Por Martín Fernández Cruz
Aquí pueden leer un texto de Luciano Alonso sobre esta película.

En casa de herrero… La nostalgia cinéfila procesada tipo licuadora fue un estilo con el que rápidamente se identificó a Tarantino, que transformó ese rasgo en la superficie boba de su identidad como autor, para el que quiera armar un identikit perezoso, negador de la verdadera complejidad de la mirada de Quentin sobre el mundo. Seducidos por esa fórmula, que parecía de lo más sencilla, muchos directores tomaron la cáscara de este proceso para vomitar películas cargadas de placeres cinéfilos, todos revueltos en forma azarosa y desprolija. El error más evidente de los que practicaban este ejercicio solía ser el de asumir que el espectador iba a entender (por un código que se sospechaba universal, pero que no lo era) cada referencia que apareciera en pantalla. Tarantino, a pesar de devorar mundos prefabricados, tenía (y tiene) la capacidad de mezclarlos para preparar un universo personal, pero el resto de sus clones nunca pudieron autoconstruirse utilizando materia prima ajena. Y este es el gran problema que tiene El hombre de los puños de Hierro, ópera prima del rapero RZA.

El film tiene una seria dificultad, y es que detrás de ese mejunje poco natural, se nota en forma grosera la mano de su realizador, quien, más por capricho que por convicción, mezcla ingredientes que, si bien no necesariamente pertenecen a mundos opuestos, en este ensamblaje pierden cohesión, dejando a la vista las enormes grietas narrativas. Mezcla de cine hongkonés (mejor dicho, del cine de las producciones de los hermanos Shaw) y de animación japonesa, El hombre de los puños de hierro no tiene mucha vuelta en cuanto a su historia: hay una aldea en la que  matan a Gold Lion, un guerrero que custodiaba el oro del Rey. Sus asesinos, Silver y Bronze Lion, se quedan con el botín para utilizarlo como se les cante. Pero cuando esto llega a oídos de Zen-Yi, hijo de Gold Lion, decide ir al pueblo a matar a los verdugos de su padre. En el medio, un pistolero, interpretado por Russell Crowe, y el herrero del pueblo al que no solo le amputan los brazos, sino que hasta le matan a la prostituta de corazón noble de la cual estaba enamorado. En fin, RZA (que también la protagoniza), se fabrica unos puños de acero, dándole razón de ser al título.


La lógica de la película no es necesariamente mala. Como se mencionó arriba, RZA intenta continuar un legado estético vinculado al cine hongkonés de los hermanos Shaw, una productora que en los setenta sacaba películas de artes marciales como chorizo, lo que no impidió que muchas de ellas tuvieran un nivel excepcional. Pero los Shaw, y su enorme maquinaria, construyeron sobre la marcha un código cinematográfico a fuerza de prueba y error, apoyándose más en las épicas marciales y en los combates imposibles que en las lógicas del guión. Y esos eran apenas algunos de sus elementos clave en la construcción del mito (también había una legión de actores y directores, entre los que rápidamente pueden destacarse a tipos como Chang Cheh o Liu Chia-Liang, entre tantos otros), porque en ese centenar de películas el estilo era poco autoconsciente, activando de esa manera mecanismos honestos que enamoraban a primera vista a muchos espectadores. Por lejos, el mérito de aquel cine fue cautivar no solo a los seguidores del cine de artes marciales, sino a toda una generación de espectadores que educó su cinefilia a través de las coreografías surrealistas que proponía el estudio. Y la productora Shaw, que facturaba decenas, terminaba por convertir en héroes icónicos a todo tipo de personajes marginados, que en el cine clase A podían aspirar apenas a convertirse en villanos que duraban apenas un par de golpes (distribuidos en 2 o 3 planos). El estudio de los Shaw, en su constante búsqueda de héroes atípicos, logró méritos como el de darle a las mujeres una importancia capital en muchos films (uno de los casos más emblemáticos en este aspecto es el de Intimate confessions of a Chinese Courtesan, 1972, de Chor Yuen).

