Nasty_Baby-552053534-largeNo se puede confiar en el cine de Sebastián Silva. Pasa de nuevo con su última película, Nasty Baby: uno cree que está viendo la historia de una pareja homosexual que intenta tener un hijo con una amiga y de pronto, ¡zaz!, nos encontramos envueltos en cualquier otra cosa. Las películas de Silva son particularmente taimadas porque en ningún momento se presentan como experiencias experimentales, locas, juguetonas o raras. Al contrario. Uno entra en una película de Silva con una notable naturalidad: el suyo es un cine de un naturalismo transparente, fluido. Entramos fácil y entramos en seguida, no hay preámbulos, no hay explicaciones ni prehistorias, sus personajes se hacen en el hacer y se hacen frente a cámara. El cine de Silva es un cine de una cotidianeidad en apariencia sencilla y, sobre todo, espontánea. Pero en algún momento aparece una curva inesperada y la trama gira hacia otra parte. No es, sin embargo, capricho o sorpresa tonta: el elemento desviador siempre estuvo presente, lo vimos, lo vimos crecer, su lógica se fue colando en el relato y clavando sus raíces hasta que de pronto nos encontramos con algo diferente. La naturalidad de Silva es engañosa porque también sabe cambiar naturalmente de rumbo.

Otro elemento que hace que desconfiemos de su cine son sus personajes, que terminan siempre por escurrirse entre las manos.  ¿Quiénes son estas personas que pueblan el mundo de Silva? ¿De dónde vienen? ¿Cómo llegaron donde están? ¿Qué pretenden? No lo sabemos. La cotidianeidad de su cine se expande también a nuestro contacto con sus personajes: los vamos conociendo a los golpes, con pequeños gestos, y nunca terminan de armarse del todo. No hay líneas claras, definiciones ni características que puedan explicárnoslos en los primeros cinco minutos. No sabemos qué hacen o por qué. Es más, la mayoría de las veces ni siquiera podemos saber si nos caen del todo bien. Los personajes de Silva no piden permiso y no vienen con instrucciones. Pasaba en La nana, donde lo que parecía un cine correcto de denuncia amable de la diferencia de clases termina por convertirse en una película de terror, con monstruo y todo, hasta culminar en un humanismo luminoso. Pero donde resulta más evidente esto es en el díptico que dirigió con Michael Cera: Crystal Fairy y Magic Magic, dos viajes de turistas yanquis por tierras chilenas (al norte y a las drogas en la primera, al sur y hacia la cultura mapuche en la segunda) en las que casi todos los personajes que aparecen en algún punto u otro terminan por resultar insoportables y, luego, nos muestran su propia verdad. Uno no sabe de dónde agarrarse y qué esperar de quién.

1688023El cine de Silva es engañoso porque cuando creemos que entendimos algo descubrimos que en realidad estábamos frente a otra cosa. Pero la otra cosa tampoco se puede definir. Magic Magic, por ejemplo, puede parecer en un primer momento una película de terror sobre adolescentes que van de viaje a una cabaña aislada: hay clima, hay espacios, hay misterio. Pero para cuando entendimos que la cosa iba para otro lado, tampoco sabemos a dónde fuimos a parar: un ritual mapuche y la barrera que separa la vida de la muerte. Y ni siquiera eso se resuelve. El resultado puede parecerse mucho a la decepción. Pero tampoco es eso. El cine de Silva es, simplemente, desconcertante.

Para colmo el chileno (actúa, junto a su hermano, en Crystal Fairy y Nasty Baby) que ahora vive en Estados Unidos no se dedica a filmar solamente películas chilenas. El “chilenito independiente” trabaja también con grandes nombres del mainstream yanqui como Kristen Wiig y hasta arrastró a Michael Cera por el desierto. Filma en Nueva York y en Santiago, trabaja con cualquiera y perfora las nociones de cine independiente, centro y periferia, Hollywood y el Cono Sur.

No se puede confiar en lo que no se entiende.