El_Hobbit_La_desolacion_de_Smaug-498845622-largeAdvertencia.Hay un efecto muy claro en el proceso de recepción de las obras de Tolkien que el mismo autor percibía. Ya desde entonces se daba una polarización extrema entre aquellos a quienes les fascinaban sus historias y otros a los que sencillamente les parecían literatura indigerible. Su prosa caracterizada por el preciosismo en el detalle y su afán descriptivo es deudora de las narraciones escritas durante el apogeo del Realismo, por muy contradictorio que parezca. Balzac confeccionó un estilo en el que hasta la más mínima mueca en el rostro de un personaje ameritaba ser explicada. Tolkien continuó con este procedimiento durante el siglo XX de manera igual de rigurosa.

El autor detenta en su haber pocos aunque extensos libros escritos en la antimoda: la presentación de una novela en entregas, instalada ahora en nuestra cotidianeidad, era definitivamente una mala decisión comercial. Pese a esto, uno de los  grandes indicadores de la obra de Tolkien resulta, en términos de Ernst Bloch, el llamado “principio de esperanza”. Esto es, la creación de una literatura surgida al calor dela Gran Guerra que elige la denuncia no a partir del testimonio cruento, sino a través de una reflexión: ¿hasta qué punto puede prevalecer lo bueno en el ser?

Antihobbesiano por antonomasia, Tolkien se refugia en el espíritu de la comunidad  y recrea una épica con gusto a otras edades de los hombres. La apuesta de llevar la obra de Tolkien al cine extiende la constelación de textualidades en direcciones no necesariamente lineales en relación a la literatura que la sustenta. Se impone pensar un lenguaje que pueda analizar las obras en las diferentes redes hermenéuticas que entretejen y no en términos de Mímesis o reflejo.

También los enanos empezaron pequeños…

“El hombre es un ser genérico, no sólo en cuanto que, tanto práctica como teóricamente, convierte el género en objeto suyo, sino también –lo que no es más que otra manera de expresar la misma cosa- por cuanto se comporta hacia sí mismo como hacia el género viviente actual, por cuanto se comporta hacia sí como hacia un ser universal y, por tanto, libre”.

Karl Marx

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La desolación de Smaug resulta ante todo una buena declaración de principios de la estirpe enana. Peter Jackson logra retratar el espíritu de un pueblo en toda su magnificencia, pero también con  todas sus  miserias y debilidades. Así, la narración se profundiza en la figura de Thorin (Richard Armitage) en tanto una especie de Mesías enano que está llamado a reinstaurar una Edad de Oro para su gente.

En esa dirección, es significativo lo mucho que tiene para contarnos la película respecto al pueblo Eldar. Thranduil (Lee Pace), el rey elfo, se construye dialógicamente en referencia a Thorin, lo que lleva a mostrar que estas especies, paridas desde la diferencia -los primeros nacidos de Ilúvatar versus la creación del herrero Aüle- no se mueven finalmente por intereses tan diversos. Thranduil –con menos prudencia que Elrond, quizá- entiende el mal que se avecina y por ello decide resguardar a los suyos a través del conservadurismo. La invención del personaje Taruiel (Evangeline Lilly) conlleva –más allá del aspecto romántico- la idea de mostrar ese fuerte sistema de castas élfico en el que toda transgresión social está severamente penada.

Por ello es crucial reflexionar hasta qué punto la legendaria lucha entre el Bien y el Mal puede comprenderse en distintos niveles de análisis. El mal objetivado en Smaug y los orcos, la amenaza fantasma en Sauron, pero también las propias miserias interiores de cada criatura. Gandalf el gris (sir Ian Mc Keller) es la gran conciencia de la humanidad que interpela detrás de cada una de las andanzas.

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La película permite un gran lucimiento de Martin Freeman en el rol de Bilbo. Su personaje muestra más patentemente que en la primera parte las debilidades y fortalezas que logró desarrollar durante la aventura. Su cualidad más saliente –en la que está depositado el valor heroico como ejemplo- es la de convertirse en la esencia génerica –Gattungswesen– de toda la comunidad universal. Bilbo (Martin Freeman) no viene a reinvidicar a los hobbits, ni  mucho menos a luchar por el honor. Sus acciones son  reparadoras o nocivas  para todos porque nos contienen y nos interpelan en cada decisión: su debilidad y sus aciertos logran ser los nuestros.

En las antípodas aparece la alternativa ascetista de Beórn, quien decide recluirse en el bosque porque, en su racionalidad, el remedio ante tanta injusticia y daño es el aislamiento y el no pacto.

Desde otra perspectiva, el ritmo de la acción distrae muchas veces, aunque no siempre lo logre, de los tremendos problemas del guión. En ese sentido, no se aleja de las últimas superproducciones que buscan cubrir esos vórtices argumentales. Sin embargo, los efectos 3-D resultan justificados y de buena calidad.

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Smaug es el dragón soñado por Jackson y se renueva esta promesa anhelando su vuelo rampante hacia Esgaroth. El movimiento estremecedor de Smaug es tan rotundo como el desplazamiento de los elfos, orcos y enanos por el mundo.

El despliegue de personajes, la belleza de los parajes de la Tierra Media y el retrato de sus criaturas resulta bien cuidado, pero el gancho principal reside en sacudirnos la cotidianeidad y soñarnos a nosotros mismos en ese barril escapando de una banda de orcos que nos acecha.

Como diría el duque blanco, “podríamos ser héroes, por una vez”.

El Hobbit: La desolación de Smaug (EUA / Nueva Zelanda, 2013), de Peter Jackson, c/ Ian McKellen, Martin Freeman, Richard Armitage, 161’.