En una primera aproximación podríamos pensar que Ghost in the Shell es un rompecabezas construido con piezas sueltas, provenientes de un montón de otras películas. Un plagio sutil: un poquito de acá, un poquito de allá. También podríamos pensar que Ghost in the Shell fue filmada muchas veces o que son en realidad muchas películas. Porque Ghost in the Shell tiene algo de la saga Matrix de las hermanas Wachowski (que a su vez se encuentra influenciada por el animé de 1995 en el que se basa esta película), de Inteligencia artificial, el proyecto de Stanley Kubrick que terminó filmando Steven Spielberg (a su vez inspirado en el relato corto de Brian W. Aldiss), y mucho de Blade Runner y el universo distópico creado por el ya clásico maestro de la literatura futurista, Philip Dick. Sobre ese monton de pergaminos pretéritos se erige esta superproducción a gran escala que no hace otra cosa que reactualizar una pregunta inherente al género y que se vincula con lo que básica y ontológicamente significa ser una persona. La «nueva» versión de Ghost in the Shell (aparte: Hollywood y las versiones de películas ya filmadas merecería un Informe en sí mismo) se transforma en una mezcla entre un film existencialista (y ya que estamos con ganas de referenciar películas icónicas de universos distópicos porque no retrotraernos a la mismísima Alphaville, obra maestra absoluta del género según la mirada de Jean Luc Godard) y un policial futurista que se debate dialécticamente entre los requisitos de un tanque propio de la industria, las tensiones a las que somete a ese esquema narrativo (el de cierto cine industrial contemporáneo), y preguntas esenciales y complejas sobre la construcción de la identidad que requieren de una puesta en escena menos expansiva.

Inspirada entonces en un icónico y fundamental animé -que junto a Akira es una de las obras maestras del género- Ghost in the Shell versión 2017 recrea una Scarlett Johansson con el mismo espíritu guerrero ( y casi con la misma vestimenta) que la Viuda Negra de Los vengadores, pero que, a diferencia de aquella heroína que junto a los superhéroes traumados de la Marvel intentaban detener la destrucción del mundo entero frente a las fuerzas del inequívoco “Mal”, en esta nueva historia recorre una ciudad (también) apocalíptica en la que no resulta tan fácil distinguir quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Son estas ambigüedades propias de cierta tradición del fim noir las que complejizan desde lo formal la película. En un futuro lejano en el que los humanos reemplazan por accesorios robóticos las partes desechables de sus cuerpos, Mayor (Johansson) es una mujer con un cuerpo artificial y un cerebro humano, un cyborg (mitad robot, mitad persona) que camina con la mirada perdida por las calles de esta ciudad desangelada, casi como el doble alucinado de sí misma, filmada también con devoción embriagadora a comienzos del siglo XXI por Sofía Coppola en Perdidos en Tokio.

Es en ese dilema entre el cuerpo y el alma (y en ese padecimiento que afecta a ambos) donde se encuentran los mejores atributos que entrega  esta película dirigida por Rupert Sanders (que ya había despertado cierto interés con Blancanieves y el cazador). Es de la propia corporalidad de las criaturas de ese mundo devastado y de la belleza fugaz de esos restos de humanidad de donde proviene gran parte del encanto de esta fábula triste y apocalíptica sobre el presente y el futuro del género humano. Porque Ghost in the Shell también funciona, de alguna manera, como alegoría del mundo en el que vivimos, cuando no se deja arrastrar por un exceso de retórica que intenta suplantara las posibilidades específicamente cinematográficas de la historia (como si el director  desconfiara de la potencia del relato más allá de lo dicho por los protagonistas). Ese peligro latente, en su costado más «formulaico», puede tornar a la película demasiado tediosa al tener que cargar el peso de un simbolismo demasiado barroco ( y al que contribuyen las abundantes citas cinéfilas acumuladas). Sin embargo, allí están para darle humanidad a esta aventura-además del magnetismo innegable de Scarlett- el extraordinario Takeshi Kitano, viejo mañoso y efectivo como siempre, desplegando su arsenal de violencia y su gracia busterkeatoniana, y la cada vez más hermosa (disculpen la admiración subjetiva de quien escribe estas líneas) Juliete Binoche como una científica enamorada de su criatura (es interesante cómo el personaje de Binoche reactualiza el tema de la creación con Frankestein como referencia ineludible).

Hay algo en Ghost in the Shell que puede recordar a The Truman Show, de Peter Weir, y esto tiene que ver con la idea del desconocimiento que tiene la protagonista de su propia vida, y de la manipulación que es necesario llevar adelante para que esa vida se mantenga en la penumbra. Ese enigma de la identidad, ese no tener idea de los orígenes y la necesidad del sistema de que todo se mantenga de esa manera, hace que el relato explore una dimensión política, con algunos momentos de  solemnidad “a la Nolan”, pero que mantiene un sólido desarrollo de la acción. Es, en este sentido, que la película deconstruye la idea de violencia, planteando interrogantes que ponen en tela de juicio las ideas preconcebidas respecto a la violencia política y sus consecuencias, a la construcción de la identidad y a las relaciones entre el pasado y el presente desde una óptica personal y colectiva. Es sobre esas preguntas sin respuestas, tan propias de la ciencia ficción tradicional, sobre la cual la película de Sanders pareciera apoyarse cuando abandona sus explícitas pretensiones discursivas y sus excesivos guiños cinéfilos.

Ghost in the Shell (EUA, 2017), de Rupert Sanders, c/Scarlett Johansson, Juliete Binoche, Takeshi Kitano, Michel Pitt, Peter Ferdinando, Pilou Asbaek, 107′