El incendio, por Ignacio Izaguirre

El-incendioMarcelo (Juan Barberini) y Lucía (Pilar Gamboa) sacan de su caja de seguridad los dólares para comprar su nueva casa. Se posterga la firma de la escritura por lo que tienen que pasar un día conviviendo con los billetes. Este es el argumento de El incendio, la primera película dirigida en solitario por Juan Schnitman, el único de los cuatro directores de El amor (primera parte) que no trabajó después como guionista en las películas de Pablo Trapero.

Schnitman no tiene el virtuosismo de Fadel en Los salvajes y parece menos sólido que Santiago Mitre como narrador. Incluso hay un par de momentos en los que el guion hace un poco de ruido: el hermano de Marcelo, con el que supo compartir una banda, ahora apenas sabe de la mudanza y casi no conoce a Lucía. En otro momento los padres de un alumno de Marcelo lo acusan de haber agredido a su hijo. Después vemos al pibe rompiendo el parabrisas del auto de Marcelo con un bate (¿es un bate? ¿quién usa bates en este país?). Es realmente difícil unir a esos padres y su discurso con ese hijo pandillero.

Más allá de esos problemas la película consigue crear un clima opresivo a base de planos cortos con pocos cortes, pero sin esfuerzos esteticistas por mantener el plano secuencia. El departamento que están dejando colabora con ese clima. Los azulejos viejos, los cajones emparchados, la pintura amarillenta, los tarugos abandonados.

Lucía reclama, pero no está segura, no se convence, quiere algo más o algo menos o algo distinto. Juega un juego de provocación, pone a prueba a Marcelo. Como si quisiera ver si él concreta esa amenaza de violencia o de traición. Él contiene mal la bronca, se devora sus problemas, no comparte nada. Está siempre al límite de la detonación. Pero también es el único de los dos que dice “te amo” y el que explicita sus ganas de tener una vida en común. Marcelo se expresa físicamente, cuando algo lo altera tira cosas contra la pared, las patea, zamarrea a Lucía.

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Se ha dicho que la película tiene un ritmo de thriller o un clima de violencia contenida. No faltó quien emparejara esta violencia con la de “la sociedad”. Nunca falta. Es cierto que hay un par de elementos que suelen funcionar como amenaza de fatalidad: el dinero expuesto a cualquier contingencia, Lucía escupiendo sangre (signo inequívoco de enfermedad terminal en el cine clásico) y, por supuesto, la presencia del revólver que Marcelo conserva escondido. El problema con estas amenazas es que el famoso Nuevo Cine Argentino es ya un género con sus cánones propios y esas pautas inmunizan a la película contra la amenaza de una tragedia, sabemos que esos amagues no van a concretarse.

Sin embargo algo de esa violencia me parece rescatable. No como amenaza de un hecho extraordinario, sino al contrario, como fuerza presente en la vida ordinaria. Hay quien ve en la película un preludio a un femicidio o el retrato de un golpeador antes de realizarse como tal (posiblemente la cara de Lucía en el último plano les dé algo de razón). Otros ven la ya mencionada violencia de la sociedad. En cualquier caso lo llamativo es como los intercambios físicos son leídos invariablemente como síntoma de algo que está mal, que debe ser tramitado de otra manera.

En ningún momento Marcelo usa su fuerza para obligar a Lucía. Se calienta y revolea cosas o a lo sumo la zamarrea. De esa forma física de relacionarse ella también participa como vemos cuando recién se levantan y empiezan a jugar a pelearse. Ese juego conduce al sexo, interrumpido por Lucía, a la que nada parece convencerla. Ella tampoco vive esa relación física como una amenaza, nunca tiene miedo de que él la golpee ni se horroriza con sus reacciones. La secuencia en la que él saca el arma para amenazar al vecino es la única en la que él toma un riesgo que podría no controlar, pero no va dirigido a ella.

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A pesar de todo esto hay un consenso en condenar de algún modo esa violencia que no es más que una reacción física. Pareciera que todo debería tramitarse en un plano abstracto, ideal, cualquier participación del cuerpo es una anomalía, el síntoma de una carencia. De esta manera la corrección política está jugando un papel religioso. Como en la religión es el cuerpo el que nos lleva a la falta, cuando todo debería realizarse en el alma transfigurada ahora en intelecto, razón, diálogo, civilización. Y como en la religión los estándares de pureza se vuelven tan altos que es imposible no ser culpable.

Mujeres son asesinadas o sometidas por sus parejas que las consideran su propiedad. Ni una menos, lucha justa y necesaria. No a la violencia de género, justo también. Pero alguien advierte que un zamarreo también es violencia y también darle una patada a una puerta. Y alguien más asegura con razón que un grito también lo es. Enseguida cualquier sentimiento que se exprese de alguna manera física es un acto violento equiparable a un femicidio. Todos culpables, todos vigilados por la inquisición de la no violencia, entendida ya como cualquier expresión abrupta del cuerpo.  Nadie repara en que lo condenable es la coerción de una voluntad por otra, no el uso de la violencia. La acción física es el modo más habitual o más visible de realizar esa coerción, pero no es condenable en sí misma.

Evidentemente hay algo en el cuerpo que nos aterroriza. Renovamos una y otra vez un sentido común que lo reprime y lo condena. Con las mejores intenciones volvemos a caer en el error de negarlo, lo ponemos de nuevo en el lugar que debe ser contenido, acallado, moderado y finalmente sancionado. Todos tienen algo para decir en lugar de dejar que, siempre que sean libres, Marcelo y Lucía tramiten su amor o desamor como puedan, con la participación inapelable de su cuerpo que es lo único que tienen.

El incendio (Argentina, 2015), de Juan Schnitman, c/Juan Barberini, Pilar Gamboa, Luciano Suardi, Andrea Garrote, Jonathan Da Rosa, 95′.

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