Ser o no ser. Burt Wonderstone (Steve Carell) está atravesando una crisis de pareja tras 30 años de convivencia con ‘la señora’ Anton Marvelton (Steve Buscemi), su compañero fiel desde la infancia, época en la que decidieron convertirse en magos para dejar de ser el blanco fácil de sus compañeros de colegio. Cuando se conocen, Anton le explica a Burt mientras pone sobre la mesa una infinidad de pastilleros, que toma testosterona porque sus padres le dijeron que está cerca de convertirse en una nena. Ya adultos y con un lookdigno de ilusionistas de Las Vegas, al mejor estilo Siegfried & Roy, son sumamente exitosos con un espectáculo llamado The Incredible Burt and Anton in a magical friendship (Los increíbles Burt y Anton en una amistad mágica). La homosexualidad queda representada implícitamente, nunca de manera directa, pero al mismo tiempo se hace evidente mediante guiños poco sutiles que habrá quienes entiendan como humor chabacano, para dejar al descubierto el funcionamiento del aparato prestidigitador del mainstream, indiscutiblemente conservador.

Jane (Olivia Wilde) es forzada a cumplir el rol de asistente de la dupla tras la renuncia de Nicole, la ayudante original. Lo que se empieza a jugar con su entrada es la idea de un reordenamiento moralizador de «aquello que está mal». El discurso alrededor de ella es, a priori, machista. El progreso de Jane dentro de la historia, que incluye cambios significativos de vestuario, es, desde una perspectiva verdaderamente progresista, un enorme retroceso. Va desde la mujer independiente, incómoda sobre tacos altos y polleras cortas, pasa por la perra que viste un traje rojo estilo sado ceñido al cuerpo, y llega finalmente a la mujer refinada de su hogar, lo más cercano a una ama de casa/madre, con ropa clásica de colores claros y algún que otro estampado. Pero esto no es tan jodido como la implicancia y, por lo tanto, elección que el personaje termina demostrando al ocupar ese espacio conveniente. No parece casual que el primer beso que le da a Burt, después de varios infructuosos intentos de él, suceda cuando éste le garantiza una igualdad escénica(las bastardillas no son arbitrarias), ni es un detalle menor el hecho de que Burt la reconozca como mujer, llamándola por su verdadero nombre (durante toda la primera mitad la confunde con la asistente anterior), cuando Jane efectúa la última de sus metamorfosis. Porque él no busca una mujer en términos sexuales, él necesita una mamá.

La película comienza cuando el Burt niño llega a su casa el día de su cumpleaños, tras haber sido obligado a comer un pedazo de tronco de árbol por unos chicos malos. Una vez dentro, encuentra una carta de su madre en la que lo felicita y le deja instrucciones detalladas de cómo prepararse su propio pastel, que decora con un “Happy Birthday Me”. Mamá es una voz en off y papá es suplantado por quien será el (¿verdadero? ¿único?) patriarca de la película, Rance Holloway (Alan Arkin), un ilusionista estrella que aparece en televisión vendiendo un set de magia casera para chicos. La perspectiva infantil e indefinida del protagonista es el quidque se extiende al resto de la película. La fanfarronería adulta de Burt no es más que la prolongación de los mecanismos de defensa que aplicaba de chico. Pero en realidad está absolutamente perdido, mucho más que Anton, a quien -aunque no lo aceptaran- sus viejos lo definieron de forma terminante: “es una nena”. Burt quizás sepa lo que debe ser o lo que puede ser, pero jamás lo que quiere ser o lo que es.

 
 
Ver o no ver. El primer truco del espectáculo de Burt y Anton que vemos está filmado en un plano secuencia. La ausencia de corte estimula nuestro propio asombro. De todas formas, la película se va encargando de derribar algunas ilusiones, llevándonos desde la mirada embelesada del comienzo hasta la que desenmascara el artilugio, que se manifiesta en la plena decadencia del protagonista y desemboca en un final que tiene uno de los gags de backstagemás hilarantes y efectivos que vi en mucho tiempo, especialmente porque en ese cierre se encarna la posición del espectador pasivo, maltratado, arrastrado como ganado para ver lo que quiere ver, y que no es en absoluto el espectador que Scardino busca.
Al mismo tiempo, el relato juega con lo sagrado, etimológicamente hablando, mediante la irrupción de Steve Gray (Jim Carrey) y la (re)aparición de Holloway, los más dogmáticos del cuarteto protagonista. Steve es un ilusionista callejero que lleva adelante rutinas extremas que implican un martirio físico, sátira evidente del mediático Criss Angel. Con este personaje se introduce el gore, uno de los subgéneros más juguetones del terror, y refiere un poco al estilo de comedia física intensa tipo Jackass. Pero es también un símbolo mesiánico, verdadero sucesor del todopoderoso Holloway. Su aspecto físico y algunas de sus líneas de diálogo parecieran alegorizar un Cristo moderno.

