El desencanto, por Marcos Rodríguez

El_perro_MolinaA veces cuando nos gusta una película podemos ser más injustos con su director que cuando no nos gusta.

El cine de Campusano, es sabido, siempre ha tenido lo que podríamos llamar defectos técnicos, que en todos los casos eran sobrepasados por sus virtudes. Esos defectos funcionaban, además, casi como una garantía, un respaldo vitalizador que le daba a su cine una fuerza única.

Algo cambió con El perro Molina. Algunos de sus detractores encuentran felices en esta nueva película que la producción “está mejor”. Sus seguidores descubren, aliviados, que a pesar del mayor presupuesto y las mejoras técnicas, Campusano sigue siendo Campusano, sus vueltas narrativas van mejorando, sus temas siguen siendo fuertes y sus películas son, como siempre, muy personales. Sin embargo, algo cambió.

El cambio más notorio (más allá del hecho de que esta sea su primera película en la cual el protagonista es un actor profesional) tiene que ver simplemente con cuestiones de producción: ahora Campusano (que ha alcanzado un reconocimiento) cuenta con apoyos y presupuestos. Su nueva película se ve bien (aunque no se escucha tan bien), de pronto nos encontramos con encuadres prolijos, planos generales equilibrados, travellings, plumines, etc. Toda la batería de recursos que hace que muchos suspiren aliviados al ver que El perro Molina está “mejor filmada”. Las historias y los personajes de Campusano siguen siendo los mismos, pero la superficie de su película es mucho más tersa. Para algunos, es un avance. No pude compartir el entusiasmo.

La singularidad de Campusano nunca fue el hecho de que plantara una cámara donde nadie la plantaba antes o de que contara esas “historias reales del conurbano” que tan (in)cómodamente venían a bañar la conciencia de sus espectadores de clase media urbana. Su valor antropológico, digamos, ese que tan a menudo se usó para venderlo, el que justificaba el apoyo de quienes no parecían demasiado cómodos con cómo filmaba, pero estaban dispuestos a aceptarlo en el universo cinematográfico como esa figura que filma “lo que no miramos”. Los temas de Campusano son de Campusano, es cierto, pero lo que hacía vibrar a películas como Vil romance no era la marginalidad de sus espacios (que podrían entrar en cualquier cine contenidista y cada tanto lo hacen) sino la forma en la que se los retrataba. Si el cine de Campusano estaba plagado de defectos, uno terminaba por abrazarlos porque lo que esos defectos traían a la pantalla era singular, fascinante, mucho más cercano al corazón de porqué el cine es lo que es más allá de cualquier prolijidad correcta. Uno suponía que esos defectos eran parte de la propuesta Campusano.

elperromolina_4Pero ahora que los presupuestos son más gordos nos encontramos de pronto con tomas lindas, con movimientos de cámara pulcros, con encuadres correctos. Descubrimos, entonces, que la situación era otra: ese cine tosco, de trinchera, no era la propuesta, era apenas la circunstancia. Si ahora que Campusano cuenta con presupuesto se preocupa por filmar lindo, la compuerta queda abierta: El perro Molina, más prolija, tiene defectos, que pueden ir desde la utilización un tanto vacua de esos nuevos recursos técnicos hasta la construcción de escenas mal armadas, diálogos demasiado duros, la notoria ausencia del sexo siempre tan presente en su cine (y eso que buena parte de la película transcurre en un puterío), tosquedades varias que, ahora sabemos, son sus limitaciones y no sus virtudes. Al final resulta que, más que a Pasolini, Campusano se parecía a Ed Wood.

Esto no quiere decir que El perro Molina carezca de virtudes. El personaje de Calavera (el que más recuerda a sus películas anteriores) constituye una línea narrativa muy fuerte y muy bien armada. Si bien el protagonista hunde el flujo de la película con su actuación “seria” que intenta darle espesor a diálogos siempre planos, todavía hay algo en esa narración múltiple y entrecruzada de Campusano que funciona y bien.

Pero si ahora resulta que esa tosquedad que tanto supimos apreciar no es más que un efecto colateral, lo que queda de la mirada de Campusano se termina pareciendo demasiado a un moralismo contenidista (puesto en evidencia en el personaje del adolescente loquito/zombi, por no hablar de los oligarcas que hablan en francés). La singularidad de Campusano será, tal vez, su extravagancia, pero no su radicalidad.

Aquí puede leerse un texto de Marcos Vieytes sobre la misma película.

El perro Molina (Argentina, 2014), de José Campusano, c/ Daniel Quaranta, Florencia Bobadilla, Carlos Vuletich, Damián Ávila, Assiz Alcaráz, Ricardo Garino, Fabio L. Garone, María Vivas, Fabio Zurita, 88’.

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