dialogo_aficheLos directores de El Olimpo vacío, la película con Juan José Sebreli, presentaron su nuevo trabajo en el último BAFICI. Esta vez eligieron  un poco mejor a los personajes, al menos son gente con sentimientos. Si en El Olimpo lo vacío era Sebreli y necesitó ser llenado por otros elementos (recordemos que el tema de los mitos argentinos fue elegido luego de iniciado el proyecto), en El diálogo Héctor Leis y Graciela Fernández Meijide tienen algo para decir: sus historias tienen interés, están vivas, hay una interacción con el mundo.

Pablo Racciopi y Carolina Azzi, los directores, se adaptan a eso haciendo la operación inversa a la película anterior. Esta vez el contexto es mínimo, hay un encuentro y después solo el diálogo. Se privilegia el hilo de ese diálogo dejando de lado la continuidad de vestuario y lugar. Si uno tiene interés en el tema, la película funciona. Mucho más en la primera mitad, cuando los protagonistas cuentan sus historias personales, que en la segunda cuando opinan y teorizan.

En los separadores aparece el discurso no dicho. Ahí la ideología de los directores derrota a las supuestas buenas intenciones. El encuentro sucede en Brasil, en un country o barrio privado con costa marítima. Ese mar tranquilo y apacible es el protagonista de los separadores. Héctor Leis vive allí. El relato de su llegada a Brasil es muy parecido al de otros exiliados. Llegar a un lugar donde la gente andaba por la calle tranquila, todos se reían en los bares, todos eran amables. Es el relato del aliviado, del que pasó meses conviviendo con amenazas constantes y con la desaparición de sus amigos. Pero Héctor, o al menos la película, lo cuenta como si fuera algo propio de Brasil, algo de lo que los argentinos carecemos.

Lo que la película no dice es que esos barrios privados sobre el mar están copando las costas brasileras, sacándoles el acceso a la playa a la gran mayoría de la población. Para el que puede pagarlo es una vida apacible, siempre del lado de adentro de las paredes y las costas, cuidadas por pobres con armas, de los pobres con y sin armas que quedaron del lado de afuera.

El relato del secuestro del hijo de Fernández Meijide es, como todos, escalofriante. Al chico de 18 años lo fueron a buscar a la casa de sus padres, a los que les dijeron que al día siguiente podrían verlo en la comisaría. No volvió a aparecer. Ocurre algo especial  cada vez que Meijide lo nombra, Fede, como si de repente se actualizara su presencia.

Después de contar esta historia ella relata su trabajo en la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, la recolección de datos, los expedientes, hasta llegar a la CONADEP. Ahora está de moda hablar en contra de esa Comisión. Incluso se dicen pavadas como que el informe (el Nunca más) sostiene que los desaparecidos son 9000. Lo que hace el informe es recopilar 9000 casos, no dice que no haya más. Se dice también que sostiene la teoría de los dos demonios. Extraño si la Comisión es sobre “Desaparición de personas” y todos los casos investigados y documentados son de desaparecidos por la dictadura, 9000 a 0. Dos demonios algo desparejos.

Se ha hablado mucho sobre el prólogo. Tiene ese mal comienzo: “un terror que provenía tanto de la extrema derecha como de la extrema izquierda”, aunque se está refiriendo a los años anteriores a la dictadura no es la mejor forma de empezar. Por lo demás, basta leer el resto del prólogo para que no queden dudas de que no se igualan esas dos violencias.

Cuestionar un trabajo único en el mundo que recopiló datos y recorrió los centros de detención permitiendo no solo juzgar a la Junta, sino tener una información del momento, que se sigue usando en los juicios actuales, por una frase desafortunada y por algunos comisionistas gorilones, es un absurdo que solo puede causar irritación. Más aún cuando ese cuestionamiento viene a veces de gente que votó a Luder, el tipo que firmó el decreto que pedía «aniquilar a los elementos subversivos» y que no hubiera anulado el decreto de ‘auto amnistía’ de los militares.

898

La historia de Héctor Leis es menos conocida y el personaje es más querible. Un tipo aparentemente sensible, que se emociona con facilidad, y se conmueve con el recuerdo de los momentos más intensos de su vida. El gran momento de la película es cuando él cuenta que matar seduce. La experiencia de estar en una situación de matar o morir es algo tan intenso que quiere ser repetido. El que salió victorioso de un enfrentamiento puede ser magnánimo en el siguiente, pero el que perdió, el que vio morir a sus compañeros, ese quiere venganza, y ese deseo es más fuerte que su causa política.

Leis es un tipo absolutamente atravesado por esa experiencia vital extrema. Su relato es pasional, se quiebra, se desespera. Sus posicionamientos parecen dominados por esa pasión. Está en contra de los juicios de estos años, cree que debe haber perdón. No tiene mayor justificación que el mito del perdón como cierre, como final. Leis quiere terminar con el tema, que eso deje de existir.

Acá es donde Fernández Meijide resbala. Ella dice que no puede perdonar, pero le da una justificación racional a esa imposibilidad, justificación que su historia personal no necesita. Asegura que no puede perdonar porque no puede hacerlo en nombre de su hijo, que sólo él tendría esa potestad. Dado que perdonar es lo civilizado, si no perdono, si quiero castigo, tengo que tener una justificación.

En la segunda mitad los dos opinan sobre la situación actual y lo hecho durante los años kirchneristas. Acá la película se empobrece, pierde lo que tenía de íntimo, de verdad encarnada.

Hay dos momentos en los que Fernández Meijide muestra un costado sebreliano. Uno es cuando dice que el problema es la ambición de poder. Como si se pudiera ser Presidente sin ambición de poder, eso es imposible casi por definición. Este pensamiento deja entrever la idea de que hay unos que no se dejarían llevar la ambición, que son inmunes a las pasiones comunes. Todos hacemos todo mezclados con esas pasiones.

En otro momento vemos a los dos escuchando el discurso de Kirchner en la ex ESMA. En un pasaje Kirchner se equivoca, dice mal una palabra o arma mal una frase. A Meijide le sale una pequeña sonrisa y un movimiento de cabeza. El gesto se podría transcribir como “qué desastre” o “qué bruto», y pone en evidencia una idea de separación a partir del acceso a cierto sector cultural, de pertenencia a un determinado sector cultural.

Por último quería corregir un punto de mi texto sobre El Olimpo vacío. En ese momento escribí algo así como que la película tenía buenas intenciones. Había leído algunas entrevistas a los directores y me había quedado esa impresión. Nada puedo decir de Carolina Azzi, pero conocí el twitter de Pablo Racioppi(@juancristonomo). Dense una vuelta y conozcan el desprecio por el otro.

Aquí puede leerse la crítica de Ignacio Izaguirre sobre El Olimpo vacío.

El diálogo (Argentina, 2014), de Pablo Racioppi y Carolina Azzi, c/Graciela Fernández Meijide y Héctor Leis. Documental.