Burt es un mortal más y no significará nunca una amenaza para Steve, que encuentra su antagónico esencialmente fuerte en el personaje de Arkin. Scardino los equipara filmándolos de forma similar en dos escenas distintas y distantes, aunque no desconectadas. Un primer plano nos muestra a Steve recostado sobre un colchón de brasas ardientes, como parte de sus rutinas. El fondo negro y rojo la convierte en una imagen luciferina. Los escasos segundos de descanso se ven interrumpidos por gritos desgarradores de dolor. Más adelante, un plano de iguales características nos muestra a Holloway acostado sobre la cama de un hospital y realizando una rutina gestual parecida. En este caso el fondo es blanco, celestial. La auténtica pugna, canalizada en un orden metafísico que trasciende al universo de la magia, ocurre entre esos dos personajes.

La rivalidad entre Gray y Wonderstone, en cambio, se desarrolla dentro del ámbito del juego y la comedia. Los gags de Carrey son efectistas y, como dije, están emparentados con el extremo slapstick reality de Jackass, cambiando aplausos por vómitos, mientras que los de Carell hacen pensar en las comedias populares norteamericanas ochentosas de David Zucker (Top Secret, ¿Y dónde está el piloto?, La pistola desnuda). El histrionismo gestual de uno contra la cara de póker del otro. Todo, entre ellos, pasa por el cuerpo, y habrá que ver por qué parte. Mientras el falocéntrico Steve está batiendo otro récord, aguantándose el meo durante días, Burt piensa en replicarle desde el culo, conteniéndose la mierda. “Yo no como de ese árbol”, le dice Gray a su rival cuando se encuentran por primera vez. Y no olvidemos que Wonderstone no probó del fruto prohibido, sino el tronco mismo.

 
Creer o no creer. La vejez de Holloway es irónica y solitaria, por extremadamente lúcida. Hombres y deidades quedan delimitados, recusando la concepción de la sabiduría como rasgo característico de la ancianidad. El resto de los internos del geriátrico tienen la misma capacidad de asombro que los chicos vistos al comienzo frente a los mediocres trucos que Burt termina realizando en el lugar cuando se queda sin compañero y sin trabajo. En este universo la cosa se divide entre creyentes y demiurgos. Holloway se presenta como un personaje huraño, efigie del conocimiento absoluto, falto de la candidez propia del ingenuo, un verdadero cínico. Está más allá de todo y de todos y, pese a reconocer en Gray a su verdadero discípulo, decide ayudar a Wonderstone, su fiel oveja descarriada. Aquella imagen paterna artificial de la infancia de Burt se hace presente, y de esta forma se ponen en marcha los mandatos de la prédica patriarcal que lo encaminan en el rumbo concerniente al discurso.
Sin embargo, a partir de este crecimiento, el protagonista empieza a notar por sus propios ojos los mecanismos de la ilusión. Paradójicamente, es gracias a este descubrimiento que halla la manera de recuperar su prestigio y su amor perdido (insisto, Anton). Cuando sobre el comienzo aclaré que no eran caprichosas las bastardillas sobre la igualdad escénica prometida a Jane fue porque, claramente, el rol de ella no es otro que el de completar el retrato de la farsa tradicionalista ante una audiencia adormecida. El amor entre Burt y Jane pareciera ser el de una relación arreglada para garantizarse el éxito frente a la retrógrada sociedad que los consume y que prefiere no aceptar, por más obvia que sea, la amistad especial entre Burt y Anton.

Para que el artificio funcione por completo es necesaria la participación de Doug Munny (James Gandolfini), magnate dueño de una cadena de casinos, quien, sin necesitar comprender la articulación ilusoria, posee el capital necesario para llevarle al espectador lo que desea. Este es su único interés. Ni ayudar al protagonista ni a nadie más que no sea él mismo y su bolsillo. Pero Munny es también otro chico que se excusa tras un hijo del que conoce poco y nada, y al que (re)llena de regalos y fiestas carísimas, no sólo para cubrir el espacio vacío, sino también para satisfacer sus propios caprichos. Por eso mismo es que, tal vez, no sea un personaje que resulte del todo desagradable. O quizás esta incapacidad para odiarlo tenga que ver con la presencia de Gandolfini, cuyo reciente fallecimiento nos cayó como balde helado a todos (y que, en un plano, saluda a cámara, como si se tratase de una precoz despedida).

Burt siempre necesitará de otros para que su magia funcione, no como un valor en sí mismo, sino como una fantochada útil para sus propósitos reales. Steve, solitario y autosuficiente, atraviesa su cráneo con un taladro como último gran acto. Antes de llevar adelante la perforación frente al público, asume que el riesgo de la hazaña consiste en terminar siendo “uno de ustedes”. Y ciertamente esa acción lo convierte en otro hombre común y corriente al que, por primera vez, le interesan las tetas de Jane mientras lo retiran, embobado, del escenario. Perdida la cabeza, perdido el falo. ¿Graficación de la masa que aplaude lobotomizada el ardid final de Wonderstone y Marvelton? Es que además de la acaudalada billetera del mencionado Munny, los artífices del espectáculo deciden recurrir a una potente droga ilegal para engañar a la audiencia. Teniendo en cuenta los claros paralelismos que Scardino traza entre ilusionismo, espectáculo y religión, bien podríamos aludir a la célebre frase de Marx, ningún confeso fumador de opio, para cerrar este análisis.

El increíble Burt Wonderstone (EUA, 2013), de Don Scardino, c/ Steve Carell, Steve Buscemi, Jim Carrey, Alan Arkin, Olivia Wilde, James Gandolfini, 100′.