Dogville: El bosque de los perros, por Diego Baridó

Desde que volvió a su pueblo natal, en una región que solo sabemos que linda con el mar, para Mariela no hay descanso. Perros de gran mordida la amenazan mientras duerme y la despiertan en un sobresalto que se continúa en la vigilia, en sombras que la acechan, miradas que la intimidan, un pueblo entero que la repele. Luego de 17 años de ausencia, el regreso de Mariela no huele a reconciliación sino a un intento de ajuste de cuentas que le permita cortar amarras con ese lugar y librarse de los espectros de un pasado agrio y trágico que regurgita. Para ello es preciso llevarse a Gastón. Mariela se habrá ido definitivamente de ese lugar cuando Gastón también lo haga.

Si hay algo interesante en El bosque de los perros, ópera prima de Gonzalo Javier Zapico, es que más allá de las particularidades de la historia, logra exponer el cóctel convulsivo de sentimientos y sensaciones que se comprimen en el regreso al pueblo, donde la añoranza se mezcla con la ajenidad y la experiencia sensible trae a flote aquellos retazos de vivencias que la memoria quiso dejar en el camino. Los recuerdos de Mariela no solo se representan en los continuos flashbacks que encadenan la historia, sino que también están en el barro luego de la lluvia, en la sombra húmeda del bosque, en la playa, en el relinchar de los caballos y el chillar de los chanchos, en las paredes descascaradas de las casas.

Pero el regreso de Mariela no es igual a cualquier otro. Ella es la embajadora de un episodio oprobioso para el pueblo. Un pueblo que fue indolente ante la trágica muerte de sus padres y que frente a su retorno se siente expuesto en sus miserias. Mezcla de miedo y enojo, las miradas de desprecio que caen sobre Mariela hablan del fastidio de una comunidad impedida de continuar ejerciendo su derecho a la indiferencia, un derecho auto otorgado, solo sostenido por la cultura del silencio y la hipocresía. Si la película no termina de encajar en el apartado de los films de pueblos envilecidos que someten al escarnio al forastero es porque Mariela también ostenta algunos pliegues que impiden su representación como la indefensa gatita rodeada de perros feroces. Ese pasado enmarañado obliga a demorar conclusiones.

Cuenta la historia que una noche, las llamas de un incencio consumieron la vivienda de Mariela (Lorena Vega cuando es adulta – Julieta Brito cuando es adolescente), donde dormían sus padres. Ella salvó su vida porque estaba ausente y siempre culpó a los vecinos por el fatal desenlace. “Nadie hizo nada para salvarlos” susurra una y otra vez al comienzo del film. Nunca se sabrá en el pueblo quiénes fueron los responsables del siniestro. Mariela siguió viviendo un tiempo en casa de una tía y luego llevó a cabo su escabrosa venganza. En medio del bosque, fue matando, de a uno, a los perros de sus vecinos. Quien en verdad se encargó de aquello fue Gastón (Guillermo Pfëning cuando es adulto – Ángelo Mutti Spinetta cuando es adolescente), un chico con quien Mariela mantenía un romance. Esos siniestros actos fueron traumáticos para Gastón, pero también una instancia para demostrar su compromiso con Mariela. A esta situación, viciada de crueldad, se sumó el deseo hacia Mariela de Carlos (Marcelo Subiotto – Francisco Macia), el hermano mayor de Gastón. A pesar de su preferencia por el sensible Gastón, Mariela se mostró seducida por su hermano rudo y prepotente, quedando establecido un triángulo amoroso que mortificó a Gastón y generó una prolongada rencilla entre ambos.

Diecisiete años después, Mariela regresa a sus pagos. Como en El cautivo, aquel cuento de Borges en el que un niño raptado por un malón regresa, ya adulto, a su pueblo y se estremece al hallar el cuchillo que había ocultado de pequeño, Mariela se conmueve al encontrarse con Gastón, acaso la hebra viva que la mantiene conectada a su pasado y el único capaz de alterar su gesto adusto y desafiante, semejante al de los cowboys de Sergio Leone. El rechazo de Gastón, perturbado por su presencia, justifica la permanencia de Mariela en el pueblo, dando lugar a un ida y vuelta temporal donde los espectadores irán tendiendo los hilos que unen las cuentas no saldadas del pasado con este asfixiante presente.

Las falencias de la película anidan en su falta de ambigüedad, subrayando innecesariamente algunos pasajes y elementos de la puesta, atentando así contra la intriga que persigue. Quizás el mejor de ellos sea la construcción del personaje principal, constituido por una Mariela que, pese a su rol de supuesta víctima, tanto de joven como de adulta, preserva para sí una densidad y opacidad que no es acompañada por la puesta general del film. Sirva como ejemplo, el trabajo fotográfico y de arte, enfatizando en cada plano el contraste de puntos cálidos y fríos, o la música oscura con ribetes folclóricos que acompaña el arribo de Mariela al pueblo, anticipando que en ese lugar del interior ocurre algo extraño.

En su preocupación por entrar dentro de los códigos del género, la película se vuelve previsible. Y es una previsibilidad que molesta más en tanto la película mantiene un apego al realismo que choca con los subrayados de estilo. Cierto abuso de los planos detalle, de movimientos de cámara marcados, al igual que algunas líneas de diálogo que ostentan un filo artificial, evidencian las intenciones y hacen que el misterio penda casi por completo de las omisiones que se van plantando en el relato y de las expectativas de que ellas se vayan saldando. Pero este aspecto de la narración luce un buen equilibrio hasta que, de tanto malabar, alguna bola termina en el piso y líneas importantes de la historia quedan incompletas, sin justificación aparente.

El bosque de los perros peca de impaciente. Apresurada en generar intriga, todos sus planos apuntan en la misma dirección: remarcar el complot, la especulación, miradas ladinas. De tanto invitar a que dudemos de todo y de todos, advertimos la maniobra y la trampera salta antes de que el espectador entre en ella.

Calificación: 5/10

El bosque de los perros (Argentina, 2019).Guión y dirección: Gonzalo Javier Zapico. Productor ejecutivo: Marcelo Vitali, Sebastian Feldman. Fotografía: German Costantino. Dirección de Arte: Victoria Cachan. Montaje: Guillermo Gatti, Mariano Saban. Música: Damián Graffigna. Elenco: Lorena Vega, Guillermo Pfening, Marcelo Subiotto, Angelo Mutti Spinetta, Julieta Brito, Francisco Macia. Duración: 82 minutos. 

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