Enemy-poster-1Imaginemos −sin cebarnos, igual es un suponer, una punta para deshacer el ovillo− que los realizadores de El hombre duplicado, que el guionista y los productores, que el canadiense Denis Villeneuve en la dirección y Jake Gyllenhaal -el pibe de Donnie Darko y Secreto en la montaña-, que la protagoniza, se pusieron de acuerdo desde el vamos para embaucar al espectador. Es que la película en rigor, presenta la estructura de una gigantesca trampa china para dedos −o mentes− donde la siempre siniestra, atrayente y, según parece, culturalmente inagotable temática del “doppelgänger”, del “doble malvado”, actúa a modo de señuelo, condenándonos a buscar un sentido, una profundidad, donde no hay más que juegos de superficie. Digamos que el chiste consiste, precisamente, en dejarnos girando en falso la hora y media que dura la película y un rato más también, si es que poseemos una psicología particularmente contenidista o propensa a la indignación. Y añadamos, por último, que de un modo bastante perverso la película ha ido deslizando algunas sutiles insinuaciones que delatan su mecánica absurda, su sinsentido fundamental, invitándonos a escaparnos por arriba −subiendo un peldaño en el nivel de abstracción, hacia la refrescante ironía, hacia la no-literalidad−, de la única forma en la que se sale de los laberintos y se pasa de la categoría de objeto a la de partícipe del chiste.

El hombre duplicado arranca con todo. Antes de que transcurran sus dos primeros minutos, intercala en una secuencia continua la voz angustiante de la madre del héroe, una panorámica opresiva, casi apocalíptica, de los rascacielos de Toronto bajo un atardecer gris de invierno, una embarazada desnuda, sentada de espaldas en la cama (descubriremos que se trata de un personaje importante en la historia) y la siguiente leyenda: “El Caos es orden aún por descifrar”. La secuencia concluye en una aséptica habitación de hotel donde un círculo de voyeurs cuarentones, Gyllenhaal entre ellos, contempla un sugerido espectáculo de masturbación femenina. Hay otros componentes en la escena: una bata de seda que cae lentísimamente, humo de cigarrillos, zapatos de tacón alto, un piso oscuro y brillante donde se reflejan los rostros, y una tarántula enorme colocada sobre una bandeja de plata.

Al instante, evoqué −o tal vez, invoqué− la utilería imaginativa de tipos como J.G Ballard o David Cronenberg, erróneamente ilusionado con la historia e, incluso, me prometí darle otra oportunidad a Saramago, autor que no es de mi paladar, pues se supone que para este film se inspiraron en El hombre duplicado (título de estreno que le pusieron en Argentina cuando el original es Enemy). A propósito, ¿habrá tomado alguna vez cocaína el premio Nobel?

El hombre duplicado cuenta la historia de Adam Bell, un profesor de historia apocado y aburrido cuyo único solaz consiste en acostarse de vez en cuando con su novia, encarnada por la dolorosamente bella Mélanie Laurent, a quien prácticamente no le lleva el apunte. La rutina define y domina su existencia y Bell lo sabe, pero no encuentra manera de romper con la situación. Repite cada día la misma clase, viste la misma ropa, vuelve a su casa en autobús y corrige algunos exámenes hasta que se hace tarde y se va a dormir. Frente a sus estudiantes, Bell habla de los “patrones que se repiten” en todos los gobiernos dictatoriales −control sobre la vida privada, limites a la expresión individual, a la circulación de información− mientras, paradójicamente, su propia vida reproduce la estandarización, la medianía, la grisura de los ciclos completamente estipulados.

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Una noche, por recomendación de un colega, Bell alquila una película con el título inverosímil de “Where there’s a will there’s a way”  (“Si se quiere, se puede”: ¿guiño o pliegue en la trama?) y descubre que uno de los actores secundarios luce exactamente igual a él. Obsesionado, busca en los créditos y descubre que su doble responde al nombre de Anthony Claire y decide ponerse en contacto.

