El lado B del sueño americano: a 50 años de Perdidos en la noche y Busco mi destino, por Matías Carnevale

El año 2019 marca el cincuentenario de varios eventos relevantes para la literatura y el cine norteamericanos: el 24 de marzo de 1969 fue publicada Matadero Cinco, de Kurt Vonnegut, y el 21 de octubre falleció Jack Kerouac, mientras que el 25 de mayo fue el estreno de Perdidos en la noche y el 14 de julio de Busco mi destino. Coincidentemente, estas dos últimas fechas tienen que ver con la libertad y la autodeterminación -temas notables en ambas películas. En este artículo repaso algunos puntos que tienen en común y qué significados pueden atribuírseles.

Amigos son los amigos: Perdidos en la noche. La soledad en una ciudad monstruosa como Nueva York intenta ser contrarrestada con dosis de sexo, drogas o religión. Entre otras cosas, Perdidos es una película sobre abusos: Crazy Annie es violada al principio del relato, Joe Buck es abusado sexualmente en Texas. Joe también es traicionado en su confianza por la primera mujer con la que se acuesta en su carrera de gigoló neoyorkino y por Rizzo que lo acuesta en diez dólares. Rizzo, a su vez, es vilipendiado por una travesti, por el clima, por hippies en una fiesta, por su pierna renga… por la vida en general. El único antídoto para este ciclo de maltratos parece ser la amistad, el despojarse de los prejuicios que separan a las personas y verlos como iguales, dignos del cuidado de uno. De hecho, el cambio en el personaje que interpreta Voight comienza cuando deja de tratar de Ratso a Rizzo para empezar a llamarlo Rico, tal como se lo pide su compadre.

En Perdidos en la noche asistimos a una galería de personajes desquiciados: un fanático religioso con un altar kitsch en su baño, una madre en un restaurant -prostituta, nos enteramos después- que se pasa una rata de juguete por la cara, un muchacho de anteojos, bastante parecido a Allen Ginsberg, que se la chupa a Joe Buck durante una película de ciencia ficción…Esta conexión con la figura más mediática de la Generación Beat no es casual, ya que mucho del cine de la segunda mitad de los sesenta y de los setenta está en deuda con dos obras cumbre de los beats, En el camino y Aullido. Además, vale recordar la importancia de la religión para Kerouac y compañía: beat puede significar abatido tanto como beatífico, en el sentido que Jack quiso darle al término.


Allen Ginsberg, poeta, provocador, activista.

Estos personajes sobrellevan como pueden la pobreza, el hambre, la marginación y el delirio. En una escena, cuando Buck vuelve a cruzarse con Rizzo, todo lo que tiene el rengo en el bolsillo son 64 centavos, unos puchos y algunos fósforos. Poner eso en escena en el Hollywood de fines la década prefiguró el cine que vendría en los setenta.

Buck tiene varios significados: en inglés puede ser ciervo o conejo macho (es sabida la capacidad reproductiva de estos últimos; por otro lado, Buck tiene flashbacks y alucinaciones en donde se ve a sí mismo como un animal cercado, tanto en Texas como en Nueva York), pero también “dólar”, “billete”. La carrera como fiolo de Joe está dirigida exclusivamente a eso; al haber abandonado su pueblo y su puesto de lavaplatos, espera conquistar Nueva York y juntar carretilladas de plata con su pinta. Un poco como el cartel de los anteojos en El gran Gatsby (Baz Luhrmann, 2013), Buck ve en MONY (Mutual of New York, que erróneamente considera la grafía de money, plata) el sentido de su estadía ahí. Si en El gran Gastby  el cartel con los ojos simboliza la mirada sobreviviente de un Dios atento, en Perdidos ese Dios es reemplazado por Mammón.

Un jovencísimo Bob Balaban, en el rol de un estudiante acorralado por el miedo y su deseo. Nótese el parecido fisonómico.