En el otro extremo, se encuentra el caso de El hombre de los puños de hierro, película de autoconciencia brutal que termina por convertir en papel maché un artificio que, visto con ojos menos cínicos, podría fascinar a los pocos minutos. Irónicamente, sus defectos provienen de la fuente a la que RZA pretende homenajear, porque el amor y el conocimiento que el director tiene por su adorado cine hongkonés es el que, a fin de cuentas, termina por atentar contra la espontaneidad de la película. El otro hilo del que tiró RZA para hilvanar la estética de su película es el del cine de animación japonés. Las peleas de coreografías imposibles, cercanas al cine de los mencionados Shaw, tuvo un hijo directo en buena parte del manga y, por relación directa, en el animé. Los guerreros con habilidades súper-humanas, o los personajes que pueden valerse de dispositivos tecnológicos para mejorar su capacidad de combate, son elementos típicos de una parte de la animación japonesa. En este aspecto, El hombre de los puños de hierro es hija directa de Ninja Scroll (Nobuhiro Yamashita, 1993). Allí el héroe debía enfrentarse a un escuadrón compuesto por guerreros con todo tipo de poderes. Entre ellos, resaltaba uno que tenía la habilidad de convertir su cuerpo en piedra, poder muy similar al que tiene el personaje de Brass Body en esta película.
Por último está RZA, director y protagonista, pero también integrante fundador de la gran banda Wu Tang Clan. Para muchos, El hombre con los puños de hierrosigue una línea ideológica plantada por RZA en su propio grupo, y que principalmente tiene que ver con construir vínculos entre la cultura Oriental y la Occidental. Desde su comienzo en WTC con un disco debut titulado Enter the Wu Tang (36 Chambers), y más allá de la obvia referencia a The 36th Chamber of Shaolin, las canciones incluían audios del film producido por los hermanos Shaw. RZA entiende el mundo como una comunión sonora antes que visual, y sus influencias orientales inevitablemente impregnan el espíritu de su obra, comprendiendo que Oriente y Occidente, desde la perspectiva tanto musical como cinematográfica, son mundos en constante fricción, pero que, desde su mirada, pueden llegar a tener puntos en común. Esa reconciliación Este-Oeste, a veces da resultados armoniosos (algunos de sus trabajos en Wu Tang Clan son buen ejemplo), pero otras veces, presenta grietas difíciles de esquivar. Y El hombre con los puños de hierro pertenece a este último grupo, porque las mezclas estéticas y narrativas pierden fuerza, llevando al film hacia el cambalache caprichoso, alejándolo de una búsqueda sincera por encontrar en esos mundos puntos de reconciliación, puntos que, irónicamente, RZA encuentra con tanta facilidad en el hip hop.



Por pura antítesis, por representar extremos que no son opuestos, pero que sí hacen crujir la armonía de la película, un Russel Crowe desganado, presentado como una figura cercana a un antihéroe leonino (de Sergio Leone), hace equipo con el héroe oriental para derrotar a otro villano oriental. En medio de esa lucha de latitudes, el propio RZA enmascarado en herrero devenido súper héroe, dará punto final a un conflicto que no termina de importarnos. Héroes de western, guerreros legendarios, prostitutas orientales y herreros afroamericanos forman un homenaje bastardo que RZA no terminó de explotar con habilidad suficiente. Pero esto hay que otorgárselo: a pesar de toda la bipolaridad creativa del film, es imposible no intuir un verdadero amor al cine hongkonés que, más por cariño que por calidad, nos acerca emocionalmente a esta película. Con El hombre de los puños de hierro, a RZA le despreciamos un casi gol en un partido que prometía más, pero lo que sí podemos es festejarle esas patadas (futboleras o karatecas) que, aunque sean muy desprolijas, al menos las revolea llenas de nervio. Porque si algo jodería en un film como éste, sería la pierna de un tibio.   

El hombre con los puños de hierro (EUA / Hong Kong, 2012), de RZA, c/ RZA, Russell Crowe, Cung Le, Lucy Liu, Andrew Ng, Zhu Zhu, 96’.