el-almanaque-cartel-a3-con-estreno---cmyk-copy«Una vez mi mamá compró una agenda, o un cuaderno, y ahí anotaba de todo: qué día había comprado tal cosa o tal otra. Cuestiones así, cotidianas.” Palabras más, palabras menos, Jorge Tiscornia tira de ese hilo de la memoria familiar para explicar la existencia de El almanaque, que es el registro exhaustivo, pormenorizado y levemente obsesivo de los oprobiosos 4646 días, casi trece años, que Tiscornia pasó como preso político en el penal de Libertad, en Uruguay.

¿Qué registró? Absolutamente todo: los libros que leyó, las visitas que tuvo, las películas que vio, hasta los partidos de fútbol que se jugaban en el penal y, por supuesto, el derrotero y el destino de sus propios compañeros de cautiverio.

¿Cómo lo registró? Acá está lo interesante: confeccionó unos zuecos y en la estructura de madera de su calzado fue ocultando/guardando los papeles donde constaban los días y los hechos. Alguien define la labor de Jorge Tiscornia como una obra que “está entre la escritura y la plástica” y no le faltan razón ni precisión conceptual.

“Creo que lo hice porque no confío mucho en mi memoria” dice Jorge en un alarde de (aparente) falsa modestia, y ese es el único alarde de cualquier índole que vamos a ver en el documental, muy estructurado y rutinario en sus formas.

Lo que a medida que transcurre el relato sorprende y provoca una verdadera sensación de extrañeza es que mucho de lo que se cuenta y se relata prácticamente en ningún momento alcanza los esperados niveles de dramatismo que conocemos por la trágica experiencia argentina. En algunos momentos hasta casi parece contarse una anécdota simpática que le pasó a un conocido y no la vivencia personal de haber estado preso una tremenda e irrecuperable cantidad de años. Para referirse a momentos terribles se usan términos como “la cosa se endureció”, “nos prohibieron las visitas”, “no nos dejaron entrar más libros.” También cuenta que las noticias de los fallecimientos de los compañeros se las daban a la noche para que esta fuera más larga o más sufrida, para que “fermentara”, pero ahí termina todo el relato tenebroso posible. No se relatan ni actos salvajes ni hechos atroces.

Los últimos tramos de El almanaque refieren un poco a las actividades actuales de Jorge Tiscornia. En su camioneta de laburo le va a dar una mano, un asesoramiento, a personas que están terminando sus casas. Pero Tiscornia, como cuenta y muestra en el documental, continúa con la pasión de aquellos días: la fotografía. Y ahí se lo ve al hombre sacándole fotos a unos hermosos atardeceres desde un faro. No puedo evitar pensar que, si el faro es aquello cuya función básica es servir de guía luminosa, el almanaque de Tiscornia  también le pone luz a gran parte de una larga, oscurísima y temible noche.

Aquí puede leerse una entrevista de Gabriela López Zubiría al director de la película.

El almanaque (Argentina/España/Uruguay, 2012), de José Pedro Charlo, Documental, 73’.