Al respecto, cabe ensayar algunas notas sobre el rol del cristianismo en Perdidos en la noche, puesto que la elección del título para estas latitudes no está tan mal. Rizzo y Buck no solo están perdidos y condenados geográfica y económicamente; sus almas son las de seres en pena. La transgresión final de Buck, con el ataque al viejo que le regala el colgante de San Cristóbal (no sabemos si lo termina asesinando) parece ser perdonada. Cambia de atuendo, de ciudad, de vida. Todas las cosas son hechas como nuevas. No debería sorprendernos que el film fuera considerado como propio para la Organización Católica Internacional del Cine, que le otorgó el imprimatur en 1969 dado que “es la mejor articulación del problema del Hombre desde una perspectiva cristiana”. Es Rizzo, sin embargo, el que siente mayor respeto por la religión y el que aporta más vuelo teórico al respecto. En una discusión en un café, el pobre intenta mantener una conversación con Buck acerca de la vida después de la muerte, pero acaba frustrándose. La fe del texano es pragmática: ha sido bautizado y hasta ahí llega su amor. La fe de Rizzo es escatológica, no de este plano; parece no encontrar solaz en este mundo excepto en Miami, su propia tierra prometida.

Tragedia en dos ruedas: Busco mi destino. Inicialmente, el dato tal vez sirva para validar la vigencia del film: en el pasado festival de Cannes fue proyectada en una retrospectiva de clásicos restaurados, con la presencia de Peter Fonda.

Tanto Perdidos como Busco mi destino pueden ser situados en las postrimerías de la Generación Beat y su diversa progenie y en el contexto de la absurda guerra de Vietnam. Ya se han señalado las conexiones de Busco mi destino con En el camino, pese al rechazo que sentía Kerouac por los hippies. A propósito de esto, Peter Biskind, en Easy Riders, Raging Bulls, atribuye al libro de Kerouac el haber emplazado la piedra fundacional del Nuevo Hollywood

En A History of American Movies (2010), Paul Monaco observa que “al menos entre adolescentes y jóvenes, la cultura norteamericana estaba cambiando rápidamente. El rock and roll había adquirido nueva prominencia en la música popular, las universidades reformulaban sus programas de estudios, y el uso de sustancias prohibidas crecía exponencialmente, al punto que algunos lo describen como una enorme cultura de drogas recreativas.” Los centros urbanos se habían vuelto sitios de revueltas y crimen, y en general la cultura norteamericana comenzó a aceptar—sino promover—un pesimismo más explícito, que en el cine tendría su punto cumbre en, por ejemplo, la ciencia ficción distópica y los policiales brutales, al estilo de Harry el sucio y el gatillo fácil de Charles Bronson en la década siguiente. Es de estos centros de canibalismo que los hippies procuraron huir, estableciendo comunidades como la que visitan Billy the Kid y el Capitán América. El uso de “Born to be Wild” como tema de apertura tampoco es gratuito: la banda Steppenwolf toma su nombre de El lobo estepario, libro emblema de Hermann Hesse, figura rescatada por el jipismo, y la letra llama a “la aventura/y lo que sea que nos crucemos”, además de convocar a tomar “el mundo en un abrazo de amor”.

El infierno en moto. Un film estrenado en 1966, producto de la imaginación febril de Roger Corman (mentor de toda una generación de cineastas), puede citarse como influencia fundamental para Busco mi destino: Los ángeles del infierno (The Wild Angels). De hecho, la escena de inicio coincide con el film de Hopper y compañía; ambas comienzan con Peter Fonda en moto y con música de rock—un poco más surfero en el film de Corman.

Los ángeles del infierno de Corman tienen momentos graciosos, como los personajes de la aleccionadora Reefer Madness (Louis Gasnier, 1936), con la que comparte cierto tono de exploitation, de sensacionalismo melodramático. Su uso de iconografía nazi se anticipa al deseo punk de espantar a la burguesía con cuanto artilugio se les cruzara (de hecho, en una escena, un obrero de una planta petrolífera interpela a dos de los motoqueros, espetándoles que en otras épocas sus compatriotas dieron la vida para luchar contra los que portaban cruces de hierro y esvásticas). Los moteros de Hopper parecen estar más politizados; Corman solo alude brevemente a Vietnam en una noticia durante un zapping radial al que nadie le presta mucha atención. La violencia de los motoqueros de Corman es nihilista, mientras que la del dúo de Hopper tiene una intención militante. Hopper mismo señala en una entrevista de 1969 que filmó la película “(…) en un tiempo en el que los Estados Unidos estaban prendiéndose fuego. Es un film que muestra la violencia que subyace en todas partes. Muestra cómo proclamamos la libertad y la democracia pero nos rehusamos a admitir que somos animales que viven en manada, y que no nos bancamos que venga nadie diferente a nosotros. Puede que sea una forma de vestir diferente, puede ser el pelo largo, pueden ser ideas distintas. Sea lo que sea, dice el rebaño, hay que destruir a los extraños. Creo que si lo reconocemos, podemos intentar luchar contra eso y desarrollar tolerancia.” En otra entrevista de 1969, Hopper comenta sobre la influencia que tuvo en su film el evangelio apócrifo de Tomás, descubierto en 1946 y publicado en 1959: “el Cristo de Tomás dice ‘solo les pido una cosa: no mientan y no hagan lo que detestan’.” Hopper tuvo presente esta cita y otras para su viaje de ácido en el cementerio, que sirve como sitio de encuentro entre el pasado y el presente, entre el mundo de los vivos y los muertos, y como experiencia liberadora para el dúo protagónico. De forma anticipatoria, esta visita al cementerio también funciona como preludio de su final.


