12-horas-para-sobrevivir-psoter-112 horas para sobrevivir: El año de la elección es abiertamente una película de campaña. Explicitado ya en el subtítulo («el año de la elección») y sin voluntad de ocultarlo desde que la candidata a presidenta del lado de los buenos es una mujer rubia, progresista, de carrera política y origen académico, mientras el grupo de los malos está formado por un establishment conservador, blanco, religioso y de fetichismo armamentista. Para que no perdamos tiempo ni atención buscando signos de que esto es así, en la escena de apertura un asesino pronuncia el nombre de Clinton apenas camuflado en el del músico George Clinton, como quien mal esconde algo para que se descubra fácilmente.

Tradicionalmente el cine de acción estadounidense es conservador. Un hombre íntegro es forzado por las circunstancias a buscar la justicia que el Estado, por la corrupción propia del sistema político o por la burocracia que los Derechos Humanos demandan, no puede darle. Este hombre usa su libertad de portar armas para combatir el mal, un combate siempre iniciado por un ataque contra él o su familia, nunca contra desconocidos porque no es alguien que se meta en los asuntos de los demás. Si este hombre no es un particular, si es un representante del Estado, solo se convertirá en ese héroe cuando le deje su placa y su arma al jefe del destacamento, es decir cuando deje su lugar institucional.

En contra de esta tradición, las películas de acción de la saga The Purge son de moral progre, o lo que en Estados Unidos se llama liberal. El problema del Estado ya no es su incapacidad para defender al hombre común, sino su culto a la violencia. Este culto se expresa de dos maneras: como liberación de la rabia natural siempre reprimida o como liberación mística a través de la muerte o, mejor dicho, del asesinato, porque el que mata es el que se libera, no el alma del asesinado.

Si en las dos Purgas anteriores se usaban las doce horas de abolición de la pena para que los protagonistas vivan una amenaza constante en la calle, esta vez la cuestión estará centrada en la ideología de los contrincantes. La senadora y candidata a presidente Charlie Roan (Elizabeth Mitchell) quiere abolir la purga. Su motivación, como en las películas de moral conservadora, es en parte individual: toda su familia fue asesinada veinte años antes por aquel asesino que escuchaba a George Clinton. Sus argumentos políticos son progresistas: la supuesta igualdad que se invoca para el día de la purga es falsa, los que mueren son los pobres, los que no tienen cómo pagar una buena protección. Se deja escuchar un par de veces que la verdadera intención de la purga es eliminar a los pobres. Es uno de los indicios de que el discurso de la película es mucho más moral que político: el establishment conservador quiere eliminar a los pobres por un odio racial o de clase, o como mucho para no tener que alimentarlos. No son fuerza de trabajo, ni ejército de reserva, ni mano de obra barata; se eluden los intereses políticos o económicos de esa oligarquía. De esa forma se reproduce esa pobre moral, antes cristiana, ahora televisiva, que consiste en buscar cuáles son los buenos y cuáles los malos. Así la competencia política se reduce a quién logra convencer a la mayor parte de la población (o televidentes) de que el otro bando es el mal, y el triunfo absoluto es convencerlo de que es nazi. TN acusa al kirchnerismo de nazi por su autoritarismo mientras 678 acusa al macrismo de nazi por su ideología excluyente. Con esta lógica, en 12 horas para sobrevivir: El año de la elección el líder de los mercenarios que intentan matar a la senadora tiene sus oportunas esvásticas prolijamente tatuadas.

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El panorama electoralista se completa con un dúo de minorías: un negro que cuida su negocio junto con su empleado latino. Ante la demonización de los latinos por parte de Trump, este progresismo clintonista nos presenta un mexicano que llega a Estados Unidos a progresar, residente legal al que su jefe ve como posible heredero de su negocio. En resumen, un mexicano que podría cumplir el sueño americano y convertirse en un yanqui. Cuando empiezan los tiros y este latino se revela como excelente tirador explica su habilidad diciendo que “en Juarez todos los días eran el día de la purga”. Se replica la imagen de un tercer mundo salvaje donde la vida no vale nada, sea porque “son todos negros”, en la versión republicana, o porque la pobreza, las dictaduras, la corrupción y la falta de educación hacen imposible el desarrollo individual, según la versión demócrata. En cualquier caso, si esas vidas ya no valen, se justifica la invasión, los bombardeos, la muerte; esas personas ya no tenían nada para perder, por lo que su liberación se justifica a cualquier precio. Morirían, o mal vivirían, de todos modos.

Este discurso progresista o liberal niega el conflicto de intereses y la disputa por la riqueza. La pobreza es culpa, básicamente, de la falta de educación, así como en el discurso de derecha es falta de disciplina y orden. La moral que alguna vez fue religiosa es ahora la que baja de la televisión: la canonización de los buenos modales, de la suavidad en las palabras, del diálogo, de la visión del conflicto como una falta de entendimiento. La idea de que no le faltaría nada a nadie si todos fuéramos de la clase de gente que le deja el asiendo a las embarazadas en el bondi.

