Adam con la hija muerta (en circunstancia de suicidio por depresión) de Amnon (Shmil Ben Ari), el hombre que Ariel conoce en el cementerio; donde se esboza cierto giro a la comedia negra que podría haber sido mejor explotado.

Llegados a este punto podríamos preguntarnos dos cosas: primero, ¿porqué la paternidad es tan angustiante para algunos hombres?, y luego, ¿qué es un padre? En relación a lo primero, Ariel dice que nunca quiso ser padre porque temía repetir la historia de maltrato físico que su padre ejerció sobre él en su infancia. Esta explicación no deja de ser una fantasía, que a lo largo de la película se revela inconsistente para Ariel. Ocupar el lugar de padre implica, en primer lugar, dejar vacante el lugar de hijo. Es decir, supone poner en juego la castración. Un padre es quien hace de una mujer la causa de su deseo, es quien está dispuesto a relacionarse con ese Otro goce enigmático que soporta lo femenino y como consecuencia de ello podrá aportar a sus hijos una nominación, en tanto encarnación de la ley en el deseo. De aquí se desprende que un padre no es el genitor, sino un padre deseante, dispuesto a poner en juego su falta, a deponer su narcisismo y sus saberes de macho para abrirse al misterio desconocido del continente femenino. Desde esta posición se constituirá no solo como un padre que prohíbe al hijo el goce absoluto, el goce de la madre, sino que le proveerá de marcas identificatorias que lo orientarán en su goce.

Hasta que toma conocimiento de la existencia de Adam, Ariel se reducía a ser un mero genitor, al padre biológico que aportó su semen. A lo largo de la película vamos teniendo indicios que darán cuenta de su pasaje de genitor a Padre que nombra y orienta. Ariel apunta a restaurar mediante sus actos simbólicos, luego de la muerte de su hijo, la paternidad que no pudo ejercer en vida de él. Es así que reclama al director del colegio que coloquen su nombre y su foto en el mural de la clase a la cual perteneció. Por otro lado, el sueño de Ariel es altamente revelador. Es la escena de una fantasía masturbatoria donde se destaca el zapato rojo como fetiche, que viste y que vela la desnudez del agujero innombrable del goce femenino y, a la vez., el enorme tamaño de Yael masturbándose sentada sobre el colegio, clave de la idealización femenina y la impotencia masculina ante ese goce cerrado en sí mismo. Yael, en tanto profesora de Adam, ocupa el lugar de la madre prohibida. Ronit, en tanto madre, actúa según un sueño donde Adam se le apareció pidiéndole que coloque una foto de Yael en la tumba junto a él. Aquí se da cuenta del deseo incestuoso de la madre hacia su hijo, en este amor que mediante la foto de Yael como símbolo de ella los uniría en un goce absoluto, fusional y eterno. Ariel, por el contrario, retira la foto de Yael de la tumba de Adam. En este acto, Ariel opera como función de separación entre la madre y él hijo, a la vez que mediante la boda simbólica con Abigail, apunta a orientar su goce hacia otras mujeres que le están permitidas.

La película del realizador Savi Gabizon es prolija desde lo formal y en las interpretaciones que brinda el elenco, pero peca en la apertura de demasiadas subtramas y situaciones trágicas, que se vuelven redundantes. A pesar de las buenas intenciones, menos dramatismo y una reducción de los elementos de la trama habrían hecho de Descubriendo a mi hijo, una película que, sin desdeñar la sensibilidad, condujera a una mayor apertura para interrogar la paternidad.

Descubriendo a mi hijo (Ga’agua, Israel, 2017). Guion y dirección: Savi Gabizon. Fotografía: Asaf Sudri. Montaje: Tali Helter-Shenkar. Elenco: Sahai Avivi, Neta Riskin, Assi Levy, Adam Gabay. Duración: 100 minutos.