gattopardo2Si hay algo que hace que El gatopardo sea la película absoluta, el capolavoro que Occidente podía y pudo producir, es que parece contener casi todo el cine: de la épica histórica al monólogo interior, del romance al cine político, con hasta alguna secuencia de acción, todo inundado con la que probablemente sea la mejor banda de sonido de Nino Rota. Esa amplitud gigantesca, multitudinaria y precisa, tiene su materialización en los largos y suntuosos planos generales de la secuencia final del baile, en los que se nos presenta un mundo completo, que no solo empieza mucho antes y termina mucho después de que los protagonistas de la película atraviesen el plano, sino que contienen en sí infinidad de gestos, historias, nuevas épicas posibles que El gatopardo incluye pero apenas esboza. El gatopardo alcanza la categoría de gran cine en la medida en la que, para usar una expresión hoy ya vieja, forma y fondo se corresponden perfectamente.

Pero si bien Luchino Visconti supo producir una cantidad casi obscena de grandes películas, hay un elemento con el que cuenta El gatopardo y que casi ninguna de sus otras películas tiene, que la lleva un grado más allá: más allá de la gran obra para llegar a la obra completa. Entre todas las cosas que ya sabemos que es, en algunas secuencias El gatopardo se convierte en una gran comedia. Una comedia de matrimonio, de alcoba, sexual, costumbrista, una comedia alla italiana, en un momento en el que ese género enormemente popular estaba en la cúspide de su producción.

Confieso que no fue sino hasta la tercera o cuarta vez que vi la película que pude entender ese costado chabacano de la obra maestra. Embebida de gran música, grandes travelling y grandes parlamentos, enmarcada por la distancia y por el pedestal de la historia, frente a El gatopardo el espectador tiende naturalmente hacia la solemnidad. El aire de gran épica propende a ello. La nostalgia cinéfila por la producción gigantesca de autor bloquea muchos sentidos. Confieso que amé profunda y obsesivamente esta película sin haber empezado a entenderla.

leopardEl embrujo se rompió cuando a la experiencia de ese gran cine pude sumarle esa otra experiencia del cine que es su cuerpo, su carne, ese costado hoy prácticamente disuelto o marginal de ver películas: ver películas en una sala llena de gente. La reposición de El gatopardo en la Sala Lugones no solo me permitió ver la nueva versión restaurada de la película, sino que me permitió fundamentalmente una experiencia que nunca había tenido (más allá de los colores más o menos saturados): la de ver la película con otros, con muchos otros. Ese público ahí reunido (público particular de la Lugones) estaba dispuesto a reírse con carcajadas gruesas y costumbristas en medio de la gran obra de Visconti, con escenas y diálogos que probablemente Lampedusa no escribió como pasos de comedia pero que en la pantalla toman un aire diferente. Frases como: “Tuve siete hijos con ella y nunca le vi el ombligo” o hasta pequeños gestos de alcoba, cuando Fabrizio Salina (el gran, grandote Burt Lancaster) le da un beso de buenas noches en la frente a su esposa y ella toma asustada el rosario que se le había caído de entre las manos.

El tono minimalista de esos gags, la ampulosidad con la que hablan y se mueven las personas en El gatopardo pueden esconder como hojarasca ese costado sexual de la película, y hasta llegué a pensar que ese costado no estuviera presente en la película en sí sino en el público siempre dispuesto a reírse cuando va al cine. Hasta que llegó la escena en la que el Príncipe de Salina y el padre Pirrone (Romolo Valli) conversan mientras el príncipe se seca después del baño. El cura entra temeroso y evangelizante para comunicarle a su amo que su hija mayor, Concetta, está enamorada de Tancredi (Delon) y él le dice que no le interesa hablar del matrimonio en general ni de las fantasías románticas de su hija. Todo esto ocurre mientras el cura, pudoroso, se ve obligado no solo a mirar el cuerpo desnudo del príncipe sino, eventualmente, a secarlo con sus propias manos y a sentarse frente a su amo a la altura de la ingle mientras le habla del santo matrimonio. La construcción cuidadosa de esa escena (que estaba en la novela de Lampedusa y que Visconti articula con gran ritmo) no deja lugar a duda: El gatopardo es una película no solo cargada de sexo, cuya corporización evidente sería Claudia Cardinale y sus labios, escotes, carcajadas; sino también cargada de pequeños apuntes, escenas y oneliners que apuntan a la tradición más popular y chabacana de la comedia. La escena del baño, cargada filosófica y sexualmente, incluye también, por ejemplo, chistes sobre el mal olor del cura y la conveniencia de que se dé un baño.

Por supuesto, nadie diría que El gatopardo es una comedia, pero la medida de su enormidad y de su gran efectividad es precisamente la medida en la que esta gran épica histórica/drama de conciencia puede hacer lugar también en su discurrir a grandes momentos de comedia gruesa.

106752206Todo entra en El gatopardo, pero son precisamente los apuntes más básicos, más concretos, más carnales los que le dan su verdadero peso. Fabrizio Salina puede deambular por esos grandes escenarios perfectamente reconstruidos, puede manifestar y representar esa enorme, dolorosa, gigantesca autoconciencia histórica y de clase, puede soltar esa cantidad infinita de grandes y hermosas frases (que serían imposibles en otro contexto) precisamente porque este personaje no es nunca una mera abstracción, una idea que deambula por decorados mejor o peor armados. Fabrizio Salina representa muchas cosas pero en la pantalla, en el mundo que propone El gatopardo no es nunca una figura abstracta sino, por el contario, un personaje muy material, concreto, sólido, que carga con el peso de su cuerpo, con sus deseos sexuales (que lo llevan a visitar a una prostituta en medio de una revolución), con sus dolores y sus iras. Fabrizio Salina no es solo una gran perspectiva de clase en un momento histórico de cambios, es también un hombre atrapado en un matrimonio sin amor, un personaje que sabe especular con los cuerpos y con el dinero, un tipo cansado de su esposa y de su grupo de amigos, una persona integral, que vive los grandes eventos pero también vive las minucias de su vida que nunca deja de ser concreta para ser simbólica. Y es en ese sentido en el que la figura de Burt Lancaster se vuelve fundamental: enorme, fotogénico pero también levemente impermeable para la cámara, duro, concreto y limitado. La tosquedad de Lancaster, perfectamente dirigido en algunas secuencias, en la que termina de darle peso al personaje.

El peso de ese personaje que vive una vida concreta (“Yo sé lo que es el amor: un año de fuego y 30 años de cenizas”) es lo que ancla a El gatopardo y le permite, con ese pie en la tierra calurosa y polvorienta, llegar a ser todo lo que es El gatopardo, que es todo.