El implacable, por Ignacio Izaguirre

Atención: Se revelan detalles importantes del argumento.

El implacable es una película un poco más rara de lo que parece. Hay en ella tres argumentos clásicos entrecruzados que se nutren de una misma historia. Se puede hacer una película de género con cada uno de esos argumentos. Cada uno tiene su protagonista, su nudo argumental, su resolución.

Por un lado, la historia que vende el trailer, la del vengador anónimo. Un hombre aparentemente común que ante la pérdida de su hija en un atentado terrorista decide vengarse usando sus habilidades militares especiales aprendidas en un pasado ya dejado atrás. El protagonista de esta historia es Jackie Chan. El gancho es que Quan Ngoc Minh (así se llama su personaje) parece un chino ingenuo y débil que no entiende nada, se presenta en las oficinas del viceprimer ministro irlandés Liam Hennessy (el personaje de Pierce Brosnan, un ex miembro del IRA) para pedirle los nombres de los autores del atentado (reivindicado por una especie de IRA renacido). Ese argumento avanza sin sorpresas: Quan va cerrando el círculo sobre Hennessy a medida que derrota a sus diversos guardaespaldas con técnicas comando al estilo Rambo, incluso curándose una herida como lo haría el personaje de Stallone. Llega hasta Brosnan quien revela los nombres de los terroristas, Quan los encuentra y, en una última escena de acción, los mata a (casi) todos para irse triste y solo, pero realizado.

En el reverso de este argumento el protagonista es Hennessy, el viceprimer ministro con la responsabilidad política de resolver el atentado. Desde su punto de vista el chino no es un pobre hombre que busca justicia ante la falta de respuestas, sino un acosador. Otro argumento clásico: en la vida de un hombre exitoso profesionalmente (o de una familia feliz) aparece un personaje que en principio inspira piedad o simpatía (siempre es un personaje solitario y aparentemente inofensivo). Paulatinamente va transformándose en una amenaza, ingenua al principio, de muerte después. Aparece en lugares inesperados donde no podía o no debía entrar, avanza sobre la intimidad del protagonista, sobre los lugares que este considera seguros. En El implacable este argumento tiene una resolución también clásica para estas películas: el acosador no es inocente, pero el acosado tampoco lo es plenamente, se descubre un pasado oscuro, alguna culpa que, si bien no redime al acosador, le da alguna racionalidad en la elección de su víctima y causa una crisis en la familia aparentemente perfecta. Atracción fatal y Cabo de miedo son ejemplos de ese argumento; Unlawful Entry, con Ray Liotta y Kurt Russell, es otro ejemplo, se recomendaba profusamente en los video clubs de los años del VHS; más recientemente, El regalo, con Jason Bateman en el papel del villano, repite esa idea. Un momento que caracteriza a esas películas es la muerte de la mascota familiar. Es el momento en el que el acosador muestra que está dispuesto a matar y que tiene acceso al círculo más cercano a la víctima. El conejo en la olla de El implacable es un setter (irlandés, claro) que aparece muerto en el living de la casa de campo rodeada de guardaespaldas de Hennessy. Claro que, como el acosador en este caso debe caernos simpático, el perro no está muerto, solo dormido; pero la escena funciona de la misma manera.

El tercer argumento vive de la investigación del atentado. El protagonista sería el Comandante Bromley (Ray Fearon). Es más un thriller político que una investigación policial porque las inquisiciones apuntan a una negociación con Hennessy desde el conocimiento de que él puede saber quiénes estuvieron relacionados con la bomba. La ministra de defensa británica, Katherine Davies (Lia Williams), ofrece a Hennessy el indulto de unos prisioneros que habían pertenecido al viejo IRA. Lo curioso es que este argumento prácticamente no tiene ningún contacto con el protagonizado por Jackie Chan más allá de un contacto entre él y Bromley cuando el chino no había desplegado todavía sus habilidades marciales.

La trama del justiciero por mano propia suele estar motivada por una ineficacia burocrática del Estado, muchas veces asociada al garantismo, para encontrar o castigar al culpable. En El implacable la investigación oficial es paralela a la de Jackie, son dos tramas absolutamente independientes y, aunque las dos llegan casi juntas al departamento donde se esconden los terroristas, funcionan sin ninguna necesidad la una de la otra. El chino llega antes y mata a todos menos a una chica. El grupo especial antiterrorista llega un poco después y lo que hace es el hecho central de toda la película. Torturan a la chica que quedo viva, incluso con una picana, para conseguir información sobre una nueva bomba, después de haber conseguido esa información la matan a sangre fría. Lejos de la burocracia garantista, las acciones legales antiterroristas imponen una lógica que era impensable ver en una película abiertamente, sin señales no ya de condena (que queda en manos del espectador), sino de algún tipo de extrañeza ante la tortura y la pena de muerte sin proceso. Es decir que a diferencia de aquellas películas donde la excusa del que ejecutaba la venganza era la injusticia de un sistema inoperante, acá el resultado de las acciones del justiciero es el mismo que el de las acciones de las fuerzas estatales. Esa nueva lógica de época se ve reflejada en las formas de esta película. Las lineas narrativas de la investigación y del justiciero no interactúan porque no se contraponen en el resultado, no hay tensión entre las dos, el único contacto es que cuando llegan los policías no tienen que matar a todos porque la otra línea argumental ya lo hizo, pero dramáticamente no hay ninguna incidencia, sin Quan la trama de la investigación estatal funciona perfectamente como un thriller de espionaje político. Sin la investigación policial, la trama del justiciero por mano propia también funciona sin fisuras. Lo raro de El implacable son las intersecciones.

El implacable (The Foreigner, EUA/Gran Bretaña/China, 2017), de Martin Campbell, c/Jackie Chang, Pierce Brosnan, Katie Leung, Rufus Jones, 113′.

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