El dulce amargo y el reencuentro con la poesía de Safo, por Paula Vazquez Prieto

El escenario está oscuro, apenas unos objetos visten su inquietante desnudez. Un piano, una guitarra ladeada sobre un banco, unos atrezos que intentarán dar cuerpo al drama venidero. Iluminada por una luz intensa, asoma la figura de una mujer acompañada de una lira. Su voz inunda el teatro, se proyecta sobre una platea que parece esperar ansiosa cualquier revelación. Daniela Horovitz es algo más que la actriz en escena en el unipersonal El dulce amargo. Canciones de Safo, es quien da su voz a los extraordinarios versos de aquella notable poetisa de la Antigüedad, la que ha sobrevivido todas las inquisiciones, todos los desvíos, todas las negaciones. Su cuerpo emerge desde la profundidad del secreto como la Safo que regresa desde la oscuridad del olvido. Y es su voz el mayor de los logros de la puesta: poderosa, flexible, conquistadora del territorio a su alrededor y de la pasión de aquel mito.

La idea de El dulce amargo nació del encuentro con un libro de poesía perdido en la mesa de una librería de saldos. Ese guiño de la fortuna que marcó el descubrimiento es el mismo que preside la estructura la pieza: nunca demasiado rigurosa, guiada por emociones imprevistas, abierta a las respuestas del público, a su calidez o desconcierto. Ese riesgo es bienvenido. La referencia al público no es una convocatoria calculada sino un intercambio novedoso, refrescante. Propio de esa intimidad que propone Safo desde su escritura. Si hay algo interesante que descubre Horovitz en la figura de su musa, es justamente su omnipresencia, su resistencia a las mutaciones del tiempo y las culturas. ¿Qué queda de la letra de Safo? Siglos de trasposiciones, de piedras a papiros, de Grecia al Imperio Romano. ¿Qué queda de aquel origen, de aquellos versos trasplantados a otros idiomas, a otros tiempos?

El dulce amargo es, además de la reflexión sobre esa naciente ambigüedad del amor, una constante exploración sobre su posible expresión artística. Es por ello que la desnudez del escenario, la extrema economía de los recursos de puesta en escena, están al servicio de la indagación sobre esa esencia. ¿Qué pudo haber inspirado a Safo para escribir sus versos? ¿El amor por las mujeres que preparaba para las bodas de la época? ¿El desafío a sus pares hombres y la conquista de un lugar en el arte para su género? Safo es un enigma como lo es toda inspiración, y la aparición de cada uno de sus versos en repetidas entonaciones, en diversas interpretaciones, acompañados por diferentes instrumentos, da color a ese enigma sin agotarlo. Da presencia a ese misterio sin hacerlo visible.

El recorrido de Horovitz no excluye el cine argentino. Allí aparece el relato (en el que Horovitz anima la evocación con una intensidad sorprendente, casi con la misma que preside sus canciones) de la versión de Carlos Hugo Christensen basada en la novela Sapho del francés Alphonse Daudet. Safo era entonces Selva Moreno, una mujer madura, emblema de la femme fatale de aquellos 40 que seducía con la intensidad de una vampiresa y la vocación de una conquistadora. Nadie podría haberla interpretado mejor que Mecha Ortiz, actriz única para entender esa dimensión oculta del cine argentino, la que dio pie al culto y la pasión. La Safo de Christensen concibe a la mujer como la portadora de un interior encendido, ajeno a toda corrección y encasillamiento. Por ello su erotismo es inquietante, alterador de toda concepción genérica y reglada. Horovitz recrea la telaraña que ceñía la figura elusiva de Mecha Ortiz con la materialidad de una capa abierta, explosiva en su negrura, en su radiante morbidez.

La obra de Horovitz da cuerpo y voz a una mujer que es alguien más que aquella poetisa de la isla de Lesbos, aquella mujer que dio nombre de mundo a todo un aspecto de la sexualidad femenina. Es el ejercicio de hacer presente a una artista que ha recorrido culturas y miradas, que ha resistido censuras y oscurantismos, que ha dialogado con el fantasma de Platón, con la pluma de los historiadores modernos, con el culto de mujeres que han visto en su imagen la profeta de mucho más que su tierra. Horovitz captura eso en su voz a capella, lo atesora en su presencia en escena, y le da una vida intensa y efímera que dura en el recuerdo el tiempo eterno de una canción.

El dulce amargo. Canciones de Safo. 

Idea, música e interpretación: Daniela Horovitz.

Teatro El extranjero. Domingos 16:30.

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