La acción se sitúa en junio de 2018 en algún lugar del Río de la Plata. En esas costas, dos hombres de espaldas al espectador conversan sobre el posible título para una película. El más corpulento plantea: “El mundo es de los hijos de puta” y el flacucho menciona Sin lugar para los débiles de los hermanos Coen, mientras matan el tiempo fumando marihuana, sentados en una pequeña escalinata que permite suspender el tiempo divagando sobre sueños imposibles, lejanos como la línea del horizonte donde se pierde la mirada al observar la infinitud del mar.

El prólogo pone de manifiesto las intenciones del director uruguayo Gabriel Drak en su segundo largometraje, Los últimos románticos (2019), al inscribir la película en la línea de la comedia negra hibridada con el policial, y haciendo explícita su inspiración en la filmografía de los hermanos Coen, donde además de la que se menciona, puede agregarse la recordada Fargo.

Los protagonistas son dos amigos de la infancia, apodados El Gordo (Néstor Guzzini) y El Perro (Juan Minujín), nombres que hacen referencia a la dinámica de un dúo cómico. Son dos auténticos perdedores, que se permiten soñar en grande con una vida cómoda y tranquila, sin esfuerzos ni sacrificios en un lugar paradisíaco, de allí la alusión al “romanticismo” evocada en el título. Pero la realidad es que no son millonarios, ni se dan la gran vida en una playa caribeña. Ambos provenientes de la capital uruguaya, son habitantes de un minúsculo, apacible y mediocre pueblo sudaca llamado Pueblo Grande. Cuando tiempo atrás el Gordo consiguió trabajo como casero de un hotel que está cerrado, y cuyos dueños austríacos lo visitan escasas veces al año en condiciones de lo más extrañas, su leal amigo Perro no dudó en seguirlo junto a su esposa enfermera y sus dos hijos. El Perro realiza trabajos de jardinería para los dueños europeos, ya jubilados, de las casas acomodadas de la zona. Ambos buscan mejorar su situación económica mediante el comercio de plantas de marihuana que cultivan en el sector de la pileta del hotel con la complicidad del policía del pueblo, Sosa (Adrián Navarro), que oficia de transportista. La escritura del guion de una comedia será la fachada para justificar los encuentros nocturnos que realizan en el hotel para llevar adelante su negocio clandestino. Al mismo tiempo, un acto de venganza sentimental debido al engaño y abandono de su ex-mujer, llevará a que el inspector de policía Antonio Chassale (Ricardo Couto) sea transferido al mismo pueblo.

El director dedica la primer parte de la película a presentar a los personajes, que están bien delineados en su costumbrismo provinciano y campechano, acompañándolos de un aire juguetón y entretenido, pero que no logra ser del todo eficaz en el desarrollo del humor. Cada uno de los personajes, en su nivel, se creerá con las ínfulas de considerarse el patrón más listo, que tiene su juego bajo control y domina a los demás, cuando en realidad son delincuentes o corruptos de pacotilla que juegan en las inferiores.

El status quo del pacífico pueblo se verá alterado cuando la casualidad quiera que El Perro, en uno de sus trabajos en los jardines, encuentre los cadáveres de los húngaros dueños de casa, junto a un millonario botín que pertenece a negocios narcos de escala internacional. El plan de los protagonistas es ocultar el dinero en el hotel hasta que se apacigüe el revuelo policial, para luego escapar a esa gran vida que siempre soñaron. El dinero aparece entonces como el vehículo para salir del agujero económico y del estancamiento personal en el que se encuentran; el tan esperado golpe de suerte, y a la vez la mentada segunda oportunidad, se revelará como una fuente de codicia que distorsionará tanto los vínculos humanos como el orden de la ley.

Así, el dinero funciona como una suerte de imán que atrae y captura en su red incluso al más noble e ingenuo de los personajes, como es El Perro, y también a aquel de apariencia obediente, obsecuente e inofensivo como el policía Nuñez (Ernesto Liotti). Aquí ya no habrá amistad, ni amor, ni moral que resistan; la voracidad capitalista impondrá su ley. Esta es la línea de lectura más interesante de la propuesta de Drak.

Los últimos románticos, con un elenco parejo en sus interpretaciones que se ajusta a lo necesario de la trama, es una película que funciona bien en el ejercicio de la comedia y la creación del suspenso. Las intenciones de Drak, apuntando al retrato de la codicia humana, son buenas pero no logran tomar vuelo, debido a su formalismo austero (que no sale del plano/contraplano) y explícito, y a la decisión de apostar más por la línea narrativa policial y sus complicaciones, que por la profundidad y la conflictividad dramática de la coyuntura en que se encuentran sus personajes.

Los últimos románticos (Argentina/Uruguay, 2019). Guion y dirección: Gabriel Drak. Fotografía: Raúl Etcheverry. Montaje: Flor Efrón. elenco: Néstor Guzzini, Juan Minujín, Vanesa González, Ricardo Couto, Ernesto Liotti, Adrián Navarro. Duración: 100 minutos.