Entre el hermetismo y la nostalgia, Robert Eggers propone el retorno hacia las estéticas que se alejan del mainstream para narrar las vicisitudes que dos guardianes de un faro transitan al convivir y soportar tanto el encierro como la inclemencia del entorno.

Con pequeños guiños a autores como Stephen King -la elección espacial de Maine coincide con la elegida innumerable cantidad de veces por el escritor-, Edgar Allan Poe –el joven que quiere matar al anciano que le obsesiona y al que desprecia es referencia directa al cuento Corazón delator– y Alfred Hitchcock -concretamente en el uso de los pájaros como elemento de asecho y extrañeza-, pero lejos de las formas comerciales del género, Eggers se instala en los albores del cine de terror, donde la experimentación con las formas predominaba por sobre la narración.

Estética e incluso temáticamente deudora del cine de BélaTarr, El faro se destaca en el uso del blanco y negro contrastado para crear una atmósfera onírica que exuda una claustrofobia problemática para los personajes, que no pueden convivir en esos espacios en los que se los ha encerrado. La fotografía de Jarin Blaschke presenta un ambiente alucinatorio, donde la exploración de lo sobrenatural que no termina de instalarse en el terreno de lo real marca la ambigüedad ontológicamente característica del terreno de lo fantástico: si lo que sucede en pantalla es una realidad diegética o si, por el contrario, es el relato alucinado de sus personajes, es algo que no termina nunca de definirse. En esa línea, el interrogante llega hasta erosionar la certeza fundamental que atañe a la cantidad de personajes involucrados en la acción: los dos personajes son uno.  Desde la primera escena, se pone de manifiesto el tema del Doble. Apenas comenzada la película hay un plano en que la habitación está dividida exactamente a la mitad, el personaje de Robert Pattinson se sienta en su cama y de atrás de la columna que divide el plano, sale el de Defoe y se sienta frente a él de forma especular. Más adelante en la trama existe un juego con los nombres de ambos. Además, los dos hombres comparten un crimen que pesa en su pasado. Todo eso nos abre a la idea de que Defoe ni siquiera exista, que sea únicamente una construcción del joven atormentado. Esa realidad que se esconde en la psique de un personaje tienta a emparejar esta película de cierta manera con la mística de La isla siniestra (Shutter Island; Scorsese; 2010).

Es que el enfoque argumental se basa en maniobrar el artefacto psicológico de los personajes, que se bifurca sobre todo en dos cuestiones: resistir el encierro, la cercanía con un otro, por un lado; y sobreponerse a un pasado culposo, por otro. En esa culpa hay un elemento criminal, pero, además, la culpa se presenta en relación al erotismo homosexual. Más allá de las escenas donde ambos personajes tienen acercamientos íntimos liberados por el alcohol, existe el hecho de que el motivo de los crímenes no queda del todo claro, así como tampoco su relación con quienes fueron sus víctimas, aunque hay elementos que lo simbolizan:la figura de la sirena como deseo peligroso; la tempestad que funciona como lo salvaje, el instinto y los deseos reprimidos violentándose con el último refugio de luz -razón- de la psique que es el faro -que, además, es un elemento fálico-. De esa manera, el encierro funciona como ensimismamiento para escapar de sí mismos.

Son pocas, luego de la primera escena, las que ostentan planos abiertos. Los planos cortos, en ambientes cerrados, cada vez más atestados y derruidos -en progreso y expresión de los personajes y sus estados mentales-, hacen que la atmósfera sea incómoda. Los sonidos son también desasosegantes. Todo el tiempo hay una sirena -otra- que aturde primero al personaje pero que luego, a fuerza de repeticiones asiduas, es contra el espectador contra quien termina siendo ejercida la violencia. Todo para generar incomodidad.

Desde lo propiamente narrativo se plantean muchos interrogantes y ninguna respuesta, la realidad se ha quebrado y es imposible determinar desde qué punto. De esta manera, el espectador participa, comparte la locura de los personajes, donde no hay explicaciones fehacientes de lo sucedido, porque desde el comienzo el relato se centra en las formas, y no tanto en el contenido. Es por eso por lo que, sencillamente, se desconoce la lógica causal y se entra, en cambio, en el mundo de la fantasía casi onírica que lentamente pasa a ser pesadilla. Una fantasía que bien puede ser deudora del Vampyr (1932) de Dreyer, no solo por el juego de luces y sombras, sino por el trato a los personajes -en especial al de Pattinson-, porque tiene instancias en que los gestos -captados en primeros planos fijos- y los movimientos parecen pertenecer al cine mudo tanto por la velocidad como por la exacerbación de las mímicas.

Si bien ese anclaje a las vanguardias del 20 tiene un fundamento histórico, porque el cine de terror siempre ha tenido una relación dialéctica con el cine experimental, esas formas hoy están vetustas. Entonces, genéricamente, la película se torna hermética, «para pocos», porque si el espectador no accede a esos juegos estéticos referenciales no va a disfrutar el tratamiento del terror. Si bien en términos de género no es convencional, no busca acceder a las formas comerciales -y eso no deja de ser un acierto-, es en lo dramático donde falla: es terriblemente teatral y ahí la película se pierde. Cuando lo dramático empieza, hacia la segunda mitad, a volverse preponderante, es donde El faro evidencia un decaimiento importante y donde se hace incluso fastidiosa. Los diálogos son muy líricos y las actuaciones los acompañan, lo que hace que el tono y la atmósfera pierdan seriedad porque transparentan el dispositivo y expulsan de la diégesis -algo vital para el cine de terror es no solo la diégesis sino la identificación con los personajes, y acá ambos se hacen imposibles-.

Todo el tiempo el relato expulsa al espectador de ese encierro, le muestra un universo de incógnitas -el faro funciona como un gran McGuffin-, en el que los personajes se encuentran atrapados en una escalada hacia la locura y la extinción, y éste no puede más que dejarse llevar hacia ese lugar y contemplar esa tragedia disfrutando la perversión del buen voyeur.

Calificación: 8.5/10

El faro (The Lighthouse, Canadá/EUA; 2019). Dirección: Robert Eggers. Guion: Robert Eggers, Max Eggers. Fotografía: Jarin Blaschke. Edición: Louise Ford. Elenco: Robert Pattinson; WillemDafoe, Valeriia Karaman. Duración: 109 minutos.