No puedo dejar de pensar en El dictador y en El caballero de la noche asciende como dos evidencias de la manera en que el mainstream cinematográfico estadounidense refleja las crisis de las formas de gobierno actuales. En ambas, de un lado de la típica oposición binaria con la que se manejan los relatos del cine industrial, está la democracia y del otro la dictadura  / el terrorismo, además de diversas formas de protesta social . Sin entrar en detalles, la primera de esas películas parte de la sátira de un dictador que promueve el terrorismo, confeccionado al modo de los líderes de los países de Oriente Medio tal como los percibimos desde Occidente, para desplegar una batería indiscriminada de chistes y gags (de buenos a malos, con mayoría de regulares, más bien simpáticos a pesar de su incorrección política, especialmente lanzados sobre varias formas de progresismo civil) que acaba dando fundamentalmente en el blanco de casi toda institución, concepto y discurso de este lado del mundo democrático, laico y postmoderno.

El caballero de la noche asciende, en cambio, pretende ser una película seria (pertenece a ese subgénero de películas de súper héroes basadas en historietas para adultos) y hablar de algunas de las mismas cosas de las que habla El dictador, pero desde una perspectiva que quiere ser responsable y profunda pero sólo es pesada y pavota. Además de estar mal narrada, ser larga y aburrida, carecer de la más mínima capacidad de síntesis, apelotonar resoluciones, no jerarquizar situaciones dramáticas impidiendo la empatía emocional del espectador con los personajes y acciones que le toca ver, y vulnerar su preocupación por el estado de las cosas valiéndose de los lugares comunes más cancheros y berretas de la ficción juvenil, es una película conservadora, por no decir reaccionaria. Culmina con una celebración de las aristocráticas vacaciones de un personaje que reúne alegremente y sin verdadero conflicto interior al empresario y al jefe de seguridad privado, estandartes del funcionamiento capitalista desaforado. La figura de Bane, sobriamente construida durante la primera parte como villano concreto y material(ista), es reducida al ridículo sentimental y, con él, todo su discurso y motivaciones. Al Batman salvador del statuo quo, en cambio, la película le depara, literalmente y sin la más mínima ironía, el bronce.


Bazin alguna vez habló de los súper westerns como westerns tan conscientes de sí mismos que ponían en primer plano la lectura interpretativa de sus símbolos, perdiendo frescura y espontaneidad. Con los Batman de Nolan y con algunas otras películas de súper héroes está pasando algo parecido. Parecen filmadas con la obligación, antes que la necesidad o el deseo, de hablar del presente, con lo cual no terminan satisfaciendo ni el punto de vista mítico ni el político coyuntural. Lo contrario sucedía con el Batman vuelve de Tim Burton, por ejemplo, que a través del cuento de hadas expresaba un mundo simbólico mucho más preciso, oscuro y crítico de todo tipo de convención establecida que el de Nolan. La zozobra debe ser meta de toda expresión fundamentalmente estética, incluso de una tan industrializada como es la del cine en general y la del cine estadounidense globalizado en particular.

Esa inseguridad sobre lo que creemos, somos y hacemos está mucho más presente en El dictador, aún en forma torpe y relativamente poco elaborada. Democracia, ecología, libertades sexuales y otros discursos sobre los que se asientan la mayor parte de las búsquedas sociales contemporáneas son puestos en cuestión a través del humor, que de ese modo también se pone a prueba a sí mismo, pues sólo puede surgir de la cultura que lo prohija. Suele reivindicarse taxativamente la naturaleza subversiva de la comedia y se mira con desconfianza a quien señale el daño potencial de su compulsión corrosiva, quizá porque cuando prima este último punto se corre el riesgo de abrir la puerta a censuras de distinta índole y alcance. No me queda claro si Sacha Baron Cohen es fruto de un mundo donde se respetan las libertades individuales o de uno en el que impera un individualismo arcaico y grosero, pero esta incertidumbre me parece mucho más estimulante y genuina que el aparente caos político – que sólo es confusión narrativa – puesto en escena por el último Batman de Nolan.