Atención: Se revelan datos importantes del argumento.

Todo dura un instante para toda la vida.

Luis Alberto Spinetta.

En la primera escena de Todo para ser felices comprendemos gran parte de lo que sucederá a lo largo de todo la película. Todo está en esos primeros momentos: allí vemos a Antoine (notable trabajo de Manu Payet) entrar en puntas de pie a su casa y pisar sin querer la guitarra de una de sus  dos pequeñas hijas que se encuentra descansando en su cuarto. Sigiloso, Antoine intenta disminuir el ruido que produce. Luego se acuesta al lado de su mujer, se pone de espaldas a ella y, en ese preciso momento, una de sus hijas tose. Su mujer le pide que vaya a darle un remedio para la tos y Antoine cierra los ojos y se hace el dormido. Desde ese inicio repleto de sutilezas entendemos que Antoine y su mujer atraviesan una profunda crisis y que como pareja tienen las horas (o los días, para ser más precisos) contadas.

Todo para ser felices es una radiografía feroz y a la vez conmovedoramente humana de una pareja con hijos en estado de descomposición y de  todo lo que vendrá (para ambos) una vez que eso que está a punto de terminar termine de una buena  vez. La película de Ciril Gelblat nunca juzga a su protagonista pero tampoco es complaciente con él. Antoine, baterista y productor, lleva sobre sus hombros la carga dramática y subjetiva de la película, ya que la vida profesional que eligió (lo que también es, en términos ontológicos) lo expulsa literalmente del hogar que él mismo construyó. Si bien en un momento la película amaga con definir a Antoine casi como el cliché del bohemio irresponsable (lo cual hubiera perjudicado profundamente el relato,) llenándolo de tics y conductas propias de un infante que por momentos obtura la empatía con el público, esta construcción estereotipada del personaje se revierte a medida que el relato va ganando en profundidad. Lo que entonces podría haberse transformado en una comedia a la Suar, en donde las cosas se resuelven siempre de manera amigable y sin ningún tipo de dificultad, aquí adquieren otro rumbo.

Gelblat logra que esta crisis amorosa y familiar devenga en crisis vital y existencial, y de ello da cuenta la puesta en escena. La amargura del personaje de Antoine, su tedio vital podríamos decir, enturbia (para bien) el relato, tornándolo melancólico y convirtiéndolo en un retrato de la adultez en esta Francia abúlica que tan bien narra la novela en la que se basa la película. Un coup à prendre, de Xavier De Moulins. Las cosas se van haciendo cada vez más complejas: Antoine termina separándose de su mujer y en el momento en el que la película podría haberse transformado en una serie de devaneos amorosos, enfocándose en la libertad recién recuperada por ese cuarentón langa, es que las cosas se tornan tristes, humanas y la película se transforma en un largo y doloroso camino de aprendizaje. Aprendizaje de cómo ser padre, aprendizaje de lo que implica la soledad, aprendizaje de su propia experiencia vital. Antoine necesita comprobar que el amor no tiene nada que ver con la necesidad y que para estar bien con los demás primero tenemos (siempre) que estar bien con nosotros mismos. La película está hecha de detalles que construyen una épica desgarradora, narrada con humanidad, nacida de esa vida nueva que se inicia para Antoine y para su mujer. Ese desprendimiento doloroso se encuentra atravesado por la necesidad de transitar la pérdida para desde allí reconstruirse. Hacia el final, Antoine llora desconsolado, llora sin palabras. Llama a su hermana y cuando ella atiende, llora como un niño. La hermana va a su casa y lo consuela. Lo abraza y ese desahogo, ese llanto inequívoco que opera como salud es lo que le permite reconstruirse, como se reconstruye un tejido, y entonces nosotros lloramos piadosamente por él (y por nosotros).

Antoine observa su vida y la de los demás extrañado, como sin entender el significado de las cosas. Y, a la vez, intenta rehacer (como puede) su vida. En un momento cerca del final se acerca a una chica en la calle que tiene una remera de Los Ramones, le habla efusivamente de esa banda hasta que la chica le dice que no conoce a Los Ramones  y que solo le gustó la remera. Es en ese intento de acercamiento con una desconocida donde se percibe una mutación sutil. Al comienzo de la película, cuando Antoine se posicionaba por fuera de ese hogar en crisis, era más sencillo para él entablar vínculos emocionales con mujeres, mientras -a la vez- mostraba una incapacidad notable para vincularse con su familia (su pareja y sus hijas). Hacia el final Antoine juega con sus hijas, sus hijas redescubren al padre y él redescubre a sus hijas. Juntos se abrazan y lloran. Comprenden que en su fragilidad se tienen el uno en el otro.

Recuperando cierta tradición que tiene el cine  francés para estas comedias agridulces, a medida que suceden los acontecimientos quedamos atrapados en el hipnótico relato de un  amor que ya no es, y de unas vidas que se encuentran atravesadas por el dolor de esa ausencia. Todo para ser felices es una película de climas y  grandes actuaciones que le dan sentido y humanidad al relato. Narrada desde la primera persona del masculino la película no reduce la complejidad de la historia a la problemática del hombre de la pareja ni pretende moralizar a sus espectadores. Antoine simplemente redescubre el significado de su vida y del amor. Comprende que hay cosas que lo trascienden, que algunas cosas -como dice Spinetta- duran un instante para toda la vida.

Todo para ser felices (Tout pour être heureux, Francia, 2015), de CyrilGelblat, c/Manu Payet, Audrey Lamy, AureAtika, Pascal Demolon, Bruno Clairefond, Joe Bel, 97′.