El esperpento: Border, sentí algo hermoso, por Diego Baridó

A quienes los noventa los encontró ingresando, transitando o egresando de la adolescencia, seguro recuerdan con especial afecto ese himno a la incomprensión llamado “No rain”, el hit de la banda de rock alternativo Blind Melon. Su emblemático videoclip está protagonizado por una simpática niña-abejita que busca vanamente ser aceptada por un mundo demasiado gris para comprender su no convencional y divertida forma de ser. Su suerte y empeño la llevan hasta una pradera verde, donde un grupo de abejas iguales a ella bailan en ronda y le dan la bienvenida. Border, segundo largometraje del director iraní-sueco Ali Abbasi, me hizo acordar a ese video.

Imaginemos, por un momento, que esa abejita llega a adulta sin haber encontrado a su colmena. Desconociendo su origen, entonces, debe transitar los días reprimiendo su instinto, soportando los prejuicios de quienes la rechazan o le temen por “rara”, resignada a cumplir funciones relegadas en la sociedad, a condición de negar su naturaleza. ¿Por qué una historia naif y evidente sobre el sentimiento de inadecuación y soledad  en la adolescencia me surgió ante esta fábula sobre el miedo y el rechazo de la sociedad contemporánea ante lo diferente? Quizás porque las protagonistas de ambas historias son singulares y despiertan pena. Quizás, también, porque las manifestaciones de intolerancia y xenofobia que proliferan hoy en Europa y el mundo son, desde cierta perspectiva, tan crueles como ingenuas. 

Tina trabaja como agente de seguridad de algún puerto sueco, identificando cargas ilícitas entre las pertenencias de los pasajeros. Sus rasgos son extrañísimos, al punto que nos hace dudar de si se trata de una mujer o una bestia. Su método de trabajo es por igual peculiar. Nada de detector de metales o scanners. Gracias a su sobrenatural sentido del olfato y a partir de gestos que la asemejan a un perro rastreador, con su nariz detecta el olor no solo de objetos, sino que reconoce el olor que emanan las personas cuando temen, se enojan, mienten o se avergüenzan. Basta con ver su actitud durante el trabajo y el temple con el que resiste a las miradas de asco y los ocasionales insultos para imaginar una vida plena de hostigamientos y rechazos. Tina sabe que, ante todo, es fea, es rara.

Vuelta a casa, la esperan unos perros que le ladran ferozmente y Roland, el hombre que los cría y con quien convive. Roland está más preocupado por sus perros, el alcohol y las apuestas, que por Tina. Pero ella lo acepta para “tener a alguien cerca”. La otra persona cerca de Tina es su padre, internado en un geriátrico. El lacónico trajinar cotidiano de Tina se interrumpe solo durante sus fugas al bosque. Allí se recluye para salir de su agobio. Pero para Tina la incursión al bosque no es una distracción, un simple paseo para entretenerse, como lo podría ser para cualquiera de nosotros. La comunión de ella con la naturaleza es mucho más profunda. Es orgánica. Tina se descalza y dispone sus cinco sentidos para fusionarse con ese espacio. Mira los altos pinos, huele el musgo, toca la corteza húmeda de los árboles, oye el viento, siente. Los animales del bosque se le acercan con confianza, y Tina por fin sonríe. Un baño en el lago, bajo la lluvia y en pleno invierno, es un ritual gozoso y sacramental.

Pero un día el ritmo de sus días se ve alterado por dos acontecimientos extraordinarios. Durante su trabajo tienen lugar el mayor de sus aciertos y su primer error profesional. Detecta el material pornográfico de una red de pedófilos, lo que le valdrá ser convocada por la policía para participar del caso. Y, paralelamente, en su puesto de aduana conoce a un ser semejante a ella. La semejanza no es solo morfológica, pues la atracción que Tina siente de inmediato por Vore nubla sus sentidos, al punto de que propone revisarlo; pero nada ilegal encontrarán entre sus pertenencias. Estos dos acontecimientos serán los desencadenantes para poner en marcha en Tina una batería de emociones y cuestionamientos que mantenía aletargados. Entre ellos, la verdad sobre su identidad, el deseo de maternidad y de amor verdadero y el vínculo con su deseo.

Uno de los aspectos brillantes de la película es la ductilidad del director para representar el vínculo de los personajes con la naturaleza. El contraste fotográfico, el montaje sonoro, las interpretaciones y, desde luego, el soberbio trabajo de maquillaje, permiten ser partícipes de esa experiencia. Es una película húmeda, rugosa. El olor de la vegetación y el frío del lago pueden llegar a sentirse. El punto de vista de la película exige que podamos identificarnos con seres que poseen un poder sensorial mayúsculo, y la puesta en escena de Abbasi lo hace posible.

En esta película, ganadora de la sección Un Certain Regard en el Festival de Cannes del año pasado, Abbasi recurre a un cuento de John Ajvide Lindqvist para traer al presente el mito escandinavo de los trolls, con la mira puesta, no tanto en fantasear sobre cómo se desenvolverían fuera del bosque estos temidos seres antropomorfos que inundan la literatura nórdica, sino con la voluntad de cuestionar la persecución y mutilación cultural de la que son víctimas todas las minorías. En cuanto a este punto, la película planta para el debate dos aspectos. Uno es diluir las responsabilidades de las penurias sufridas por los trolls entre todos los miembros de nuestra especie. Si bien se mencionan experimentos médicos con trolls, presumiblemente financiados por el Estado, entre los humanos el que no los desprecia, les miente. El que no les miente, les teme. Esto es reafirmado por Tina cuando le cuenta espantada a Vore que los pedófilos a los que ayudó a atrapar, “seres humanos asquerosos y depravados, eran una pareja perfectamente normal, en un departamento perfectamente normal”. “Toda la raza humana es una enfermedad, te lo aseguro”, le responde con furia Vore. Y para confirmarle su teoría, le advierte a Tina que su querido padre es quien la separó de su familia y le ocultó su identidad toda su vida. Vinculado a este punto, asoma el segundo. Vore profesa un odio declarado sobre la raza humana, y en función de una revancha que, según él, se aproxima, es capaz de cometer actos crueles contra cualquier miembro de la especie enemiga. Es una suerte de troll fundamentalista que con sus actos radicalizados espanta a posibles aliados de lucha y justifica la hostilidad y los prejuicios de las mayorías. Lo bueno de los mensajes misántropos, para el poder político, es que en términos porcentuales no desciende en el handicap, porque todos los humanos caemos en la volteada parejito. Pero Border ofrece elementos para pensar el presente que no se ahogan en el escepticismo.

A los seres feos, sucios, grotescos, suele denominárselos con el mote de esperpentos. Pero el esperpento es también un género literario, luego adaptado al teatro, en el que una estética deformada, distorsionada, sirven para representar una realidad trágica y por igual deforme. Border se sirve de esa poética del espanto, oficiando de espejo cóncavo que devuelve una imagen en cuya deformidad nos reconocemos.

Border: Sentí algo hermoso (Gräns, Suecia-Dinamarca, 2018). Dirección: Ali Abbasi. Guion: John Ajvide Lindqvist, Ali Abbasi e Isabella Eklof. Fotografía: Nadim Carlsen. Música: Christoffer Berg y Martin Dirkov. Edición: Olivia Neergaard-Holm y Anders Skov. Elenco: Eva Melander, Eero Milonoff, Jorgen Thorsson, Ann Petren y Sten Ljunggren. Duración: 108 minutos.

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