Como si se tratara de las dos caras de una sola moneda, Anthony Claire y Adam Bell son físicamente idénticos. Psicológicamente, sin embargo, no podrían ser más opuestos. Claire tiene un temperamento osado, casi agresivo, anda en moto, es un hombre casado. Su mujer, a la cual trata bastante mal y además engaña, está embarazada.  Al principio, Claire no quiere saber nada con el loco que lo llama por teléfono pidiéndole encontrarse, pero luego accede y, lejos de aterrarse por la similitud (son dos calcos, hasta tienen las mismas cicatrices), ve la posibilidad de extorsionar a Bell. No revelaré más del argumento.

Retomemos la veta conspirativa con la que arrancamos esta crítica.

Lo menos que se puede señalar de El hombre duplicado es que resulta una película lenta, meandrosa, que pareciera no conducir a ninguna parte. Y esto se debe, en parte, a que  defrauda completamente el saber convencional que cualquier espectador posee sobre los géneros. Sus partes no encajan: al verla, uno piensa ¿esto es una alegoría? ¿el relato de un sueño? ¿una historia fantástica? ¿de suspenso? ¿los personajes son clones, espectros, hermanos?

No se aclara, no se sugiere, no se entiende y el conato de insatisfacción suscitado en el espectador tampoco logra reconvertirse en alguna clase de emoción estética novedosa, desconcertante. El hombre duplicado fracasa tanto en su semántica como en su sintaxis −no dice nada y esa nada tampoco está bien contada− y al terminar uno se queda allí, ofuscado, como esperando una vuelta más, preguntándose cuál fue el sentido de perder una hora y media mirando a Jake Gyllenhaal perseguirse a sí mismo.

Enemy-2Dos hechos a tener en cuenta, dos reflexiones no necesariamente excluyentes:

1. Es verdad que el tropo del “doble” cruza un sinfín de géneros que van desde el thriller psicológico (El cisne negro) y el drama (La doble vida de Verónica) hasta la comedia negra (El club de la pelea) y los dibujitos animados (pensemos en Las chicas superpoderosas o en Los Simpsons). Y ni hablar de la ciencia ficción, con esa cantera interminable de relatos pesadillescos que habilitó la tecnología genética moderna. (Oblivion es uno de los últimos retoños de esta rama). El déficit de El hombre duplicado no reside en su tema.

2. También es cierto que la tremenda plasticidad del significante fílmico permite hibridar y contrabandear elementos entre distintas clases de textos. El problema con El hombre duplicado, el motivo por el cual no acaba siendo ni chicha ni limonada, es que desconoce el principio básico de que para mezclar géneros, para doblar o romper las convenciones del estilo, primero hace falta haberlas construido. Cada vez que la película pareciera que tiene la chance de remontar y reencauzarse, por ejemplo, en las líneas de un relato de suspenso, la oportunidad se deja pasar y la trama vuelve a diluirse.

De todos modos, seamos generosos (o condescendientes, a esta altura no estoy muy seguro) y volvamos sobre la hipótesis de que quizás El hombre duplicado esconda una segunda lectura, duplicada, reflejo irónico de la convencional, análoga a la relación que se da entre Adam Bell y Anthony Claire. Después de todo, en una de sus clases Adam Bell reformula el archiconocido axioma de Marx (el cual, a su vez, es una duplicación o una glosa sobre algo que había escrito Hegel) de que “todos los grandes hechos del mundo se producen dos veces, la primera como tragedia y la segunda como farsa”. Quizás toda la solemnidad gratuita de la película, su clima casi claustrofóbico, los momentos en que parece que va a decantar por el lado del suspenso pero no lo hace, o por el lado del surrealismo pero tampoco lo hace, la vacilación constante de la historia y las inconsistencias de su verosímil, no sean otra cosa que una gran puesta en escena, una gran farsa, un gran chiste, del cual nos estamos quedando todos afuera. O quizás no, quizás sencillamente la película sea mala.

El hombre duplicado (Enemy, Canadá/España, 2013), de Denis Villeneuve, c/Jake Gyllenhaal, Mélanie Laurent, Isabella Rossellini, Sarah Gadon, Joshua Peace, 90′.