Esa moral parece ahora invencible, incluso indiscutible. No hay bando que no intente hacerse dueño de ese discurso si aspira a la masividad. El kirchnerismo intentó correr los límites de este discurso al poner en escena la disputa por el poder. Entre otras formas, con el uso de la palabra empoderamiento, que invoca la conquista de derechos a través de la disputa y no a través de la victimización. Es decir que ya no es la demostración de una debilidad que necesita asistencia, o a la que graciosamente se le concede ayuda, sino la transformación de las necesidades en derechos que, como tales, no son mendigados sino conquistados.

Mientras tanto, los que saben que no es a fuerza de amabilidad que el mundo funciona, aprietan cada día más y dejan cada vez menos espacio. Ante esta coyuntura, esa moralidad hace cada vez más ruido. Aparecen otras moralidades que sí reconocen el conflicto o algún tipo de conflicto. Los discursos latinoamericanos populistas de los últimos años reconocen una lucha de clases, aunque ya no sea con la aspiración de terminar con esa lucha, sino más bien con la de asumirla, de contar con la fuerza para pelear. No importa si en realidad se oculta una motivación egoísta, la cuestión es que no se niega el conflicto desde el discurso. Aparecen también otras morales, como las derechas europeas o el mismo Trump, que tampoco eluden que hay una pugna, pero lo ponen en las nacionalidades, religiones o razas, reproduciendo la idea de que la escasez y la disputa no es un problema del sistema o de la vida misma, sino una anomalía o un mal funcionamiento coyuntural, en este caso debido a la aparición de elementos externos, fuera de la tradición. Con todo, este discurso le da algún lugar donde depositar la frustración al que cada vez trabaja más por menos, mientras escucha que el problema es que no se está esforzando lo suficiente o que la gente no dice “por favor”.

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Por este lado llegamos al argumento central de 12 horas para sobrevivir: El año de la elección, la necesidad de la liberación de la violencia reprimida. Pero no hay productores tan tontos o valientes como para basar el atractivo de la película en estas cavilaciones. La supuesta denuncia de la violencia pone en escena a los purgantes, el desfile de personas que aprovechan esas doce horas para salir a tirar unos tiros. Si uno de los ganchos de la película es el planteamiento del mundo en el que transcurre, el otro es la iconografía. Sucesivas apariciones de grupos de purga como alucinantes carrozas de carnaval (¿qué es esa noche sino un carnaval?) desmesuradas, siniestras, oscuras y, ante todo, fascinantes.

12 horas para sobrevivir: El año de la elección satisface ingeniosamente el lado oscuro del progresismo al dirigirlo contra políticos conservadores, clérigos perversos (el de esta entrega es sumamente asesinable) y ese público de señoras y señores bien que se sientan en sus butacas con una sonrisa elegante y templada a aplaudir el sangriento espectáculo de la exclusión como si fuera un entretenimiento de caridad. Esta escena que se repite en la saga es brutalmente efectiva porque nos es familiar, la vemos todos los días en la televisión y una vez por año en la Rural.

Pero así como la película deja en evidencia esa elegancia perversa, no se atreve a oponer otra cosa que más caridad. Cuando la senadora Roan y sus partidarios atrapan al líder conservador, ella evita que lo maten. Usa dos argumentos, uno político y uno moral. El primero es que si lo matan lo convierten en mártir, dejándole a sus seguidores una figura mítica. El segundo es que matándolo se convierten en él, en lo mismo que combaten. Obviamente triunfa la posición de la senadora y se completa la ilusión de los buenos modales. El bien vence manteniendo su espejismo de pureza, que no es otra cosa que el orden establecido disciplinando mayorías.

Si las formas y los modales son más importantes que los objetivos o, mejor dicho, si cualquier incumplimiento de las formas establecidas invalida el objetivo, entonces van a ganar siempre los que tengan la capacidad económica y cultural de mantener esas formas hechas a su medida.

Este texto empezó diciendo que 12 horas para sobrevivir: El año de la elección era una película de campaña. Si esto es así, se justifica su pacatería. Si la relación entre fines y medios debe ser revisada en el marco de una estrategia y no como principios morales, entonces los buenos modales de la película están justificados por el objetivo de ganar una elección a la presidencia de EEUU. Lo opuesto sería caer en ese peronismo de barricada que, alardeando de su falta de modales, lo que en realidad hace es convertir sus formas brutas en una moral que debe ser mantenida aunque su resultado sea la derrota, dando una vuelta completa que lo transforma en lo mismo que pretende criticar.

12 horas para sobrevivir: El año de la elección (The Purge: Election Year, EE.UU., 2016), de James de Monaco, c/ Frank Grillo, Elizabeth Mitchell, Mykelti Williamson, 105′.