Los personajes femeninos que están en tránsito por definir su identidad son una marca de estilo de la obra de la escritora, actriz y realizadora cinematográfica oriunda de la provincia de Córdoba, Jazmín Carballo.

Si el duelo por la abuela paterna mueve a Rita a un viaje al pasado que la lleva a preguntarse por su lugar en el mundo en su novela Ningún lugar más que acá (Editorial Concreto, 2019), La cima del mundo (2020), su segundo largometraje y en donde explora la ficción documental, toma como protagonista a Anastasia Amarante, una joven de 20 años que debe realizar el duelo por los sueños de su infancia para abrirse al mundo adulto en relación a su pasión por el canto.

La problemática de la definición de la identidad ya está configurada desde el comienzo, cuando vemos a Anastasia cantando junto a su amiga en el parque, recordando el pasado en que cantar era casi un juego que podía realizarse sin inhibiciones en las calles, mientras la cámara la va tomando en primeros planos de manera fragmentaria. Al mismo tiempo, la luminosidad de la escena puntúa también la esperanza del futuro que se tiene por delante.

Anastasia canta desde pequeña y sueña con ser una cantante pop famosa, como Lali Espósito o Tini Stoessel. Vive con sus padres en un pueblo de la provincia de Córdoba. Su madre Cecilia comparte con ella su pasión por el canto, ha cantado en coros pero nunca se animó a lanzarse de manera profesional. Cecilia oficia como una suerte de guía y manager de su hija: la lleva a los eventos donde canta como invitada y la aconseja respecto de cómo encarar su camino en la música.

Uno de los ejes desde el cual leer la película es la relación madre-hija: tensa en sus diferencias pero a la vez tierna. Anastasia se ve sumida en el típico conflicto entre la voz de mando de su madre, que la llama a la responsabilidad en el cuidado de la voz y en la administración del dinero (y aquí es un acierto que la madre aparezca en las primeras escena como pura voz desde fuera de campo), y sus ganas de divertirse como una adolescente más. Esta tensión conflictiva se expresa también en la desproporción que se juega en Anastasia entre una orientación a romper las cadenas de las estructuras familiares y a librarse a lo incierto, pero que convive, al mismo tiempo, con la necesidad de protección y refugio en lo materno, todavía presente. Y es en este interjuego entre el llamado a la responsabilidad familiar y el mandato del consumo del mercado donde Anastasia tendrá que encontrar su propia de manera de caminar con el canto, su propia voz. 

Anastasia tiene una voz realmente armónica y conmovedora. A lo largo del documental la vemos cantar en su casa, en eventos y también conocemos que tiene algunas letras compuestas, pero que no sabe leer ni escribir música por lo cual intenta formar una banda con algún músico más experimentado publicando un aviso en las redes sociales. La desigualdad económica y las restricciones en la oferta de espacios de formación musical es un tema a considerar. Incluso podríamos interrogarnos si esta desigualdad y una cultura que valora el exitismo y la aparición mediática no son las que generan, en parte, que los jóvenes se sostengan en la expectativa del milagro de ser descubiertos por un productor reconocido para poder desarrollar su elección de vida y las que los fuerzan también a buscar el rápido atajo del reality. A lo largo del documental se va captando el choque que experimenta Anastsia entre el gozo y la grandeza que siente cada vez que canta y la frustración de sentirse ínfima en el encuentro con una realidad que le hace cuesta arriba la realización de su anhelo y que no le da lugar. Si bien ella intenta encajar en los productos preformateados de rédito seguro para la industria musical, no obstante se trata de un medio elitista, poco abierto al riesgo de lo diferente o la novedad.

La película invita a reflexionar también sobre la cuestión del éxito. ¿Son la fama social y la  aspiración puramente económica las que nos darían la felicidad? Si nos detenemos en el título: ¿se trata de hacer de «La cima del mundo» un punto de llegada? ¿Se trata de ser famoso o de poder fluir en el deseo? Aquí es interesante diferenciar las demandas sociales y familiares, del deseo. El deseo no es un objeto al que se llega o que se posee, sino la causa, el motor de un recorrido y es en ese camino en el cual encuentra su satisfacción sin colmarse nunca. 

Austera, pero bien construida desde lo formal y desde la creación de una protagonista capaz de encarnar las búsquedas y las desorientaciones de la juventud de nuestro tiempo, La cima del mundo pone en el tapete la importancia de bregar por un país más plural en el acceso a las oportunidades para simplemente echarse a andar en el camino del deseo y para sostenerlo más allá de las dificultades.

Calificación: 7/10

La cima del mundo (Argentina, 2020). Guion y dirección: Jazmín Carballo. Color: Bárbara Cerro y Santiago Tróccoli. Sonido: Marcos Zoppi y Emiliano Biañ. Montaje: Lorena Moriconi. Elenco: Anastasia Amarante, Cecilia Cavotti. Duración: 60 minutos. Disponible en Puentes de Cine.