Hace cincuenta años, un grupúsculo de hippies tomaba por sorpresa Cannes con una película de presupuesto irrisorio y filmada, por tramos, experimentalmente.

En Busco mi destino la ciencia ficción aparece citada como charla de fumones. La primera vez que George Hanson (Jack Nicholson) prueba un porro suelta su extraña visión de la vida extraterrestre. Si en Perdidos en la noche una película del espacio sirve como refugio de sórdidas pasiones, en el film de Hopper uno de los elementos más reconocibles del género -la existencia de vida inteligente más allá de este planeta- sirve como material de cohesión social y como toque humorístico.

No quiero ir a la guerra. En 1966, Tuli Kupferberg publicó 1001 formas de derrotar a la conscripción (1001 Ways to Beat the Draft); allí, el miembro de los Fugs y personaje mencionado en Aullido de Ginsberg deshonra a todo y a todos con tal de escaparle al reclutamiento para Vietnam. Escrito como un manifiesto burlón y acrático, aconseja una larga lista de acciones para confundir, agredir, resistir y zafar del visto bueno de los médicos y psiquiatras militares. Consideremos algunas al azar:

4. Morirse. / 9. Castrarse. / 17. Reemplazá tus pies con ruedas. / 20. Decí que estás loco. / 21. Decí que ellos están locos. / 57. Hacé que te crucifiquen tus amigos. / 151. No te alistes. / 157. Escapá. / 165. Perdé la cabeza. / 177. Tené mala reputación. / 243. Tomá LSD (dos pepas). / 261. Bailá. / 263. Reíte. / 327. Viví en Argentina [vaya a saber cómo terminamos en este listado]. / 335. Volvete loco. / 341. Contradecilos. / 379. Hacé la tuya. / 465. Reíteles en la cara. / 466. Cuestioná sus motivos.

De estas sugerencias, varias se ven replicadas en el film de Hopper, en particular la toma de ácido, el baile, la risa, la búsqueda de libertad, el reemplazar los pies con ruedas (no literalmente) y el morirse, acto final de trascendencia. Uno especularía que, entre las múltiples broncas que llevan al cazador a disparar al final de la película, está el hecho de que el Capitán América y su secuaz no hayan ido a la guerra, traición imperdonable para una cultura predominantemente belicista.

A modo de conclusión, quisiera relacionar ambos films en una pregunta que puede tener más de una respuesta (a continuación ensayo las mías): ¿de qué lado cae la simpatía del espectador? En Perdidos en la noche, del lado del maltrecho lisiado, quien, a pesar de su condición física cultiva una ferviente vida interior, en contraposición a la vulgaridad del texano. En Busco mi destino, por su parte, del lado de los malogrados motociclistas, quienes, pese a su transgresión inicial—como transas de poca monta cerrando un trato de drogas cuyo trasfondo desconocemos—son las víctimas de relaciones de poder perversas, desmesuradas, con códigos propios que los aventureros no llegan a comprender. Muertos los héroes, entonces, la tarea de desmontar estas estructuras violentas queda para el espectador.

Perdidos en la noche (Midnight Cowboy, Estados Unidos, 1969). Dirección: John Schlesinger. Guión: Waldo Salt, según la novela de James Leo Herlihy. Fotografía: Adam Holender. Edición: Hugh A. Robertson. Elenco: Jon Voight, Dustin Hoffmann, Brenda Vaccaro. Duración: 113 minutos.

Busco mi destino (Easy Rider, Estados Unidos, 1969). Dirección: Dennis Hopper. Guión: Terry Southern, Dennis Hopper y Peter Fonda. Fotografía: Laszlo Kovacs. Edición: Don Cambern. Elenco: Dennis Hopper, Peter Fonda, Jack Nicholson, Karen Black. Duración: 95 minutos.

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