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Esta semana tuve muchas ganas de escribir algo relacionado con el cine, pero no supe sobre qué o cómo hacerlo. Me acabo de enterar de las muertes de Philip Seymour Hoffman y Eduardo Coutinho, aparentemente a causa de una sobredosis de heroína el primero, y de las puñaladas que le dio su hijo mentalmente trastornado el segundo. Un rato después empiezo a escribir esto, no motivado originalmente por esas noticias sino por aquel puro deseo de crear algo probablemente superfluo pero inexistente hasta el momento.Hace un par de días fui a ver Por un puñado de pelos para que la excusa de la responsabilidad de cubrir los estrenos me diera oportunidad de satisfacer ese deseo, además de que incluso una pésima película argentina es capaz de decirle cosas a un espectador argentino que poco pueden tener que ver con el cine, pero mucho con el resto de la realidad. Fracasé por completo, o bien la nadería de la película es tal que no me sugirió nada que no fuera igualmente banal o tan insignificante como querer tarantinear sin ser Tarantino, riesgo que corren muchos directores y películas argentinas de relativo bajo presupuesto, ninguna pretensión y alto entusiasmo genérico sin fundamentos sólidos.La última película de los Coen revirtió con tanta eficacia la desazón ocasionada en mi parte de espectador por la película de Montalbano filmada en San Luis que volví a ver Inside Llewyn Davis no demasiado seguro de que hubiera sido sustancial y duradera la conmoción que me causara. Pero era así nomás, me había emocionado mucho la primera vez, volvió a funcionar en la segunda ocasión, y hasta me permitió notar los sentimientos que subyacen al mecanismo de negación de algunas de las decisiones dramáticas de su cine. El mejor ejemplo de esto es una escena en la que el protagonista le canta, acompañado de la guitarra, una canción a su padre en el cuarto del asilo en el que este pasa sentado sus días junto a una ventana.Parece ser que el viejo no habla desde hace ya mucho tiempo pero lo escucha ensimismada y hondamente, como nosotros, hasta que se caga encima y esa incontinencia que tiene toda la apariencia de un importuno y sordo gag puesto ahí para desbaratar reactivamente la potencia sentimental de la escena, acaso no sea otra cosa que una confirmación indirecta de ella, un rodeo tanto más conmovedor cuanto reprimido.Ese viejo no se hizo mierda encima porque se cague en la canción que le acaba de cantar su hijo, sino porque esa canción también lo hizo mierda y, por no llorar, se libera a través del culo. Soretes o diarrea que no se ven ni se oyen, como tampoco las lágrimas, indicios de un fuera de campo interior ya no tan inexpugnable como antes, de una vida como potencia en retirada, de una ya demasiado tardía relajación, de un afecto que se considera obsceno mostrar.El protagonista de Inside Llewyn Davis no es Llewyn Davis, sino un gato que en realidad son varios, o bien puede ser que ese gato que es varios y cuyo único nombre conocido en la película es Ulises, sea el mismo Llewyn Davis:“Ha pecado y lo sabe, pero olvida. / Soberbio en su silencio alicaído, / su paso nos desmiente que haya olvido / y engrandece el horror de la caída. / Si te acercas o afinas el oído / será en vano. No esperes que te pida / perdón por una falta cometida. / ¿Qué cosa será un gato arrepentido / o ameno, leal, sumiso, previsible? / ¿Qué supuesto absurdo y a la vez horrible? / Altivo, inaccesible como un risco / de solitaria cumbre y paso exiguo, / me mira como mira un dios antiguo: / ensimismado, indiferente, arisco.”

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Llewyn Davis no tiene pecado porque no hay otro pecado que el de ser. En su caso, ese pecado es en parte el del superviviente, como se lo recuerda siempre la ausencia del otro integrante del dúo que había conformado antes de largarse como solista, pero los Coen no hacen un elogio de la culpa ni miran con lástima a su personaje para extorsionarnos, entre otras razones porque, en una de las decisiones más lúdicas de la película, miran a menudo con los ojos de un gato, con la perpleja mirada no humana -no humanista- de un bicho que ve pasar en planos subjetivos las estaciones del subterráneo neoyorquino como postas de un planeta remoto.Como ese gato viaja a hombros del hombre que mira hacia el interior e ignora que hasta la película se ha olvidado momentáneamente de él a pesar de tenerlo como protagonista ¿por qué no pensar que la mirada de ese animal se corresponde con la de la nuca del hombre? ¿Y si el Cine fuera justamente tener ojos en la nuca, atónito placer de ver lo que imaginamos, no en el vulgar sentido de la literal traslación fantástica, sino en el de lo virtual, aquello que sabemos sin pensarlo, aquello que somos incluso no siéndolo?Al margen del pocas veces tan expresivo y abstracto, sin dejar de aplicarse a la figuración, protagonismo de una luz sólo en apariencia ornamental; de los actores que van entrando y saliendo de la acción como presencias tanto más familiares cuanto fugaces; de unos viajes en auto que son viajes en el tiempo a uno que no existió jamás por mucho y bien que la puesta en escena pretenda lo contrario con sofisticada extravagancia hiperrealista, asombra una estructura narrativa que con la sola dislocación de una escena breve, el nomadismo incesante del protagonista y la imprecisa identidad de un animal, consigue hacernos creer que cosmos y caos podrían ser idéntica cosa. No sé si con Inside Llewyn Davis los Coen no filmaron el gato de Schrödinger.

Balada de un hombre común (Inside Llewyn Davis, EUA / Reino Unido / Francia), de Joel & Ethan Coen, c/ Oscar Isaac, Justin Timberlake, Carey Mulligan, 104′.